Puntada a puntada: el oficio de costurera como una salvación

La vida de Celia Reichel está llena de historias. Algunas dolorosas, otras de sacrificio, pero siempre cargadas de vitalidad. Tiempos felices y difíciles con la máquina de coser como herramienta de trabajo

Por María Constanza Fernández Larraburu

Hoy, con 85 años, sostiene que está en su mejor momento, mientras da vuelta el cuello de una camisa que le llevó una clienta. “Hace tiempo que no se veía este tipo de arreglos, pero ahora traen mucho para remendar”, revela Celia Reichel, que asegura que en el presente es más barato confeccionar que comprar hecho.

Sin embargo, su historia está llena de muchas otras, como una de esas mantas hechas de cuadritos de diferentes telas. La primera pieza apareció en la zona rural de General Galarza, donde creció junto a sus padres, agricultor él y ama de casa ella, y sus seis hermanos. “Después de tres varones llegué yo. Quedamos cinco ahora, dos viven en Buenos Aires y el mayor tiene más de 90”, relata, al tiempo que recuerda los años de escuela en el pueblo, ya que su asma le impidió asistir a la de campo. “Nos levantábamos a la madrugada, le poníamos el caballo al sulky y nos íbamos con mi papá, teníamos hasta la escuela tres cuartos de hora”.

Ya desde entonces la costura estaba presente en su vida. “Antes se acostumbraba aprender desde chica, porque en cada casa había una máquina a pedal y con mi hermana nos hacíamos la ropa para salir”, cuenta quien en aquel momento no imaginaba que ese sería su medio de vida para siempre. “A los 16 me fui a vivir a Buenos Aires, pero nada que ver con la costura en ese momento. El que no tenía estudio tenía que hacer lo que venga y fui a parar a la casa de unos alemanes. Él era el director de Siemens Argentina y habían venido recién de Alemania. Me vinieron a buscar a lo de mi tía porque yo sabía hablar alemán”.

Con 85 años, pasa gran parte del día frente a la máquina

—¿Había aprendido en su casa?

—Sí, en casa se hablaba todo en alemán, aunque mi papá y mi mamá eran argentinos, pero mi mamá también descendía de alemanes, era de apellido Kloss. Todos los alemanes del Volga enseñaban el idioma a sus hijos y cuando empecé la escuela no sabía hablar castellano. Mis hermanos mayores también aprendieron en la escuela, porque en casa era todo en alemán.

—¿Cómo resultó ese primer trabajo?

—Estuve allí dos años, después me vine y me quedé un tiempo. Mi hermana se casó y se fue, así que yo también volví a irme. Trabajamos juntas allá en Buenos Aires, ahí aprendí a coser con máquinas industriales y entramos a trabajar en la fábrica Vesubio, en Villa Martelli, que tenía la etiqueta que decía: “La obsesión de lo mejor”. Era todo muy estricto, había que tener prolijidad más que nada y aprendí mucho ahí. 

“En la época del Proceso (Cívico Militar), la fábrica suspendió gente, mandaba tela a coser afuera y traía la ropa hecha, entonces se fue achicando, achicando… Antes de eso se exportaba ropa”, recuerda Celia, que al ser despedida fue a trabajar a otra fábrica textil y posteriormente a Tres Ases, donde se confeccionaban camisetas. “En medio de todo esto, me casé, ya grande, con 34 años. Sabía lo que hacía”, dice Celia entre risas, mientras asoma la tristeza. “Ahí en el medio pasaron muchas cosas. Mi marido, que era de Buenos Aires, fue desaparecido en 1977. Mis dos hijas eran muy bebés cuando pasó eso y me tocó salir a trabajar de nuevo, siempre en costura. Después nos fuimos a Cosquín, donde mi papá había comprado una casa, porque no podía quedarme en Buenos Aires, era muy complicado con todo lo que había pasado. Ahí estuvimos unos años hasta que nos vinimos a Gualeguay, cerca del pueblo de mis padres.

—¿Qué pudo saber de su esposo?

—Nada. Él trabajaba en la Fiat, era delegado. De ahí desaparecieron muchos y hasta el día de hoy no se sabe nada. ¿Qué pasó? ¿Por qué? Nada.

—¿Todavía hay esperanzas de saber? 

—Sí, mi cuñado ha dado todo por si encuentran huesos, pero él ya sabía lo que estaba pasando, porque en un principio publicaban en el diario los muchachos, la gente, que tiraban al río y aparecía en las costas del Uruguay. Después cuidaron más ese detalle. Pensamos que ha sido uno de ellos, porque nunca, nunca nada.

—Cuánto dolor provoca esa incertidumbre…

—Sí, la incertidumbre, eso de no saber. Y, claro, vos ibas a buscar, yo iba a todos lados a ver, donde me mandaban iba a preguntar, a denunciar, porque cuando lo llevaron me robaron todo lo de valor que tenía. Me habían robado el sueldo de él, porque entraba a trabajar en Fabricaciones Militares, así que había renunciado a Fiat porque estaba muy controlada en esa época. El que no lo ha vivido, no sabe, no sabe nada de esto. Muchos ni lo creen.

