En Diamante, a orillas del río y del tiempo, un bibliotecólogo –cronista de la identidad provincial– relató cómo la pasión por la cultura lo condujo a publicar un libro de rebeldías. La obra lleva el sello de Ana Editorial
Por Gastón Emanuel Andino
La mañana se había tendido sobre Diamante, y el río parecía escuchar. En ese clima, donde el agua y la historia solían confundirse, Víctor contó su experiencia con la serenidad de quien había caminado largos senderos de la cultura entrerriana. Habló en pasado, como si cada palabra necesitara tomar distancia para poder decirse, y en ese gesto también se reveló el respeto por lo narrado. No presentó un libro: recordó un proceso. Tampoco anunció solmente una edición: evocó una vida.
Desde siempre dijo, se había dedicado a estudiar la Cultura Entrerriana. Al principio lo había hecho desde la música y sus autores, como quien aprende a reconocer su tierra por el sonido de las guitarras y los silencios del monte. En aquellas primeras búsquedas, la identidad se le había revelado cantada. No era casual: como escribió Linares Cardozo, “el paisaje también tiene voz”, y en Entre Ríos esa voz solía llegar en forma de chamarrita, de verso sencillo, de tonada que nombra al agua. Luego había decidido escribir. Su formación como profesional de bibliotecología, obtenida en la UCA Paraná, le había permitido recorrer con rigor la bibliografía entrerriana, conocer lo dicho y, sobre todo, advertir lo no dicho. Con ese panorama bastante acabado, eligió un camino exigente: escribir exclusivamente sobre temas culturales que otros autores no hubieran abordado. Allí comenzó su andar literario, con el objetivo claro de iluminar zonas inéditas de la cultura provincial. Ese impulso inicial, sostenido en el tiempo, lo había llevado a editar 15 libros.

El decimoquinto se tituló Venganzas, rebeldías y otras entrerrianías, y fue realizado bajo el sello Ana Editorial. Estaba basado en hechos reales, pero no se limitaba al mero dato histórico. Víctor confesó que no le gustaba ser monotemático y que cada tema elegido debía apasionarlo. En este caso, lo había atraído desde siempre el tema de la venganza. No la venganza banal o estridente, sino aquella que se gestaba en silencio, en los márgenes de la historia, como una respuesta humana frente a la injusticia. Así comenzó a indagar en la historia provincial sobre los hechos reales que tuvieran que ver con ese impulso antiguo y persistente. Esa búsqueda lo llevó, casi sin proponérselo, a conocer maravillosas historias de rebeldías. Rebeliones pequeñas y grandes, gestos mínimos y decisiones irreversibles, todas nacidas en el suelo entrerriano. Víctor las estudió y luego las trasladó al libro con un tinte literario que no traicionó la verdad de los hechos. En esas páginas, la venganza no apareció como un grito, sino como una cicatriz. Como escribió alguna vez Juan L. Ortiz, “el dolor también sabe demorarse”, y esa demora fue la que el autor supo narrar.
Recalcó que la Cultura y la Identidad Entrerriana eran tan ricas que estaba seguro de que no le alcanzaría la vida para cantarle y escribirle a Entre Ríos. Para hacerlo había tenido que leer mucho, releer más y seguir hurgando e investigando de manera constante. Reconoció que había visto mucho talento plasmado en libros, documentos y trabajos académicos, verdaderos cimientos sobre los cuales él se había apoyado para elegir cada tema y abocarse de lleno a él. Aun así, confesó que muchas cosas seguían asombrándolo y sorprendiéndolo, como si la provincia guardara siempre una historia más para contar.
Su esperanza había sido dejar estas obras a las nuevas generaciones, no como monumentos cerrados, sino como invitaciones abiertas. Eligió compartir lo que iba descubriendo y despertar, quizá, una pasión similar. En cuanto a la selección del material, explicó que el camino había sido meticuloso: primero los libros, luego los lugares investigados en persona, después las entrevistas a los autores dispuestos a dialogar. Siempre había intentado ser lo más profesional y serio en cada párrafo que llegaba a las páginas. Ese cuidado no había sido menor: con el tiempo, había construido un prestigio que le permitió tener lectores no solo en Entre Ríos, sino en todo el país. Víctor señaló que los escritores sabían bien que sin el apoyo de los lectores no tenía sentido tanto sacrificio para escribir y publicar. Por eso habló con honor y orgullo del respeto recibido, y de la responsabilidad que sentía al transmitir la cultura entrerriana. Cuando mencionó el sacrificio, lo asoció de inmediato con la satisfacción profunda de desarrollar su vocación. Escribir había sido, para él, una forma de estar en el mundo. Las distintas disciplinas a las que se había dedicado: la música, la poesía, la investigación, la historia, la organización de eventos y ferias del libro, tanto urbanas como rurales, habían resultado compatibles porque todas se enmarcaban en la Cultura Entrerriana. Ese compromiso había sido posible junto a su esposa, Rosario Crick Chort, con quien comparte ya cuarenta años de matrimonio y una misma meta: difundir y contagiar la identidad de la provincia. En ese trabajo conjunto, la cultura se volvió también una forma de amor.
Al final, adelantó que pronto estaría en la calle su libro número 16, centrado nuevamente en un personaje entrerriano. La charla concluyó con esa promesa abierta. Afuera, el río seguía su curso, como si supiera que cada venganza narrada, cada rebeldía rescatada, no era otra cosa que memoria volviendo a decirse. Porque en Entre Ríos, como en una vieja letra popular, la tierra no olvida, y cuando alguien se anima a escribirla, la historia vuelve a respirar.

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