Arbolada es el título del libro de Lorena Luna, docente y poeta de Concordia. Una invitación a mirar la existencia a través de nuestras propias heridas y renacimientos
Lorena Luna presentó Arbolada, su primer poemario. Fue el 14 de marzo, en la Fundación Magma de Concordia. “Pude ver que las personas también nos parecemos a los árboles, cada una con su historia, sus raíces, sus tiempos, sus caídas, sus formas de volver a brotar. Este libro nace de ese modo de mirar la existencia”, dijo a El Telégrafo de Entre Ríos. La obra lleva el sello de Ana Editorial.
Lorena Luna nació en San José de Feliciano, pero reside en Concordia. Es docente de escuela primaria. Escribe desde niña y aquellos primeros textos quedaron guardados en un baúl hasta que un viejo amigo de la escuela la incentivó a mostrarlos. Comenzó a publicar en diferentes medios y entonces varias de sus poesías fueron seleccionadas para integrar distintas antologías y revistas digitales.
“Arbolada es muy significativo para mí en cuanto a que en los árboles que acompañaron a mi infancia pude reconocer nuestras propias vidas. Arbolada es la vida misma donde se manifiesta lo que somos, raíces, crecimiento, heridas y la capacidad de volver a empezar”, contó la autora.
En el año 2021 participó en el V Concurso Literario Provincial Juan L. Ortiz, y obtuvo una mención especial con su poesía llamada “desde ahí”.
El año pasado participó en el 1° Certamen Literario Internacional “Letras del arrozal” donde logró el 1° premio en la categoría poesía con su obra “palabras pájaros”.

El viejo baúl aún existe, dijo, pero ya no con sus poemas.
“He encontrado especialmente en la poesía un medio para discernir y nombrar lo que a veces no tiene una forma definida. También la siento como un lugar donde lo imperceptible es capaz de convertirse en palabra”, contó y agregó: “Siento que en las páginas de arbolada, alguien puede reconocerse, sentirse acompañado o simplemente detenerse y mirar de cerca lo que muchas veces pasamos por alto”.
Crecen así los cuerpos que aman
El libro fue prologado por Hugo Luna y aquí lo compartimos.
Lorena Luna cuenta que su infancia fue en una casa con patio amplio, y que crecían allí árboles ofrendando sus hojas y frutos. Cada mañana, Lorena y su madre barrían el patio volviendo a dibujar en la fragmentación, ese pequeño bosque.
No se detiene allí, en esa escena doméstica. Lorena creció como los árboles y nos da su amorosidad y sabiduría porque puede leer en el despliegue de la vegetación la metáfora de la existencia.
Por eso nos dice ya desde el primer texto de su libro: ser raíz antes de discernir el suelo, dar vida como el clavel del aire y florecer en poesía.

La poeta es arbolada, si se me permite el juego, es volada sobre las copas de esos árboles que conforman su abecedario y desde el que despliega un lenguaje luminoso, una celebración de vida: la savia, en este caso la llama, sube/ y sube/ con la lentitud impostergable/ de quien no sabe si llegará/ pero aun así/ crece.
La poeta puede llegar más lejos, como el humus que sedimenta la raíz. En semilla de niebla nos dice: quedarse ahí/ en el borde del brote/ y cuando brote/ no será árbol/ ni follajes/ ni flores/ tan sólo será/ lo que crezca/ lo que aún no sabe cómo ser/ un sembrar de todos modos.
El último verso de este poema es un verso ético, o mejor, una manera de estar en el mundo a pesar de lo adverso o incierto. Sembrar en la niebla y ver allí un haz húmedo, una tierra que duda de sí, a pesar de sus millones de años.
Arbolada está tramado como una floresta. Cada hoja, cada brazo del árbol nos abraza y nos contiene y nos enseña de qué va ser lenguaje, ser especie.
Lorena se mueve allí como una mujer, una mujer-árbol y esa cuestión de género está impresa en la delicadeza con que señala un tronco añejo, porque puede entibiar un sol de agua y porque puede llegar a la palabra evanescente y decirnos: ser firme en el quiebre/ cerrar las grietas con silencio/ más allá de lo que nadie pregunta/ más allá del temblor que no se ve/ porque en cierta manera/ resistir/ es una forma de romperse/ sin ruido.
En tiempos de inusual violencia. En tiempos de saqueo globalizado, este poemario nos invita a sentir con las raíces. Nuestras raíces de árbol, pero también nuestras raíces culturales, de pobladores de un mundo finito.
La línea que traza nuestra poeta es en el poema lo que la estoma en la planta. La hoja que cae (…) ya ha vivido enteramente lo que vino a ser.
Plantemos un árbol como el de Lorena, me refiero a que descubramos nuestras voces entre las ramas de este bosque plenamente sentido.
Podremos entonces hacerlo nuestro sin hurto alguno, sólo volviendo a pasar por el corazón:
tierra de raíces (…) recordar quién fue uno/ antes/ de que el mundo nos rompiera.

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