La institución educativa fue fundada en 1931 por iniciativa de los propios vecinos que hoy resguardan su construcción como símbolo de identidad. La directora, familias y vecinos aportan su granito de arena
Por María Constanza Fernández Larraburu
En el distrito Cuchilla Redonda –Departamento Gualeguaychú– hay una Escuelita de Lata. Por lo menos así fue conocida desde su inauguración, en el año 1931. Está distante unos seis kilómetros de la estación ferroviaria de Enrique Carbó, el poblado más cercano, y se accede por un camino de tierra bien conservado, a pesar de que se corta por el agua cuando las lluvias arrecian.
Su historia
Nació por pedido de los vecinos, que hicieron saber al gobierno sobre la necesidad de una escuela en el lugar por la gran cantidad de niños. La respuesta oficial fue que debían construirla los lugareños con fondos propios y en un terreno que también debían ceder. Aquellos padres no lo dudaron y con donaciones lograron erigir la escuela, que continuó albergando a los estudiantes hasta 1986, cuando se inauguró el edificio nuevo, que se conserva en excelentes condiciones, como su predecesor.
La reseña histórica que existe en el lugar dice que “surge de una iniciativa comunitaria iniciada en 1927, cuando un grupo de vecinos constituyó una comisión ante la emergencia educativa del paraje: 58 niños carecían de instrucción escolar. El Consejo General de Educación solicitó a la comunidad la localización de un terreno y la construcción de un edificio; los pobladores organizaron colectas y gestiones para reunir los recursos necesarios. La señora Angélica Fiorotto y Pedro Costa donaron el terreno destinado a la obra”.
Más adelante, consta que “el edificio original, construido con material de chapa, quedó terminado, pero demoró su habilitación la falta de escrituración a nombre del Consejo; mientras se resolvían los trámites, la enseñanza comenzó de modo provisional en un galpón ofrecido por un vecino. Finalmente, en 1931 se inauguró”.

La Escuelita de Lata cuenta con un aula con piso de cemento y paredes de chapa, al igual que el techo, al que le fue anexado un cielorraso de machimbre, que también fue usado para dividir la construcción en dos. Las ventanas y puertas son de madera y permiten la entrada de buena luz. Tiene una galería en lo que fuera el frente, que mira ahora al mástil y a la escuela nueva. “Esa división, que para los 100 años la sacaríamos, la hicieron cuando funcionó acá el comedor, porque la docente que estaba ocupaba la vivienda y no había lugar para que los chicos comieran”, recuerda Valeria Milesi, actual directora Personal Único de la Escuela N° 43 José María Ramos Mejía. “A raíz de la creación del Departamento Islas del Ibicuy, cambió su número”, y abandonó el original 54.
El presente
Hace algunos años, en el aniversario número 75 de su creación, fue limpiada y puesta en valor para los festejos. Desde entonces se mantiene como una especie de museo, con el pizarrón, los bancos, un mueble que exhibe objetos antiguos y hasta la ruleta que se usaba en las kermeses. Todo es un viaje en el tiempo, porque también se guardan recortes de diarios y los libros de actas. “Hubo una gran fiesta y quedó así, pero cuando llegué yo estaba todo lleno de libros viejos y todo sucio”, relata Valeria.
Actualmente, el establecimiento cuenta con 14 alumnos, que van desde jardín de infantes hasta sexto grado. Todos están a cargo de la docente, que se ocupa de mantener limpia la escuela, preparar el desayuno, comprar lo necesario para el funcionamiento, organizar las actividades y dictar clases en el multigrado, que incluye el nivel inicial.

Ella llegó a la escuela en 2023, tiempo después de su reapertura, ya que permaneció cerrada algunos años por falta de matrícula. Ahora se nutre de chicos de Enrique Carbó. “Vienen acá por una elección de vida, porque la escuela rural tiene una educación personalizada. Es un sacrificio venir hasta acá, porque cuando llueve el camino se corta”, afirma la docente, que muestra orgullosa los cuadernos de sus alumnos, con una caligrafía impactante y un nivel de conocimientos muy elevado.

“Ellos viven en un pueblo, pero acá es diferente. Es como una segunda casa, somos una familia y si salimos vamos todos. Trato de sacarlos, si hay feria de ciencias hacemos un buen trabajo para que puedan salir. Las escuelas rurales estamos conectadas, tengo dos escuelas cercanas y hacemos todo juntas, los actos y los proyectos, para que estén activos nuestros chicos. Incluso uno pasó a la tercera ronda de la Olimpíada de Matemáticas”, dice feliz, porque sabe de primera mano lo que es ser alumno rural, ya que ella fue a una escuela de campo que la marcó para siempre.
“Lo que yo veo acá —expresa— es que lo que saben se los enseñó uno, en una escuela grande pasás por un grado y después no sabés más de ese alumno. Acá es lo que vos les enseñás, lo que proponés para ellos. A mí me gusta que vengan desde chiquititos para ver todo el proceso, desde que aprenden a escribir hasta que se van, me llena de satisfacción ver el proceso, desde que todavía no pueden agarrar el lápiz hasta que terminan”.
La docente reconoce además la labor de los padres, que siempre acompañan en el cuidado de los edificios. “Es muy importante el lazo que uno forma con las familias, porque sin ellas tampoco podríamos hacer todo. Vienen a cortar el pasto, me ayudan al final de la jornada para terminar de ordenar y limpiar, juntan plata con la cooperadora”.

—Los padres eligen la escuela y eligen involucrarse…
—Sí. Todos los chicos son de Carbó, excepto mi hijo que viene conmigo y vivimos cerca, y sin embargo las familias están presentes. Todo lo que tengamos que hacer, no tienen problema, se vienen las madres, sobre todo, porque la mayoría de los padres trabaja.
El centenario
En 2031 la Escuelita de Lata cumplirá 100 años. Para entonces la comunidad educativa planea conservarla como estaba originalmente, sin el cielorraso y la división de machimbre. Después vendrán las celebraciones, los recuerdos y el paso de muchísimos docentes y alumnos que hasta hoy guardan las vivencias, porque hasta la semana pasada estuvo uno de ellos de paso por la escuela. “Vino de visita, pidió entrar y la recorrió”, cuenta Valeria sobre la llegada de Antonio Arellano, que sin querer fue el punto de partida de esta crónica que nos lleva al interior de la Cuchilla entrerriana, donde una institución nació por 58 niños con deseos de estudiar.
Y que también fue realidad gracias al aporte de los vecinos, que, desde aquel 1927 que surgió la inquietud, siguen formando parte de la comunidad educativa de forma incansable. Porque nunca se trató de donaciones, recaudaciones, rifas o venta de pasteles, sino que lo que se encuentra en estos parajes es algo mucho más valioso: el sentido de pertenencia y de comunidad. Pertenecer a una comunidad es mucho más que figurar en listados, es habitar los espacios cada día, cuidarlos y protegerlos. La Escuela 54 José María Ramos Mejía es ejemplo de ello.
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