Escribir es un oficio hecho de técnicas y herramientas. Toma años de práctica advertir que nunca se lo dominará por completo. Nada mejor que ponernos cada día el delantal…
Por Fernanda Rodríguez Briz – Escritora y coach literaria
Como escritora y coach literaria me animo a compartir con ustedes parte de mis aprendizajes.
Como todo oficio, la escritura debe ejercitarse cada día. Como todo oficio, uno se cansa de vez en cuando de tanto ejercicio y quiere abandonar el empeño. Se llama resistencia, está estudiado como fenómeno, ocurre, nos ocurre. Pero al día siguiente uno se pone de nuevo el delantal y vuelve a insistir.
El texto es ingeniería y arquitectura, y ambas son igualmente importantes. La ingeniería asegura que el texto no se caerá, que permanecerá sólido y firme, que nada sobra, que todo elemento tiene un sentido. La arquitectura provee a la solidez de estilo, de belleza y convierte a un texto en obra de arte. El andamio y la ornamentación son escindibles e imprescindibles. Un texto es forma y contenido, y ambas son igualmente importantes: la forma se ve de lejos, el contenido se explora hacia adentro. La forma muestra, el contenido revela.
En todo escritor habita un niño desordenado y un adulto que lo obliga a ordenar. Pero jamás deben juntarse. Usted puede, por lo tanto, escribir desde la catarsis, vomitando, si eso lo hace sentir libre, pero –¡no sea cochino!– luego de hacerlo, el adulto vendrá a obligarlo a limpiar porque a su historia va a entrar nada menos que el soberano, es decir su lector.
Cortázar decía que construir un cuento es pulir una piedra tosca hasta convertirla en una esfera perfecta. Usted debe poder pasar la mano por la esfera sin sentir ninguna protuberancia que arruine esa sensación.
El buen uso de las herramientas del oficio es lo que convierte a esa roca en esfera y al aprendiz en escritor. A mi juicio las principales herramientas para eso son, en este orden: a) la amoladora, no todo lo que uno escribe es una maravilla digna de imprimirse. Uno, al principio, siente que cada palabra en el texto es deslumbrante, luego logra ver que no tanto. Use la amoladora sin miedo: sirve para eliminar esas parrafadas grandilocuentes tanto como las descripciones o los diálogos inútiles que a los aprendices nos enamoran. En otras palabras, lo que no aporta nada a la esfera, la deforma. Y b) la lija, que sirve para suavizar la respiración del texto, esto es, la puntuación.
Después de que haya usado esas dos herramientas, por más satisfecho que esté con su esfera, por más perfecta que usted la vea, guárdela, no se la muestre a nadie (esta enseñanza se la debo a Stephen King, que algo sabe de esto), resista hasta el dolor de tripas la tentación de publicarla en las redes. ¡Aguante, sea fuerte, hombre, son solo unos días, o mejor, unos meses! Ahora sí, vuelva a sacarla del cajón (o de esa carpetita en la PC) y lea ese texto como si no lo hubiera escrito usted. Saque entonces la tercera herramienta, c) la lustradora y pásela una y mil veces más, las que sean necesarias. Ahora, y solo si el texto –¡no usted!– lo necesita, agregue bellezas arquitectónicas aquí o allá. Repita la operación con austeridad, demasiado adorno convertiría su cuento en un árbol de navidad y no queremos eso.
Usted puede optar por crear un nuevo idioma para su texto, una invención propia enteramente arbitraria, pero nadie será capaz de comprender ni una coma (si es que existiera tal signo gráfico en su invención). También puede optar por escribir en el idioma que aprendió de sus padres, esto es, el noble y bello español. Si opta por lo primero, usted inventa sus propias reglas; si opta por lo segundo, usted está obligado a respetar las reglas, pues un idioma es un código compartido. Conjugue bien los verbos, no ignore las tildes… respete lo que haya que respetar.
Que alguien corrija lo que usted escribe es un regalo que todo aprendiz debe agradecer. Agache la cabeza y déjese guiar. La corrección, no obstante, tiene un límite: en algunas cuestiones el autor manda (como correctora, repito esa frase a diario). Su estilo, su voz narrativa son lo que hará que sus textos sean únicos.
La escritura, en resumen, no es un don del cielo, es un músculo. Y el teclado o la birome son su salón de entrenamiento diario.
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