—¿Nunca rehízo su vida?

—No, nunca, nunca. Me dediqué a mis hijas. Al principio me fue muy mal y pensé que no iba a sobrevivir a eso, porque me decían que nunca más va a aparecer esa gente, que la desaparecieron para siempre. 

—¿La costura, de alguna manera, la salvó? 

—Me salvó, en lo económico y en todo. Compré en ese momento, porque vendí la casa en Córdoba, un departamento en el barrio Tres de Caballería, acá en Gualeguay, y ahí tuve muchas clientas, que suelen venir acá.

—¿Está jubilada? 

—Sí, me jubilaron por mi marido, que tuve la pensión, y después nos indemnizaron, por eso tenemos esta casa. Eso nos ayudó mucho porque pude comprar las máquinas grandes. Tenía una Overlook industrial que había comprado en Buenos Aires, pero me pude comprar una nueva.

—¿Y con eso ha podido vivir?

—Sí, ahora, sobre todo, porque la jubilación no te alcanza. Mi hija me paga el gas y la luz, me ayuda. Somos nosotras tres y tengo dos nietas que están estudiando en Buenos Aires. 

Enseguida, Celia expresa: “Puedo decir que ahora estoy mejor que nunca, tanto de salud como en el resto. Me parece que no tengo tanta edad”.

—¿Se cuida?

—Mucho, especialmente en las comidas. Creo que ese es el secreto, la comida es todo. Cuanto más simple, mejor.

—¿Y estar sentada tantas horas en la máquina le trajo alguna complicación? 

—No, nunca. Muchas veces me preguntan: ¿No te duele la cintura? ¿No te duele la espalda? No.

En las largas horas de costura, la radio —especialmente Colonia— es la compañía de Celia, que encuentra en la soledad la tranquilidad necesaria para su labor textil. Las horas libres la encuentran con los diarios que su hija menor busca en los kioscos para compartir con ella el placer por la lectura. 

—¿Ha podido transmitir sus conocimientos de costura?

—A mi hija mayor y a mis nietas sí, les encanta coser y cuando vienen tengo que hacerles algo, pero me ayudan. Alumnas nunca tuve, me hubiera gustado, pero nunca tuve el lugar porque trabajaba o estaba pendiente de enseñar. En un tiempo tenía mucho trabajo y me decían que tomara una persona, pero no podía estar enseñando y trabajando. Eso era lo bueno en las fábricas antes, cuando yo empecé a trabajar. Te enseñaban y te pagaban a la vez. Te tomaban tres meses de prueba, te pagaban el sueldo y te enseñaban. Todas éramos provincianas allá cuando empecé a trabajar.

—El oficio no se termina…

—No, creo que ahora está un poquito más, hubo un tiempo que fue como que lo habían dejado. Muchas personas compran más grande por Mercado Libre porque no se pueden probar, pero no les importa porque vienen a que yo les achique.

—¿Qué es lo que más le gusta hacer de costura? 

—He hecho de todo, hasta manta para caballo, con lo que envuelven a los caballos de polo. También vestidos de fiesta, de recepción, de novia. Ahora hago más arreglos que otra cosa.

—¿La gente busca hacer arreglos?

—Sí, yo pienso que tiene que ver con la crisis, con lo caro que está todo. Ahora estuve dando vuelta cuellos de camisas, que hace un tiempo no se veía, porque se confeccionaban prendas enteras, pero ahora están los remiendos en los pantalones, en los jeans, agrandar, achicar. Toda clase de prendas me traen para remendar, sobre todo para hombres. También muchos cierres para cambiar.

—¿Las telas e hilos están caros?

—No. Es mucho más barato comprar la tela y hacerlo, porque las prendas están caras. Además, la confección es muy mala ahora, porque van a lo rápido, a la producción.

—Así que hoy por hoy conviene hacer…

—Yo creo que sí. Tendría que haber algo local también, cuando yo vine de Buenos Aires había una fábrica de camisas, pedí trabajo y llevaba a casa cortado y hacía camisas y pantalones por cantidad. Después quebró, es una lástima que no haya una empresa con gente que entre a trabajar con máquina. Creo que no encontraban empleados, porque el sistema cambió. 

—¿Su ropa se la hace usted?

—Sí. En un tiempo hacía toda la ropa para toda la familia, ahora mis hijas y nietas se compran, yo me hago una camisa o un pantalón, pero más es lo que hago para la gente.

—¿Cómo es su sistema de cobranza?

—(Risas) Todos me dicen que cobro muy barato, pero yo veo el tiempo que me lleva, más o menos lo que se gana por hora, y lo que gasto, calculo lo que compro, hilos, todo eso. Si pego un cierre, veo el tiempo que me lleva y lo que me sale el cierre, depende si es complicado.

Al despedirnos, en un cálido mediodía de primavera, Celia reconoce que esta estación “es la que más me gusta”, casi tanto como la costura, que define como aquello que la salvó, que la mantiene activa y que se convierte en el escape diario ante tanta realidad que asusta.

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