Belén Lucente es de Diamante. Entre reformas educativas, luchas colectivas y silencios sociales, su historia reveló la urgencia de pensar la salud mental como un territorio vivo, compartido y aún en construcción
Por Gastón Emanuel Andino
Belén Lucente había comenzado su recorrido académico algunos años atrás, cuando viajaba a diario desde Diamante hacia Paraná para iniciar la carrera de Psicología en la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos. En aquel entonces, el plan de estudios que estructuraba la licenciatura era distinto al que existiría más adelante: había en su interior una promesa intermedia, una estación posible en el trayecto. Al llegar al tercer año, junto con la realización de un seminario, los estudiantes podían alcanzar el título de Acompañante Terapéutico.
Ese horizonte, que parecía claro y alcanzable, comenzó a resquebrajarse cuando el plan de estudios cambió. La modificación no fue una simple actualización administrativa: implicó que muchos estudiantes se vieran obligados a abandonar el esquema que habían iniciado para adaptarse a uno nuevo. La decisión institucional desató un movimiento que se sostuvo con fuerza entre quienes transitaban la carrera. No se trató de una queja aislada, sino de una lucha colectiva que buscó preservar trayectorias, reconocer esfuerzos y defender un modo de formación.
El resultado de ese proceso fue la posibilidad de finalizar una instancia: el título de Técnico en Acompañamiento Terapéutico. En ese contexto, Belén logró realizar el seminario requerido y acceder a las prácticas finales de esa etapa. Fue allí, en el terreno de la experiencia, donde algo comenzó a desplazarse.
Durante sus prácticas, acompañó a una persona adulta mayor. La escena no se parecía a los textos ni a los conceptos ordenados en los programas de estudio. Había silencios, tiempos imprecisos, gestos mínimos que no podían ser clasificados. Fue entonces cuando comprendió que en los libros no se encontraba todo aquello que sucedía en el acto de acompañar. La práctica no venía a confirmar la teoría, sino a tensionarla. Belén había entendido que acompañar implicaba un intercambio constante entre lo aprendido y lo vivido. Se trataba de encontrarse con un sujeto en situación, de habilitarse a atravesar la experiencia sin garantías, de aceptar que el saber no era un conjunto cerrado, sino un proceso en permanente construcción. En ese gesto, también había algo de renuncia: la certeza debía ceder lugar a la pregunta.
Con el paso de los años, la carrera de Psicología continuó transformándose. Los programas de las materias cambiaron, el recorrido académico se reconfiguró y la estructura que organizaba los cinco años de formación adoptó nuevas formas. En paralelo, la Tecnicatura en Acompañamiento Terapéutico se desprendió de la licenciatura y comenzó a construir su propio camino como carrera independiente. Ese desprendimiento no estuvo exento de tensiones. La tecnicatura tuvo que abrirse paso en un campo donde el reconocimiento no estaba garantizado. La lucha por su legitimidad se sostuvo en distintos niveles: entre colegas, en la sociedad y, especialmente, dentro de los equipos interdisciplinarios de salud mental. No fue un proceso lineal ni sencillo. Se trató, más bien, de un movimiento persistente que buscó afirmar derechos: los de los usuarios, los de los estudiantes, los de los trabajadores.
En ese recorrido se puso en juego también una forma de entender la práctica. El acompañamiento terapéutico comenzó a sostenerse como un trabajo digno, atravesado por el respeto hacia la vulnerabilidad del otro, por la necesidad de una mirada despojada de prejuicios y por la construcción de lecturas compartidas con otros profesionales. Las fronteras rígidas entre disciplinas empezaron a desdibujarse, habilitando el diálogo y el intercambio.
El día en que Belén se recibió, sintió que algo se cerraba y, al mismo tiempo, algo nuevo comenzaba. La alegría no fue solamente por el logro alcanzado, sino por la apertura que ese momento inauguraba. Iniciar los trámites para matricularse, recibir el título, tener su sello: cada uno de esos actos funcionó como una confirmación simbólica. Se había convertido en profesional de la salud mental, pero también había asumido que el aprendizaje no se detenía allí.

Al comenzar a trabajar como Acompañante Terapéutica, se encontró con un escenario complejo. En instituciones como las escuelas, la salud mental aparecía como un espacio precario, frágil. La mayoría de las instituciones educativas no contaban, ni cuentan actualmente con psicólogos educacionales. Los equipos estaban conformados por directivos, secretarios, psicopedagogos, preceptores, docentes, alumnos y familias, estas últimas muchas veces desarticuladas del sistema educativo.
