Por César Luis Penna
En el códice de Dresde hay una historia que aún hoy no se ha podido descifrar por completo. Los motivos son varios, pero lo cierto es que no existe un método de decodificación correcto para poder entender todo lo que dice. Le agrega dificultad a la cosa saber que está codificado y la clave se encuentra en alguna de las pirámides y los conquistadores quemaron lo que no se llevaron y hoy esa clave se ha perdido. Lo que queda está sepultado en un lenguaje que no se habla. Esta historia comienza en la civilización más grande y avanzada que ha tenido América en los últimos 5.000 años: Los Mayas.
Iktan fue uno de los artesanos más prolíficos de su época, llegó con su habilidad a trabajar para los sumos sacerdotes, y estudió junto a ellos los astros, la tierra, lo material y lo inmaterial. Mediante la observación y el registro llegaron a marcar exactamente los periodos de siembra, cosecha, y la temporada de lluvias e inundaciones, y habían comenzado a establecer las bases de una educación para todos los miembros de la ciudadela.
Con cada descubrimiento, este artesano hacía trabajar más sus pensamientos y un día comenzó a estudiar la obsidiana, y los minerales raros que solo podían encontrar en lo profundo de los cenotes. Realizaba algo que 2.000 años después llamarían investigación y experimentación.
Como maestro artesano y trabajando para los sacerdotes le era permitido sumergirse las veces que quisiera o necesitara. Un día alguien lo llamó para contarle que había encontrado algo que le podía interesar. El lugar estaba muy lejos por lo que necesitaron de animales de carga para llegar. Se trataba de Iztaccíhuatl una de las cumbres más altas de toda la región. En su base había una serie de cuevas tan laberínticas que cualquiera podía perderse.
Kinich iba adelante como un guía experto, llevaba consigo una sonrisa y un entusiasmo por mostrarle al maestro Iktan lo que había encontrado. En un rincón oscuro se toparon con pinturas en una pared de piedra a la vista sólida e impenetrable. Parecía una especie de escritura con algunos símbolos y algunas hendiduras en la misma pared. Tomaron nota de todo y volvieron a la ciudadela porque otra cosa no podían hacer.
El camino de regreso estuvo interrumpido por una tormenta tan fuerte que casi no la pueden sortear. Muchos habían muerto en condiciones similares debido a los bravíos vientos y los caminos sinuosos al borde de los precipicios.
Noil, uno de los más sabios de la orden, los escuchó. Solo entendió una sola palabra de lo que estaba escrito, era una que había pasado de generación en generación. La palabra no la podía expresar pero se refería de alguna manera a lo que los sumos sacerdotes usaban en cada ritual para convocar a la lluvia abriendo el pecho de algún campeón ofrecido. Era el objeto de estudio de Kinich: la obsidiana. Para su cultura no solo era una piedra, sino que contenía un significado místico y hasta religioso. Él había descubierto que el material volcánico tenía propiedades electromagnéticas y conductoras, dirían científicos más de 2500 años después.
Un día no pudo más con su curiosidad, cargó algunos elementos, comida, agua y marchó solo a investigar aún más el lugar. Cuando llegó, tomó medidas de las hendiduras, hizo unos bocetos en unas hojas secas extraídas de la corteza de un roble blanco. Con mucha paciencia fue tallando esas figuras en la roca volcánica, a la luz de una fogata que se había hecho porque sabía que necesitaría luz. Se requerían sólo dos fragmentos, para introducirlos y esperar para ver qué pasaba… Se escucharon sonidos de la piedra rompiéndose y una parte de ella, justo debajo de las palabras sobresalió. Kinich la tomó y la giró por instinto, porque no se podía empujar ni jalar. La pared se abrió y dentro había un lugar para sentarse y muchas cosas, algunas cilíndricas, otras cuadradas, algunas de metal y muchas de cristales. Extrañamente había un tablero con números mayas que el curioso explorador entendió perfectamente. Se trataban de días, meses y años.
No había caminado kilómetros y kilómetros por nada, así es que sin dudarlo se sentó como pudo, porque a simple vista solo veía una especie de butaca. Había una barra de metal que le oprimía el estómago y la movió para adelante, los cristales se iluminaron, y el lugar se cerró. Movió el tablero con los números como si supiera qué estaba haciendo. Justo debajo del panel una piedra preciosa roja se iluminó, algo lo llevó a tocarla y un zumbido hizo que cerrara los ojos y por unos minutos no supo qué había pasado. De golpe la piedra se volvió a abrir.
Salió medio mareado, tomó las obsidianas, las colocó en su morral y comenzó a caminar. De a poco se dio cuenta de que el paisaje era distinto, era todo llano, con una tierra a veces colorada, otras veces negra. Era un lugar distinto, el gran cerro Iztaccíhuatl no estaba, en su lugar había una cadena montañosa de muchos colores.
