Bonicho: la risa ausentehace más de tres décadas

Un personaje entrañable de Santa Elena que vivió libre, solidario y errante dejó su huella en la memoria. Hoy, tras una investigación, tiene nombre, fecha de nacimiento y un lugar en la historia de su pueblo

Por Vicente Suárez Wollert

Bonifacio López nació el 14 de mayo de 1908 en Santa Elena, Entre Ríos. Durante décadas, ni su comunidad ni él mismo parecían necesitar esa precisión. Bonicho, como todos lo llamaban, era simplemente Bonicho: el hombre que caminaba, que tarareaba, que compartía el pan que le daban, que dormía donde la noche lo encontraba. Un hombre sin domicilio fijo pero con un pueblo entero por casa.
Fue la Asociación Siglo y Medio – Cultura Accesible la que se propuso profundizar en los datos de este personaje querido y recordado en la comunidad. Y lo que encontró en los registros civiles y eclesiásticos vino a completar una historia que muchos creían conocer de memoria, pero que tenía sus huecos. El 15 de mayo de 1908, compareció ante el alcalde del distrito don Manuel Vivas un testigo para dar fe de que, la noche anterior, a las nueve, había nacido un niño. Su nombre: Bonifacio. Su madre: doña Aurelia López, soltera, de 24 años, de nacionalidad argentina. Con ese registro fue posible establecer no solo la fecha exacta de su nacimiento, sino también su edad al momento de la muerte: 86 años. Una vida larga, vivida a su manera.
Tres años después de nacer, el 11 de marzo de 1911, Bonifacio fue bautizado en la Parroquia de La Paz, ciudad vecina. Santa Elena no contaba aún con un templo propio, de modo que para los sacramentos había que cruzar hasta La Paz. Ese detalle, aparentemente menor, dice también algo de la época y del lugar: una comunidad pequeña, en formación, donde los lazos con las localidades cercanas eran parte de la vida cotidiana. Años más tarde, con poco más de dieciséis años, Bonicho cumplió el servicio militar bajo la matrícula 328 en el distrito número 32. Un joven que pasó por las filas del Ejército y que, sin embargo, eligió después una vida radicalmente libre de toda estructura y disciplina impuesta.
Su partida de defunción consigna como domicilio la calle Córdoba 1003, que corresponde al Hospital de Santa Elena, institución que lo cobijó en sus últimos tiempos, cuando ya los vecinos lo divisaban caminando por la ruta que une la ciudad con otras localidades, con su bolsa al hombro y su andar tranquilo. Vivía de la solidaridad de los demás, tanto en la comida como en el techo. Dormía donde le dieran sitio: la comisaría vieja, algún taller, un zaguán. No pedía más que eso. Y eso siempre apareció.
Quienes lo recuerdan lo describen con las mismas palabras: amable, gracioso, inofensivo, ocurrente. Un trotamundos que parecía haber elegido vivir a contrapelo de lo establecido, con una mirada distinta de la vida que a muchos les resultaba simpática y a algunos, profundamente filosófica, aunque sin pretenderlo.
Viviana Zachmann guarda de él recuerdos que son también recuerdos de su familia: “Mi nono Francisco le daba hospedaje en su taller y mi nona Alicia siempre le servía un plato de comida. Era divertido, solía tararear algo y bailar. Visitaba seguido también la comisaría vieja para pedir lugar para dormir. Personaje entrañable de mi Santa Elena”. Liliana Graciela Bogado lo conoció de cerca, primero como vecina y luego como profesional: “Yo lo veía pasar con muchos perros que lo seguían. Después lo tuve como paciente en el hospital”. Y Daniel E. Acevedo lo evoca con afecto: “Lo recuerdo bien, no molestaba a nadie. Yo lo veía y a veces hasta un pedacito de pan me compartía”.
Entre todas las historias que circulan sobre Bonicho, hay una que condensa mejor que ninguna otra su carácter. Una tarde, el colectivo interurbano de don Malerba, que cubría la ruta entre Santa Elena y La Paz, divisó a lo lejos una figura inconfundible: Bonicho, con su bolsa al hombro, caminando por la banquina. Don Malerba frenó y lo llamó. La conversación fue breve.
—¡Bonicho! ¿Vas para La Paz?
—Sí, don.
—Subí, que te llevo.
—No, gracias. ¡Voy apurado!
Al chofer no le quedó más remedio que seguir viaje. Por el espejo retrovisor, vio cómo Bonicho lo saludaba con la mano en alto y se perdía lentamente en el horizonte. La anécdota se repite en Santa Elena como se repiten los cuentos que merecen perdurar: con una sonrisa que no es solo de gracia, sino también de reconocimiento. Porque en ese no, gracias, voy apurado de un hombre que caminaba a pie cincuenta kilómetros y rechazaba el colectivo, hay algo que escapa a la lógica ordinaria y que, sin embargo, se entiende perfectamente.

Malerba en la década de 1970

Bonicho murió a los 86 años. No dejó bienes, no dejó dirección fija, no dejó herederos registrados. Dejó, en cambio, algo más difícil de inventariar: la memoria cálida de un pueblo que lo quiso, que lo alimentó, que le abrió puertas y que todavía hoy, más de treinta años después, sonríe cuando alguien dice su nombre. Esa clase de huella no figura en ningún registro civil ni eclesiástico. Pero está ahí, intacta, en cada historia que se cuenta sobre el hombre que iba apurado y no necesitaba que nadie lo llevara.

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