Solo humanos, el nuevo librode cuentos de Milagros Bernat

La escritora entrerriana presentará su obra el viernes, en Crespo. Además, compartimos uno de sus textos: Memorias de un libro viejo. “Son historias que me pedían a gritos ser contadas”, destacó

Milagros Bernat escribió Solo humanos. Historias de existencia. Es el nuevo libro de Ana Editorial. La autora lo presentará en Crespo, el viernes, a las 20, en el Auditorio Municipal Eva perón, de calle San Martín 1327. “Escribí este libro porque son historias que me pedían a gritos ser contadas”, dijo a El Telégrafo de Entre Ríos.
“Son voces de locura, de enfermedad y de muerte que por mucho tiempo estuvieron confinadas en espacios de encierro, en espacios de silencio y que querían ser escuchadas con amabilidad, con hospitalidad, con respeto y, por supuesto, con amor”, destacó la autora.
Desde su infancia, Milagros Bernat estuvo cautivada por los libros, disfrutaba leer tanto como dormirse arrullada por las voces de sus padres contando un cuento.
Al crecer, su lugar favorito estuvo siempre en las bibliotecas. Hoy, contó, una de sus mayores preocupaciones es encontrar nuevos espacios en estanterías que crecen mes a mes.
A Milagros Bernat le apasiona escribir, casi tanto como leer, y su computadora se encuentra inundada de archivos con bocetos de posibles historias.
Estudió Psicopedagogía, Educación Especial y aún continúa aprendiendo. Como persona con discapacidad, no es indiferente a los prejuicios, barreras y violencias que oprimen a quienes son señalados como “diferentes”.
Por ello, en sus relatos destacan personajes un tanto pesimistas, encerrados en sí mismos, locos y enfermos. Intenta recuperar en ellos la voz de una razón irrazonable que denuncia el abandono, la omisión y la injusticia.
Evitando caer en las fantasías de recuperación o las historias inspiracionales, Solo humanos busca recuperar la magia de lo cotidiano y describir de forma poética existencias comunes.
“Siento que el libro se debería leer porque en épocas tan aceleradas como las que vivimos en la posmodernidad, donde no tenemos tiempo para preguntarnos nada y todo lo hacemos de manera automática, el libro invita a tomarse un momento para parar, para respirar y preguntarse cuál es sentido de lo que hacemos, cuál es el sentido de nuestra vida y a partir de esa pregunta plantea el poder atrevernos a vivir una existencia apasionada”, dijo Bernat.


Compartimos entonces uno de los cuentos que forman parte del libro, seleccionado por la propia autora para los lectores de El Telégrafo de Entre Ríos:

Memorias de un libro viejo
—¿Qué pasa con las historias cuando ya no interesan a nadie? —preguntó un lector preocupado a un libro viejo.
—Bueno, eso es fácil —respondió el libro soltando nubecitas de polvo entre cada palabra— envejecen, se empolvan, se rompen y esperan el momento adecuado de desaparecer para siempre.
—Pero, ¿cómo desaparece un libro? —insistió el lector.
El libro viejo suspiró, ya casi no le quedaban motitas de polvo y eso le molestaba. Le consolaba saber que iba a desaparecer pronto, pero al parecer este muchacho era uno de esos jóvenes con mucho espíritu, tal vez demasiado espíritu.
¿Qué le importaba a él lo que le pasara a los libros?
Era mejor que dejara de perder el tiempo con libros tan viejos, los viejos siempre eran más difíciles, se les agriaba el carácter, las páginas ya no eran blancas y a veces se les borraba la tinta.
Eligió no contestar, a los viejos les pasaba seguido eso de quedarse dormidos, tal vez si se quedaba callado mucho tiempo él se acabaría aburriendo.
—¿Cómo desaparece un libro? —insistió el lector acercándose al libro, tal vez como era tan viejo no escuchaba bien.
El libro viejo resopló, haciendo revolotear sus páginas.
—Pasa, como pasan las cosas —respondió medio por obligación.
—¿Y cómo pasan? —volvió a preguntar el lector.
El libro viejo se imaginó que, si tuviera brazos, seguramente ya hubiera empujado al muchacho lejos de su vista.
¿Quién se creía para importunarlo con tantas preguntas?
Pero tal vez si le respondía, el muchacho lo dejaría en paz, de una vez por todas.
—A veces se queman, otras veces son quemados, se oscurecen sus páginas hasta que nadie puede leerlos y se usan para envolver manzanas. A veces se los comen los bichos y otras los hongos. Pero también si les da mucho el sol se resecan y parten, volviéndose tan frágiles que pueden desvanecerse a cenizas con solo un soplo de viento.
—¿Y nadie los cuida? —la voz del lector se había vuelto triste y parecía estar a punto de derramar unas cuantas lágrimas.
El libro viejo no era un mal tipo, solo era viejo y como él mismo había dicho, ya tenía el carácter agrio, pero no le gustaban las lágrimas. Los jóvenes no deberían llorar por cosas así, deberían estar leyendo porquerías con ilustraciones y no entretenerse con historias de gente muerta hace tanto tiempo.
Así que, en contra de su buen juicio, se armó de paciencia para conversar con el muchacho. Se acomodó bien cómodo en el estante y empezó.


