Flequillo y el olvido: la crónica de un docente invisible

Un encuentro como los de antes –quizás un poco tóxico– y el camino de una pasión más analógica que cibernética. Un heavy perdido en el tiempo y un camión cargado de vergüenza que nunca llegó a destino

Por César Luis Penna

Ser un docente nómada nos lleva a recorrer tantas escuelas que, a veces, nadie se entera que pasamos por alguna de ellas. Un año gané unas poquitas horas en una gran institución que tenía tres turnos y una guasada de alumnos. Con las horas en mi poder busqué a alguien que me mostrara las aulas y los pasillos. Sin esperarlo, me encontré con un viejo compañero de la facultad al que le decían Mono. Lo primero que me dijo fue:
–Cuando tengas horas libres venite a la biblioteca porque en la sala de profesores nadie te registra, son todas unas brujas. Acá tomamos mate y charlamos todo bien.
–Bueno –le respondí sin la mera intención de hacerle caso.
Al día siguiente casi sigo el consejo, pero no, solo entré a la sala de maestros, saludé y me senté a esperar mi hora. Respondí el cuestionario de algunas profes temerosas de que les robe el bolso –supongo– y me fui a clase. A mi compañero no lo vi por un tiempo y comencé a llevar el mate para convidarle a mis compañeras excluidas de la ronda de mates de las profesoras de Matemáticas. Ellas tomaban siempre solas y se convidaban cositas comestibles entre ellas, tenían un casillero propio cada una. El resto estábamos excluidos por lo que mis rondas de mates me llevaron a hacerme más conocido.
Cuando volví a ver al Mono le conté que nunca había entrado a la biblioteca pero sí a la sala de profesores. “Seguro te quieren comer por eso te saludan”. Sí, hay gente que piensa así pero yo sabía de sobra que aquel no era el motivo. Ese primer año festejaron el Día del Maestro y ni siquiera me invitaron, pero al siguiente sí.
Un día llegué muy descompuesto, entraba a las siete de la mañana y solo tenía medio módulo. Aproveché y fui al baño, al cabo de un rato salí un poco aliviado pero medio pálido. Una de las señoras de la secretaría se dirigió al mismo sanitario encontrándose con la pestilencia. Para mayor mal: El baño de profesores, la secretaría, la rectoría y la sala estaban todos en una misma área. La señora salió a los gritos buscando a un culpable, por supuesto que yo me descomponía –ahora de la risa– y pensaba: ¿Qué culpa tenía si el baño estaba pegado a todo y no contaba con ventilación y mucho menos un lavamanos o un desodorante de ambiente? Ni siquiera tenía un misero cartel que dijera: “Aquí no se hace lo que el gobierno hace con nosotros”. Sonriendo volví al aula.