En ese contexto, muchas problemáticas eran invisibilizadas o desplazadas. La lógica institucional tendía a intervenir de manera puntual, como si los conflictos pudieran aislarse de las tramas en las que los sujetos se encontraban inmersos. La mirada disciplinar predominaba, y el abordaje quedaba, en muchos casos, reducido a situaciones específicas entre estudiantes.
Belén había observado algo que se repetía con insistencia: niños y niñas que se acercaban en busca de un momento de atención. Ese gesto, aparentemente simple, revelaba una necesidad más profunda. Muchos padres, atravesados por exigencias laborales crecientes, pasaban gran parte del tiempo fuera de sus hogares. No se trataba de desinterés, sino de una condición impuesta por el contexto de la sociedad. Sin embargo, esa ausencia generaba efectos.
Los niños y adolescentes crecían en un entramado donde la atención se volvía escasa. Y ese vacío comenzaba a manifestarse en formas diversas: inquietudes, silencios, conductas que interpelaban a quienes estaban disponibles para escuchar. Con el tiempo, muchas de estas situaciones fueron naturalizadas, integradas como un rasgo más de la vida social. El malestar no surgía de manera aislada. Se encontraba ligado a las condiciones en las que las personas desarrollaban sus actividades cotidianas. Sin embargo, la salud mental continuaba siendo un aspecto postergado. A diferencia de la salud física, no ocupaba un lugar central en las preocupaciones colectivas. Las consultas eran escasas, y las campañas de prevención y promoción resultaban insuficientes o poco efectivas.
Tal vez, pensó Belén, había algo en la forma de transmitir el saber que no lograba convocar. Quizás el problema no residía únicamente en la falta de espacios, sino en la ausencia de una escucha que incluyera a quienes viven las problemáticas en primera persona. El conocimiento no podía sostenerse únicamente desde el lugar del profesional: debía construirse también desde la experiencia de los sujetos.
En su práctica, la noción de “presencia” comenzó a adquirir un valor central. Estar ahí, acompañar, sostener un vínculo en el tiempo: esos gestos, que no siempre producían efectos inmediatos, abrían la posibilidad de un trabajo profundo. El acompañamiento se convertía en una trama donde la escucha, la disponibilidad y el encuentro permitían que aquello que había sido silenciado encontrara un lugar.
El trabajo no era solitario. Se articulaba con otros, en equipo, en diálogo constante. Las situaciones que atravesaban a los jóvenes podían dejar de ser naturalizadas para comenzar a ser pensadas, transitadas, elaboradas. En ese proceso, el acompañamiento terapéutico adquiría una dimensión esencial. La necesidad de hablar de salud mental se volvía cada vez más urgente. No solo en consultorios, sino en escuelas, barrios, clubes, hospitales. Era necesario abrir espacios, generar talleres, construir dispositivos que permitieran abordar las problemáticas actuales y las formas que asumía el malestar en la época. También implicaba desplazar la mirada: dejar de asociar la salud mental únicamente con el déficit y orientarla hacia la promoción de la salud. Pensar en conjunto se volvía una tarea imprescindible. Generar condiciones de posibilidad para que niños y adolescentes se sintieran escuchados, para que los adultos pudieran ofrecer algo más que una mirada centrada en la carencia. Reconocer potencialidades, habilitar intentos, acompañar procesos.
En medio de una vida atravesada por la inmediatez, Belén había comprendido la importancia de detenerse. De ofrecer tiempo, de sostener una escucha, de habilitar un gesto. Porque, en definitiva, lo que estaba en juego no era solamente una práctica profesional, sino un modo de estar con otros.
Y en ese gesto mínimo, casi imperceptible, se jugaba algo decisivo: la posibilidad de que, incluso en contextos adversos, alguien pudiera sentirse alojado. Porque al final, en el cruce entre la teoría y la vida, entre la urgencia y la pausa, entre el ruido y el silencio, lo que terminaba por sostener a los sujetos no era otra cosa que eso que no se enseñaba en los programas: la capacidad de dar y recibir afecto, un resto de presencia, una forma persistente y profundamente humana de nombrar el amor.
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