—La cuestión es que acá, en el fondo, no importamos mucho. El sol nos dio cuando éramos jóvenes y nos exhibían en aquella ventana. Veíamos pasar la gente y esa misma gente se detenía a mirarnos. A veces entraban, nos sostenían y pasaban nuestras hojas con curiosa expectación.
Pero qué va ser, a veces uno no tiene suerte. Yo no la tuve, tal vez no llamé mucho la atención, o quizás a la gente le importaba un comino saber sobre la vida de este tipo.
Cuento una historia ¿sabés? Y no es mala, es de un tipo… un pianista famoso, o bueno fue famoso en algún momento. Prometía mucho, pero que se le va a hacer, el pobre no tuvo mucha suerte.
Fue fugaz, apasionante, casi mágica… la Rapsodia Húngara – el libro viejo ya no hablaba con el lector, se hablaba a sí mismo, saboreaba su juventud llena de ambiciones y un gozo tan sencillo como fugaz– murió en una lenta agonía, igual que su biografía ahora, deshilachada, rota, sucia y manchada. Es casi poético terminar de este modo y eso que tan solo conozco su historia por tenerla escrita.
Cuando el libro viejo acabó, el joven permaneció en silencio. Lo miró con ternura, acarició sus tapas oscuras y casi por inercia lo tomó delicadamente entre sus manos.
El libro viejo se estremeció, esperaba desaparecer, y ahora… ahora cuando todas sus costuras le dolían alguien lo tomaba entre sus manos una vez más. Se emocionó, se imaginó que, si tuviera ojos, tal vez le brotarían algunas lágrimas de tinta.
Esperaba que el joven lo devolviera a su estante después de una rápida ojeada, pero eso no pasó. El muchacho lo acunó entre sus brazos y el estante comenzó a hacerse cada vez más pequeño… como en ese cuento en donde la niñita se agranda y se encogía, ¿cómo se llamaba?
Con los años era cada vez más difícil acordarse de otras cosas además de su historia.
Se acercaban a la caja, esa que tantas veces vio esperando que alguien lo comprara, pero solo se fue alejando de ella, para un día descubrirse olvidado en el fondo de algún estante con telas de araña y trapos viejos.
Él seguramente no pensaba comprarlo. ¿Por qué lo haría? Él ya no valía nada, no era único y estaba roto, tenía varias páginas rajadas, algunos dobleces, estaba amarillo, descolorido, olía a viejo, no tenía lomo y las costuras se le aflojaban un poco más cada año.
Se dijo a sí mismo que no se ilusionara, él ya estaba grande para esas cosas. Pero aun así, su corazón de papel comenzó a acelerarse, tenía una esperanza, una chiquita… de que ahora sí se lo llevaran.
El joven lector entregó al librero su Rapsodia Húngara medio deshilachada, algo le decía que eso era lo correcto. Pero esperaba que lo correcto no saliera tan caro, pues a decir verdad no estaba muy sobrado de dinero.


El librero lo miró con la ceja alzada, incrédulo, como preguntando “¿Seguro?”. Él muchacho asintió, aunque en realidad no hacía falta.
Pagó y cuando su compra le fue devuelta en una bolsa de papel cartón se sintió feliz, sumamente feliz. El libro viejo por su parte, aún no podía creerlo. ¿Tal vez había un error? ¿Tal vez era un sueño? Pero los libros no sueñan, entonces debía ser cierto. Alguien lo había comprado, alguien a pesar de su carácter agrio y sus muchos defectos, lo había elegido… Lo había elegido a él.
Esa misma noche fue leído, descubierto, acariciado y hasta recibió el honor de portar un separador. No era el separador más elegante, ni el más decorado, era solo el envoltorio de un saco de té, pero era suyo, su insignia, era oficialmente un libro leído.
El libro no se hizo más joven, por supuesto, esas cosas en realidad no pasan más que en los cuentos. Pero, aunque no dejara de envejecer, había dejado de desaparecer y ahora se exhibía orgulloso en una estantería, presumiendo ante los libros más jóvenes sus casi noventa años.
No tenía miedo al sol, ni a los bichos, mucho menos al polvo y las telarañas. Puesto que de vez en cuando, aquel muchacho lo molestaba haciéndole repetir su historia una y otra vez.
Y aunque al principio gruñera y se quejara, porque ya era viejo y su carácter se había agriado, aquello no era más que una parodia. Puesto que secretamente, o quizá no tanto, el libro viejo era inmensamente feliz cada vez que repetía su historia.

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