La aparición más nombrada de los mitos argentinos, pero muy pocas veces documentada. Los relatos son siempre de transmisión oral y aquí el recuerdo de una conversación entre compañeros de trabajo
Por César Luis Penna
A mediados de los ochenta la Municipalidad de Paraná se encargaba de la limpieza y el cuidado del centro de distribución de frutas y verduras “El Charrúa”; Los empleados solían juntarse a comer un asadito cada tanto, muchas veces los puesteros aportaban algo de verdura y algún que otro cajón para el fuego. La zona, por entonces, era muy diferente y no estaba urbanizada como en la actualidad; las últimas casas con calles iluminadas se veían a un kilómetro. Las pocas propiedades que había solo eran quintas o lugares con luces rojas como decía Ricardo Iorio en “La máquina de picar carne”. Atrás de “El Charrúa” no había nada, solo campo.
Cuando terminaban de comer siempre se quedaban endulzando las gargantas con unos “Toros”, el vino del trabajador argentino y surgían historias que buscaban la risa o tan solo el entretenimiento en ese paraje tan lejano de la ciudad.
Lorenzo tomó la posta y tiró una punta para hablar de algo…
–En mis pagos, la luz mala es lo más jodido, más de un gaucho se quedó secó en medio de los maizales.
–Al que le agarró la luz mala fue a Todoni –dijo Ramírez con una seriedad inusitada– y lo hizo pelota.
–¿Cómo es eso? –preguntó el Negro.
–Todoni tenía una motito Zanella 50. Muchas veces cuando salía de acá y veía a otra moto en la noche, como gesto de camaradería le pasaba al lado y se saludaba con el motoquero, orgullosos cada uno de sus medios de transporte. Una noche salió con un tinto encima y vio a lo lejos una luz que venía y se dijo: “¡Lo voy a saludar!”. La calle estaba oscura, solo se veía aquella luz… Colocó su moto como para pasar bien cerca y saludar al motoquero y aceleró… Era un Peugeot 504 con una sola luz… Todavía lo están juntando.
Todos rieron y brindaron por la anécdota que algún día le contarían a sus gurises.
–Seguí contando –le dijeron a Lorenzo.
Allá en Aranguren, en la noche no hay una sola luz, en las noches sin luna nadie sale porque la oscuridad es tal que solo se ven las estrellas y nada más. Cuando prendés un pucho los enjambres de los bichos te corren por todo el campo. Una noche de esas lo agarró a Don Pedro en la estancia de sus patrones a dos leguas de su rancho. Esa noche era el asador y el patrón lo reconocía como uno de los mejores de la región. Terminada la farra, salió Don Pedro con una pillera con asado, un vino y un poco de postre para sus gurises, gentileza de la patrona. Se fue alejando con su chuequera por el medio de la oscuridad y para cortar camino se metió por una huella que conocía de memoria.

Era como un brujo, con sus alpargatas sentía cada desnivel del camino y siempre llegaba bien a destino en noches como esas. A mitad del trayecto vio lo que nunca imaginó, una estrella se descolgó del firmamento y fue cayendo lentamente cual gotita de caramelo. Nunca en su vida había abierto tan grandes los ojos y agudizado tanto los sentidos. Frenó su andar y retrocedió unos pasos, la luz raramente no iluminaba nada solo se posó al ras del suelo y se quedó ahí. Un terror inexplicable lo invadió pero no había ninguna forma de que pudiera salir corriendo. Tomó su facón aún con la grasa del asado y se puso en guardia. A sus oídos habían llegado historias de esas luces del diablo que cuereaban a las vacas y mataban gauchos en pleno campo sin herida alguna. Se quedó inmóvil, una por el miedo y otra por la chuequera que no lo dejaba que saliera disparando, esperó que saliera alguna criatura o algo raro pero no pasaba nada. Pero de la luz mala comenzaron a salir unas luces más chicas que en un parpadeo lo rodearon como mirándolo de afuera para adentro sin hacerle daño. De buenas a primeras la luz se tornó azulada y luego roja para salir disparando hacia donde había salido… a la nada misma.
Don Pedro jamás le contó a nadie lo que había sucedido, solo a su familia, porque sabía que nadie le iba a creer.
–¡Guau! –dijo el negro– en Victoria nos pasó lo mismo… nos habían recomendado una laguna para ir a pescar tranquilos. Fuimos a la “La laguna de los Gauchos”. Armamos una fogata y tiramos unas líneas. De todas las lagunas de la región esta era la más amplia porque se conectaba con otra que era el triple de grande. Entonces nos pusimos debajo de unos árboles y estuvimos sacando algunos pescaditos como para entretenernos. Se hizo de noche y nos pusimos a cocinar lo que habíamos sacado, mientras nos tomábamos unos tintos y mirábamos las cañas por si picaba algo. De golpe el agua se iluminó, pero desde abajo y salieron tres luces como una pelota de fútbol. Las tres dieron vueltas por toda la laguna y una se nos vino encima. Nos hizo lo mismo que a Don Pedro y volvió a la orilla donde brilló tanto que no podíamos ver. Volvió rápidamente al medio del lago y desapareció. Pero el Carlo (lo llamábamos así porque era muy parecido al riojano) desapareció de golpe y no lo vimos más. Como era él el dueño del auto que nos llevó hasta ahí, no podíamos irnos hasta que apareciera. Esa noche no pescamos nada más y en plena oscuridad nos fuimos bordenado a la otra laguna. Lo raro era que ni los grillos se escuchaban, parecía que el monte le tenía miedo a la luz mala. Sacamos algunos para la fritanga y de la nada, en medio de la oscuridad, mientras mirábamos el agua, se escuchó un “¡uep!”. Casi nos morimos todos ahí mismo. El Carlo había vuelto, le preguntamos que le había pasado, pero no recordaba nada solo el vernos en la orilla. Ni bien amaneció salimos rajando, nunca más volvimos.
–¡Por la luz mala y la luz buena que es la colorada! –dijo Ramírez levantando el vaso de vino.
“¡Salú!”, dijeron todos y se quedaron un rato más. Algunos comenzaron a aprontar las cosas para ir a tomar el colectivo, el último 4 de la Línea Urquiza que iba hasta las Cinco Esquinas. Los que se quedaron fueron a hacer la ronda de guardia, cada uno con un garrote por las dudas.
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