La anunciada
Llegó la tan anunciada y comentada “fiesta del maestro”, todo era auto financiado, hasta la limpieza ya que debíamos dejar impecable el espacio que utilizamos. Cuando llegué no encontré a nadie de los que habitualmente compartíamos un mate o alguna charla. Estaba solo por lo que esperé a que todos se sentaran para hacer lo mismo. Eran mesas redondas como para ocho personas, en la que me tocó a mí estaba con todos los adjuntos. Los profesores que se conocían hacía 30 años estaban sentados en un mismo lugar, los de mi área ni uno solo, así es que entré a charlar de cualquier cosa. En la mesa estaba “flequillo”, una chica delgada como una birome, blanquita como un papel y el cabello bien negro que me fascinaba; ella trabajaba en la secretaría, yo siempre iba a su sector solo para cruzar dos o tres palabras. Pidió un vino que abandonó y que yo –erróneamente– comencé a beber. Aún no tenía moto por lo que solo debía ir a hasta el frente de la institución, tomar un taxi y listo. Ella estaba más interesada en el psicólogo, que nunca lo había visto en mi vida en la escuela, así es que me dediqué a tomar la botella del tinto tratando de pegar una conversación. Después de comer apareció una torta de la cual, ya sin vergüenza alguna, me comí al menos diez porciones. Cuando se lanzó el baile estuve apunto de irme, pero una de las señoras de Matemática me empujó adentro, bailó conmigo hasta que casi descaderarla y me encontré con flequillo abandonada. Era mi oportunidad así que la invité a bailar: y bailamos hasta que se acabó la música y tiraron espuma, lo cual hizo que me resbalara y casi me cayera para no levantarme más. Ella me dijo:
–Esperame que voy al baño.
Así que me senté un rato y como conocía ese verso me serví lo último del vino. Desde entonces ya no recuerdo claramente nada más. Creo que le mostré el documento al taxista para que me llevara porque no me salían las palabras bien coordinadas. El hígado hizo su hermoso trabajo de depuración y desperté sin problemas, todo vestido, y con la puerta de mi casa abierta. Un fragmento de memoria se fue ese día para siempre y se levantó una gran barrera para no repetir el comportamiento.
Pasaron un par de semanas y nadie me decía nada, por lo que imaginé que no había mostrado la hilacha, diría mi viejo. A flequillo no la vi más, las suplencias de las secretarías eran más variables que las nuestras, en un par de meses cambiaron a tres personas. Pero la historia no terminó ahí: un día, el algoritmo de Instagram me la trajo a la pantalla. No podía deducir nada de su vida mediante sus publicaciones así que la saludé y tras hacerlo me preguntó;
—¿Cuándo vamos a ir a bailar, profe?
—Cuando quieras, no me preguntes de lugares, porque yo soy de otro palo.
–Yo sé dónde, el viernes te busco y vamos.
Sí, todo así de golpe, como si nos viéramos todos los días.
El día esperado
Todo me resultaba raro, pero cuando llegó el día me olvidé de mis pensamientos. Flequillo me vino a buscar muy temprano, hacía un rato que había llegado del gym por lo que le dije que me esperara unos minutos para vestirme. En el camino hablamos del trabajo, nada más, no quería preguntar lo que no me contaba, pero me intrigaba cada vez más. Llegamos a su casa y me dijo:
—Tengo que cambiarme y vamos, vení, esperame.
—Bueno dale.
Pero ni bien cerré la puerta de su casa, un viento empezó a azotar todo y una lluvia violenta se desató sobre la ciudad. Le agradecí a Odín y a Thor por la lluvia y me senté en un sillón muy cansado. La jornada laboral había sido muy larga.
Aún no sabía si estábamos solos y entre la lluvia y el viento de afuera comencé a entredormirme. Fue en ese momento cuando escuché un pedido de ayuda…
Me levanté esperando lo peor, ella estaba en un pasillo vestida de gatúbela o algo parecido, “el baile era una trampa, evidentemente”. El maquillaje no le quedaba bien, pero fui al “rescate”. Tenía una mano en su abdomen y otra en la pared, y me decía…
–Ayudame que me duele.
Desconfíaba, pero fui igual con la valentía de un Granadero de San Martín.
–¿Qué pasó, dónde te duele?
Me tomó de la nuca y me besó, me agarró de la mano y seguí los pasos de sus tacos altos. Lo que escondía era una especie de látigo. Con más luz, vi que su traje era como una red negra con partes necesariamente ausentes. Por un momento pensé que me ataba y no me dejaba salir más, pero me dio unas cachetadas… y yo ya estaba levantando el banderín de “me quiero ir a mi casa”. Flequillo estaba en personaje, pero nunca me había avisado y decidí seguirle el juego hasta que volvimos a la normalidad. Cuando me desperté, me echó, por suerte sabía dónde estaba así es que tomé un taxi y me volví a casa; su actitud no me extrañaba, pero si me sorprendía.


Sus disculpas llegaron un mes después. Cayó a mi casa una tarde. Me contó que se desbordó, que estaba medicada crónicamente pero ese día no, que ella no era así. Por primera vez era el chamuyado así que manejé la situación como pude. Unas semanas después fuimos al centro a mirar cosas y nos trajimos una correa para ella y una para mí, parecía que le gustaba que la sacara a pasear. Muy raro todo, pero el aislamiento obligatorio mala onda logró romper el encantó.
Tratamos de vernos en la clandestinidad, y por algunos momentos pudimos lograrlo, pero inventamos un enojo para no encontrarnos nunca más. Ella jamás mencionó aquella noche en la fiesta de profesores ni nada de lo que siguió después; yo, solo me perdí en el tiempo.

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