Por Martín Acevedo
Hay quienes (tal vez formen parte de una mayoría) afirman tácita o explícitamente que el pensamiento crítico consiste en poner en duda cualquier afirmación. Aunque parezca una verdad obvia, ¿cómo se puede pensar sin categorías de análisis?
En la actualidad, distintos sujetos declaran en público, por ejemplo, que la Tierra es plana, que el resto de los humanos vivimos en un engaño, que ellos, iluminados, conocen una verdad que se nos niega y que, mediante razonamientos que sólo se anclan en el precario sentido común y en rudimentarios experimentos fácilmente rebatibles, lograron revelarla. Por supuesto, esta cofradía de visionarios pasa por alto los aportes de Eratóstenes de Cirene (director de la Biblioteca de Alejandría), quien en el siglo III a. C. calculó las dimensiones de este esferoide que nos lleva por el Universo.
Este caso puede parecer pintoresco. En principio, no acarrea consecuencias sobre nuestras vidas. Pero, si lo llevamos al plano de la sanidad o al de otras esferas de lo social, los efectos son devastadores.
Durante la pandemia de COVID-19, proliferaron los grupos antivacunas. Basados en supuestos estudios casuísticos, señalaban efectos adversos o, incluso, que las vacunas formaban parte de una gran conspiración para exterminar o esclavizar a la humanidad. No son sólo afirmaciones extravagantes, entrañan un gran peligro para la salud pública. La vacunación tiene por principio la prevención colectiva, no sólo individual. Como en el punto anterior, esto sólo es un ejemplo. También se cuestionó el uso de barbijo o las restricciones de circulación, entre tantos aspectos.
En las campañas políticas actuales surgen debates sobre la migración. Sociedades que no experimentan la llegada de desplazados discuten, de todas formas, si sus males económicos y sus problemas de seguridad se deben a la presencia de hipotéticos extranjeros. Considerar la relocalización de las industrias, los procesos tecnológicos y las consecuencias concretas de la concentración del capital requiere un análisis que trasciende el señalamiento de un chivo expiatorio. Es más fácil concluir que si falta empleo es porque lo ocupa un foráneo, que si colapsa la sanidad pública se debe a la presencia de personas de otras nacionalidades o que lo mismo ocurre si las instituciones educativas no pueden satisfacer las demandas contemporáneas. En la lógica de quien no está habituado al razonamiento abstracto y general, sólo existe la culpa concreta y señalable sobre otro individuo y, si es un poco diferente, mejor. En la realidad argentina, por supuesto, los grupos estigmatizados abarcan a todos aquellos que no encarnan los estereotipos hegemónicos.
Todo esto se instala de forma deliberada. Lejos está de tratarse de un fenómeno natural. Son discursos simples pensados para quienes carecen de las herramientas intelectuales necesarias para complejizar la realidad. Ofrecen una certeza que enraíza en viejos prejuicios y tranquiliza. Pensar con criticidad suele inquietar y dejar la sensación de que la comprensión arribada es inconclusa. Todos no podemos entenderlo todo, ser expertos en cada una de las disciplinas existentes. Que alguien crea comprender complejos procesos económicos porque se los presentan como análogos a situaciones cotidianas sólo demuestra que estamos en presencia de una manipulación. Ni la economía de las naciones puede ser comparada con las finanzas de un hogar, ni la salud es análoga a la limpieza de la casa. Sabernos ignorantes, aunque parezca paradójico, es el principio del pensamiento crítico. Ya dijo Borges, “la duda es uno de los nombres de la inteligencia”.
Para analizar nuestro presente es preciso conocer a fondo la historia que nos trajo hasta hoy y, para ello, el único camino es estudiar, dedicar horas a la instrucción. Lo mismo ocurre en todos los campos. Alguien que ni siquiera pisó la Facultad de Medicina carece de cualquier autoridad para esgrimir alguna sentencia sobre el cuidado de la salud. Claro que todos podemos participar en conversaciones sobre temas que no dominamos, lo que no podemos pretender es que nuestras afirmaciones, con escaso sustento, tengan el mismo valor que las de un experto. Pensemos un momento, a diario usamos artefactos diseñados por ingenieros, tal vez podamos opinar sobre su funcionamiento, pero nunca podremos fabricar el aparato en cuestión, simplemente porque no sabemos cómo. Desde luego, el conocimiento no emana de la autoridad, pero esta se construye a partir de pruebas y argumentos.
En la vorágine del presente, quizá la alternativa consista en el silencio y el retorno a las fuentes de conocimiento. Como lo sugirió Alejandro Dolina, para pensar hay que saber.
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