Huracán: un club que nació entre fuertes vientos y baldíos

Huracán: un club que nació entre fuertes vientos y baldíos

Por Gastón Emanuel Andino

Hablar del Club Huracán era sumergirse en la memoria de una de las esquinas diamantinas. Aunque el primer libro de actas no había sobrevivido al paso de los años, se sabía que ya en octubre de 1935 la institución contaba con una comisión organizada, casi seguramente integrada por quienes habían sido también sus fundadores: Juan Urriste a la cabeza, seguido por Maximiliano Silva, Alberto Isely, Máximo Dreher y otros nombres que resonaban como pilares de un tiempo donde todo estaba por hacerse.

En el año 1936 el club parecía caminar con brío. Ese año se aprobaron estatutos, se adquirió un predio de seis hectáreas que se destinó al campo deportivo, un terreno que se sostuvo gracias al gesto de Ernesto y Guido Airaldi, quienes ofrecieron el dinero con la condición de devolverlo “como pudieran”, y el equipo de fútbol se aventuró en los torneos de la Liga Diamantina. Mientras tanto, el atletismo también sumaba páginas, con marchas interminables y podios que dejaban al club en alto, como aquel tercer puesto de Pío “Negro” Cardoso en la Marcha Atlética de 100 kilómetros.

La presidencia de Urriste continuó por algún tiempo, aunque sería reemplazado luego por Abraham Rezett. Para 1941 una nueva comisión, presidida por el farmacéutico Antonio Taleb, quien asumió funciones, acompañado por vecinos tan comprometidos como reconocibles. La vida institucional era intensa. En 1942 el club intentó adquirir la casona de avenida Sarmiento, frente al cuartel de Bomberos, aunque esa operación no prosperó.

El viento volvió a cambiar en el año 1943, cuando asumió la presidencia el doctor Luis Chemez. Su gestión consiguió que la Municipalidad otorgara la tenencia de la cancha de básquet del Parque Escolar y donara ladrillos para nuevas obras. Por entonces, las reuniones se celebraban en un local alquilado en 9 de Julio y Malespina, un rincón modesto, pero indicado para la toma de decisiones.

Para el año 1945 Urriste retomó la presidencia y volvió a impulsar el sueño de una sede propia. Incluso se firmó un boleto de compra-venta por una propiedad en 9 de Julio y Rivadavia, aunque nuevamente los imponderables dejaron el edificio en la categoría de anhelo inconcluso. Las presidencias se sucedieron seguidamente: Miranda en 1946, Gruning Gadea en 1947; el club participó incluso en torneos de Paraná Campaña. Pero la falta de renovación de quienes se ocupaban de la dirección y gestión del club, comenzó a congelar la dinámica institucional, llevándolo a una década casi dormida.

El 17 de noviembre de 1957 una Junta Reorganizadora, presidida otra vez por Juan Urriste, intentó reanimar a Huracán. La asamblea colocó a Dardo Rodríguez como presidente, luego a Gerardo Torres, pero la actividad seguía apagándose. El 22 de agosto de 1958, movidos por el espíritu incansable del socio fundador, los socios eligieron a Jorge Costa, aunque el club no logró aún recuperar su ritmo pleno. Recién en 1959, durante una sesión extraordinaria, Urriste volvió a la presidencia y consiguió que la institución comenzara a respirar. En 1960, tras un evento automovilístico, la Municipalidad aprobó el campo deportivo en todo su perímetro.

Pero en 1962 llegó la intervención oficial. Los informes señalaban acefalía, irregularidades y abandono de actividades. Luis Ramón Cabrera fue designado interventor, luego sucedido por José Humberto Sequín, quien llamó a Asamblea en 1965. Allí surgió una nueva comisión presidida por Dardo Ramírez. Sin embargo, los altibajos continuaron. Para el año 1967 la acefalía los obligó a realizar otra Asamblea Extraordinaria, de la cual emergió Juan Bodusso como presidente. Luego pasaron Oscar Rodríguez, Gaspar Taleb y, nuevamente, etapas de silencios institucionales.

Hacia fines de los sesenta y comienzos de los setenta empezaron a aparecer nombres que serían fundamentales: Pedro Gallo, Fausto Taborda, Herminio Marrón, Luis Conde, Julio Magallanes, entre otros. También ingresó como Revisor de Cuentas el farmacéutico Juan José Sacks, figura que marcaría profundamente el destino de la institución. En 1979 Sacks asumió por primera vez la presidencia, iniciando una de las etapas más fructíferas del club. Durante su gestión llegaron obras, sueños concretados y, sobre todo, una identidad sólida que volvió a unir al barrio.

En 1980 llegó una de las alegrías más profundas: el equipo de fútbol se consagró campeón de la Liga Diamantina luego de treinta y siete años. Entre aquellos nombres: Merlo, Kemerer, Vera, Burne, Rojas, Cagigas, los Pissano, Sacks, Monzón y tantos más quedaron guardados en la memoria popular como héroes de una tarde dorada. En los años siguientes se iluminaron campos, se remodelaron cantinas, se levantaron paredes de sede social, se afilió el básquet a Paraná Campaña y se obtuvieron subcampeonatos. A fines de los ochenta, subsidios nacionales permitieron construir un playón deportivo, reabrir instalaciones y mejorar el predio.

En miras hacia la modernidad, en el año 1990 Sacks dejó la presidencia y asumió José Luis Sequín, acompañado por Carlos Montenegro. La institución creció con el impulso del fútbol infantil, nuevas subcomisiones y ampliaciones edilicias. Para 1994 se inauguró el campo de juego remodelado y se incorporaron los siguientes deportes: voley y sóftbol. Los años siguientes consolidaron espacios deportivos y administrativos, y ya entrado el siglo XXI, en 2010, comenzó una de las obras más emblemáticas: la pileta olímpica. Fue inaugurada en julio de 2011 y permitió que cientos de diamantinos encontraran en el agua un espacio de aprendizaje, recreación y pertenencia.

Repasar la historia de Huracán era asistir al desfile de hombres y mujeres que, con aciertos y tropiezos, levantaron una institución que sobrevivió a los vientos más complejos. Desde los baldíos iniciales hasta las obras modernas, desde los campeonatos lejanos hasta los días de silencio, desde las comisiones apasionadas hasta los vecinos que siempre lo sostuvieron, el club se había construido como latido vital del barrio Palermo.

Estas líneas, fueron un intento de honrar esa trayectoria: el surgimiento, las luchas, los sueños aplazados y las conquistas que hicieron del Club Atlético Huracán una pieza entrañable del tejido diamantino. Porque la historia de Huracán, más que escrita, había sido vivida. Y seguía respirando en cada socio, cada jugador, cada vecino que lo llamaba, simplemente, el club del barrio.

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