La comunidad del humedal

Por César Luis Penna

Había una vez una tierra donde el hombre estaba muy muy lejos… Era una tierra fértil, con una ondulación y dos lagunas llenas de vida, era un humedal rodeado de una arboleda muy variada. La vida fluía tranquila, los grandes depredadores estaban aún en otros lugares y las flores eran polinizadas por una serie de insectos importantísimos para esta tarea, como abejas, alguaciles, abejorros, tipulidae (mosquitos gigantes) y cascarudos. La naturaleza tenía un equilibrio muy fino, cuando las ranas se multiplicaban en exceso, llegaban buscando temperaturas más agradables los “pajarones”. Ellos tenían las patas grandes y coloradas, un pico largo y a veces torcido hacia abajo y su plumaje era una nube impecable. Pero no eran los únicos, había unos negros y gordos como una gallina que de vez en cuando andaban dando vueltas buscando ranitas, viboritas, orugas o algo que los llene.
Cuando los insectos proliferaban demasiado las ranas y sapos se encargaban de controlar para que no se comieran todas las plantas. Pero un día el equilibrio se alteró, un grupo de aves verdes y pequeñas llegó al humedal. Después de ver bien la zona se dieron cuenta de que era un gran lugar para vivir y buscaron el árbol más alto para hacer su nido. Pasaron los días y recorrieron la zona buscando ramitas secas y todo lo que les sirviera. En una semana ya tenían su complejo de nidos, porque ellos como los humanos vivían en comunidad.
Parecía que la paz se rompía, porque ellos no cantaban como las demás aves, sino que tenían su propio dialecto, eran muy tercas y solían enredarse en discusiones sin sentido. Al mismo tiempo contaban con grandes habilidades para imitar sonidos de otros animales y hasta reproducían las palabras de los humanos. Como eran de comer frutas los árboles comenzaron a multiplicarse y otros pájaros llegaron al paraíso verde.
Los primeros fueron una pareja de palomas que movían su cabeza de una manera extraña, y su canto era tan raro que las orugas se asustaban. No hacía mucho que se habían alejado del nido de sus padres y se habían conocido cerca de un lugar habitado por humanos. Viendo el comportamiento dañino de los pichones de hombres se fueron de ahí buscando tranquilidad y formar una familia. Pero no tenían ninguna idea de cómo hacer un nido, ellos se guiaban por su instinto. Entre los dos buscaron unos cuantos lugares y no podían hacer el enredo de ramitas como sus vecinos, ellos habían nacido sin el gen constructor. Uno marroncito vio cómo intentaban y no podían y se acercó para darles algunos consejos.
–¡Gurises lo tienen que hacer con un poquito de barro así no se les desarma! Así me lo enseñó mi tata, un día les enseñaré.
–Gracias señor, vamos a probar. ¿Dónde lo encontramos por las dudas?
–Ahí en el ombú, en mi rancho.
El vecino se fue volando y los nuevos lo vieron irse hacia una casa de barro. No lo podían creer, habían conocido al potentado del barrio. Los dos intentaron agarrar barro con los picos y con las garras, como lo hacía su vecino, pero no podían.
–¿Y si le preguntamos a los vecinos del rascacielos? Ellos lo hicieron con ramitas –le dijo ella a él.
–¿Eh? ¿Dónde? ah… –respondió él dándose cuenta de lo que habían construido aquellos vecinos verdecitos.
Dieron unas vueltitas y le preguntaron cómo hacer un nido a uno que estaba de centinela en una rama cercana al gran nido, pero él no le podía explicar solo vigilaba. Pegó un silbido y un pajarito con unos pirinchos azules y una cola larga se asomó entre las ramitas y los invitó a pasar. Los ojos de las palomitas se salían de sus plumajes, no podían creer cómo habían hecho tan elaborado nido, el cola larga les explicaba que era resistente a los vientos fuertes y a las lluvias, y si era necesario lo podían agrandar. No le explicó cómo construir uno, sino que los invitó a quedarse hasta que nacieran sus pichones, mientras palomito aprendía a construir un buen nido.
Mientras se iban criando las palomitas el humedal seguía su ciclo, un día la mamá paloma se dio cuenta de que en un descampado lleno de yuyos filosos como espadas había un semicírculo de caléndulas amarillas como el sol. El loro centinela desde su rama le contó que él las había plantado por que le gustaban el aroma que ellas emanaban y su color. En invierno unas flores azules ocupaban su lugar para recordarles de qué color era el cielo.
Vivieron felices por generaciones hasta que un día llegaron los hombres y se adueñaron de lo que no tenía dueño. En nombre del progreso una motoniveladora arruinó a las lagunas y el prado donde los cuises correteaban a veces escapando de los zorritos.

Donde el hombre ve sólo un terreno y malezas, los animales, los insectos, y las plantas lo llaman casa.

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