Tras caminar varias horas pudo ver un poblado. Las casas no eran de piedra y no veía a los guardias en la entrada. Se quedó escondido hasta entender qué pasaba. Cuando hubo bajado el sol vio personas, pero eran muy distintas a él, eran de piel clara, y llevaban un ropaje que les cubría todo el cuerpo. Siguió mirando. Encontró ropa abandonada en una soga y cubrió su taparrabo con ella.
Con su morral parecía un hippie norteño de los 70, pero él no sabía qué era un hippie, un norteño y mucho menos los años 70. Se fue caminando asombrado por las construcciones y llegó a la plaza principal, quedó asombrado, era todo un espectáculo; había gente que paseaba de una correa su alimento, había jóvenes que miraban un rectángulo todo el tiempo, pero había otros que se veían y actuaban como animales… sus ojos se desorbitaron y volvió sobre sus pasos asustado.
En el camino recobró su tranquilidad de científico y volvió a la roca, la fecha decía 12 de diciembre del 2025. Claramente la profecía que habían elaborado sus mayores no estaba tan equivocada: los hombres se habían transformado en animales, y los sobrevivientes eran esclavos de un rectángulo negro. Acomodó la fecha nuevamente, retrocedió algo así como 80 años y movió una palanca verde que no había visto antes. Una vara se deslizó por un tallado, que Kinich al principio no entendió. Fue desde abajo, hacia arriba y a la derecha. Cuando pasó el zumbido y se abrió la puerta entró un frío que nunca había sentido. Esta vez el mareo no era tan intenso, cuando salió de la cueva pudo ver un paisaje distinto, estaba entre montañas negras, azules, marrones, y muchas con la cima blanca. Lo que más lo espantó fue que no tan lejos se escuchaban truenos y la tierra se movía. Como la primera vez, entró a caminar hasta encontrar a gente.
A lo lejos pudo ver un terreno lodoso y hombres sembrados por todo el lugar, a algunos solo se les veía las manos a otros solo la parte de arriba, y muchos charcos de sangre, era un campo de batalla como los que había en sus tierras. Por un momento pensó que estaba en los dominios de Buluc-Chabtan (dios de la guerra maya). Las explosiones se escuchaban cada vez más fuertes, de vez en cuando alguno se movía, avanzaba y desde enfrente se veía humo, y el que se movía en el lodazal quedaba tendido sembrando la tierra.
No quiso ver más y como una lagartija entre las piedras se marchó hacia lo más alto, hasta la cueva. Antes de entrar en su lugar nuevamente pudo ver unos dibujos en la piedra de animales y hombres delgados, altos y de cabeza alargada. Volvió a bajar los años y la palanca se paseaba por el relieve.
Cuando se abrió la piedra, advirtió de inmediato que estaba en el lugar correcto. El paisaje era el mismo del que había partido. Tomó su morral, puso el ropaje que había encontrado y unos tubos de metal dorado que encontró en el lodazal y marchó feliz para contarle a todos su descubrimiento. A pocos kilómetros ya podía ver algo extraño, la vegetación era más densa y la ciudadela parecía abandonada hacía siglos. Mientras estaba mirando la gran pirámide de golpe, una voz femenina rompió el silencio…
—Acá podemos ver la representación de uno de los habitantes de este complejo.
Un grupo de personas de piel amarilla, blanca y oscura se le acercó para mirarlo a través de un cuadrado negro; él no entendía nada. Ellos siguieron su camino y él se metió entre los matorrales buscando el respiradero de su taller, estaba todo tan cambiado que cayó hacía adentro. La vegetación había ganado mucho terreno pero su preciado lugar estaba ahí.
El calendario del taller había cambiado, sus compañeros se habían refugiado en ese lugar ante el ataque de los dioses, decían las notas en un diario que él comenzó a llevar y otros continuaron. Por un instante pensó quedarse en ese tiempo, pero no podía dejar las cosas así, no él. Corrió lo más rápido que pudo, se le hizo de noche muy rápido. El cielo nocturno era distinto, algo había cambiado.
Ajustó el panel de los números y volvió al lugar y al tiempo de dónde había salido.
Aún estaba encendida la fogata que había hecho. Llevaba consigo el diario del taller donde se detallaba lo que había pasado.
Luego de un día, un grupo de sacerdotes fueron a ver ese artefacto del que hablaba Kinich. Todo el lugar había colapsado por los movimientos de la tierra viva, los túneles no existían más, todo lo que decía era incomprobable salvo por lo que se había traído. Pese a todo, Kinich se sintió como un mentiroso, y no lo era. En el camino de regreso todos iban pensado cómo podían hacerse paso entre las rocas. Cuando estaban llegando a la ciudadela, pudieron ver ademanes en de festejo, todos extrañados fueron avanzando, sus sonrisas se desdibujaron cuando vieron que en dirección opuesta venían los dioses con sus estandartes rojos y amarillos y sus relucientes armaduras.
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