El barrio encendió su propia luz para festejar entre todos

En las peores épocas los vecinos de Predolini y Paraná V se unían en largas mesas para pasar unas lindas festividades. Parece todo tan lejano, pero los ciclos económicos nos llevan a compartir el pan otra vez

Por César Luis Penna

Mientras cursaba las clases de Juan Villar en la facultad y escuchaba el relato de lo que fue la hiperinflación me daba pánico vivir otra vez eso… porque como nos explicaron los profes de Economía, la Argentina tiene ciclos económicos que son como una montaña rusa, gracias a la dirigencia que como todos sabemos salen del mismo lugar.
En los ochenta, hemos vivido años de extrema pobreza donde la escasez de trabajo era tan grande que se agradecía cuando se pagaba con un poco de pan, un vino o un tupper con comida una changa realizada. Daba la impresión que la gente vivía gracias a la esperanza que le daba el quini seis o la quiniela clandestina barrial porque el fantasma de la indigencia ya recorría nuestras calles.

Historias de los `80
En el barrio Predolini de Paraná siempre se encendía una pequeña luz hacia el final de año, el que llevaba la antorcha era mi tío Horacio. Él tenía solo el título secundario pero era la cabeza de una empresa constructora y para mí siempre fue un arquitecto.
Abría las puertas de su casa para que todos pasaran las fiestas en su patio. Los que nunca faltaron fueron los vecinos de enfrente que tenían una despensa: el Humberto y la Irma. A veces llevaban ensalada rusa, otras un poco de lechón y la coquita para los chicos, mi madre colaboraba con la ensalada de fruta, alguna sidra y pequeñas cosas dulces, además era la asistente de cocina. Mi viejo comenzaba con los fuegos tempranillos, porque se comía todo frío, sea lechón, cordero o pollo. Todo era asado a fuego lento por mi tío y mi viejo desde las siete de la mañana calmando la sed con varios tintos. Ya para las doce y diez estaban durmiendo o cabeceando en la mesa mientras los demás hablaban. Nunca faltaba mi padrino Enrique y Susana que siempre la llamé tía aunque no lo fuera así como la tía Aidé.

La hora de la cena
Nos sentábamos todos juntos en una mesa larga hecha con tablones de la construcción previamente limpiados y cepillados cubiertos por los finos manteles de la anfitriona, la Tía Eva. Los chicos solo picábamos algo y salíamos a dar vueltas con los cohetes y algún vaso de jugo en la mano. Los mayores se quedaban tomando vino, cerveza, algún Frescor o Coca Cola sacándole el cuero a todo el mundo.
Todos esperábamos las doce escuchando FM Litoral de fondo que pasaba saludos de los vecinos y música bailable de todos los tiempos. Cuando se acercaban las doce se hacía un silencio para escuchar la sirena de los bomberos que anunciaba la Navidad o el Nuevo Año.
A nosotros nos traía regalos un tal Niño Dios, ninguno en el barrio sabía quién era, solo que en esa noche tan diferente aparecían algunos paquetes. Minutos después de las doce todos salían a compartir el regalo con los vecinos. Para las doce y media ya no quedaba ni un chico, las baterías que cada uno tenía se terminaban a esa hora y se quedaban durmiendo en cualquier sillón, falda o cama ajena.

Ellas también
Sí mi tío encendía la luz, mi tía y las mujeres del barrio se encargaban de mantenerla encendida, eran ellas las que juntaban los platos, traían la ensalada de frutas, los turrones, los budines o los pandulces. Juntas ordenaban todo antes que sea la hora de partir y la Tía y mi vieja al otro día dejaban todo impecable, ya cuando íbamos nosotros a la tarde para jugar con los primos no había rastro de la juntada.

Los mismos tres
A los pocos días de fin de año llegaban los reyes, sigilosos, invisibles, con camellos mágicos sedientos y hambrientos, además los tres eran siempre más pobres que el Niño, pero llegaban. Ahí también compartíamos y jugábamos todos los chicos del barrio.
Hasta que el calor nos llevaba hacia alguna pileta de algún vecino.
Cuando nos mudamos de barrio esa sensación se esfumó para siempre. Mi viejo se siguió levantando a las siete los 24 o los 31 para cocinar, y yo siempre armé el arbolito porque sin él no hay navidad decía Don Lorenzo, y entre los tres la pasábamos lo mejor posible, siempre teníamos algo para brindar y la ensalada de frutas. No podía faltar el mantecol o algún turrón blando. Con una sonrisa nos quedábamos mirando los globos y cómo se quemaban en el aire y la locura de la pirotecnia. Nos faltaban muchas cosas pero nos teníamos los tres y era suficiente. Hoy solo estamos con Chiquito pero el ritual es el mismo, eso no se cambia, porque hoy lo que ilumina el barrio es la sonrisa del abuelo Don Lorenzo, de eso no tengo dudas.

Los de siempre
Esos momentos de luz nos ayudaron a sortear la oscura crisis que siempre la pagó el pueblo, porque los Macri, los Fortabat, los Martínez De Hoz, y los Caputo…
históricamente se fugaron con millones de dólares que terminamos pagando nosotros, nuestros vecinos, nuestros abuelos y nuestros niños.
La sabiduría popular nos llevó a compartir el pan para que nadie la pasara mal en las fiestas, hoy mientras nos hunden con medidas redactadas en algún banco de Estados Unidos, más que nunca la salida es colectiva.

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