Hay escuelas y encuentros que marcan la vida de un educador. Los pizarrones gastados, los concursos interminables y los estudiantes que descubren miles de mundos; la docencia, el oficio de un heavy metal
Por César Luis Penna
¿Cuándo uno se pone a pensar en lo que ha hecho de bueno? Al final de todo, al surgir alguna enfermedad incurable o al trenzarse en charla con alguien como me sucedió en las escalinatas de Ciencias de la Educación. Fue con un compañero que se preguntaba ¿por qué dábamos clases en lugar de trabajar en los medios? En esa facultad de la Universidad Nacional de Entre Ríos se estudia Comunicación Social.
Entonces ocurrió que en segundos se encendieron los recuerdos positivos para usar en mi argumento, con un pie en la calle y otro en el primer escalón de la entrada.
La Primera
La primera escuela en la que ejercí fue en el Colegio Nacional N° 1 Domingo Faustino Sarmiento. Recién ahí entendí la complejidad de llegar a ser docente: desde la credencial que puede tardar entre un año y cuatro, la cantidad de concursos a los que hay que presentarse yendo a pie, en colectivo o en bici (al menos para los recién iniciados), los materiales de trabajo, las fotocopias porque hay pocos libros en las escuelas, y hasta el buen vestir que los primeros meses era la misma ropa que usaba en la facultad; muchas instituciones imponen una remera especial o uniforme. Todo por unas horitas que a veces solo duraban 15 días y te pagaban con una diferencia de uno a dos meses para luego volver a la búsqueda. El tejido de horas-colectivos-escuelas-distancias es digno de ser premiado, pero el único reconocimiento que hay se llama descuento.
El tema era que estaba a unas dos cuadritas de mi facultad por si tenía que volver para dar una clase o cursar algo. Pasé por un segundo año numeroso, fui auxiliar de tres docentes en todos los segundos, y tuve en cuarto, quinto y sexto. En estos últimos solo asistí pocos meses, trabajé por casi 5 años en esa gran escuela.
En cuarto estuve casi un año… Un día arrancamos con la vuelta de lectura, cada uno leía un párrafo y seguíamos la ronda hasta que todos leyeran. Si había algún inconveniente parábamos, tratábamos de arreglar el problema y seguíamos. Un día llegó la ronda hasta un chico que venía de otra escuela. Él era de Bajada Grande, no quiso leer y me dijo que no sabía, le pregunté qué habían leído en años anteriores y respondió que nada. El gurí no sabía leer en voz alta, le propuse que leyera una oración nada más. Sus compañeros se reían pero les paré el carro a todos, y seguimos la lectura. Semana a semana él se esforzaba y un día leyó una página entera sin tropiezos… todos aplaudimos.
La segunda
Año tras año fui adquiriendo más recursos para dar cada vez mejor las clases. Los vientos de los concursos me fueron llevando a trabajar en la Comercio Uno. Me quedaba re cómodo para ir y venir desde casa, además el colectivo paraba justo en frente. Tenía todas las ventajas además de una gran bibliotecaal igual que la escuela anterior. Siempre comenzaba como el profesor hippie buena onda, y en los últimos meses del año esa onda se esfumaba como nuestro sueldo. El curso era un segundo año numeroso y sucedió que en una clase una alumna comenzó a gritar porque sí haciéndose la graciosa y poniendo a prueba al profesor heavy mertal. Me paré en frente y le dije todo lo que debía decirle. No gritó más. Por ese entonces no escribía comunicados, pero lo ameritaba. Estando ella en tercero le había contado a una profesora que yo la odiaba… (me reí mucho en ese momento porque solo fue una corrección nada más y así se lo comunicó la docente) y otros compañeros de ella dijeron que habían aprendido a leer conmigo y la profesora estaba asombrada por lo bien que lo hacían. Un mimo que me llevé y me sirvió mucho en la pandemia cuando solo corregía las actividades de más de cien alumnos, eran unas imágenes mal sacadas con un teléfono en un monitor de tubo. Un tiempo antes los estudiantes me festejaron las cien clases y me hicieron un cartel que aún conservo con gran alegría, decía: “Feliz 100 clases. Viva @Césarluispenna ¡Viva El heavy Metal!” era un montón pero me lo llevé feliz. Unos años después me encontré con un par de esas alumnas (que habían hecho el cartel) en la Feria del Libro “Paraná Lee” comprando las Crónicas de un heavy metal en el stand de Ana Editorial, la emoción aún me dura…
El año que salió mi libro, lo presenté en la escuela leyendo un cuento en una Maratón de Lectura, y explicándoles lo que era el heavy metal y citando letras de Horcas ante un poco más de 200 chicos.

La tercera
La vuelta a las clases presenciales me encontró en otra escuela en San Benito. Un curso numeroso pero tenía tizas, borradores y pizarrones como la gente; en la institución anterior los pizarrones estaban destrozados, escribíamos esquivando agujeros y roturas. En la nueva escuela era todo distinto. Para la segunda clase tenía un módulo en medio, por lo que llevé el mate y me fui a la puerta a tomar unos. Cuando me di cuenta que había un tambo en frente, entendí porque estaba allí.
Los chicos habían tenido casi un año entero no presencial, por lo que tuve que explicarles muchas más cosas de lo que debía. Estaban quienes no querían leer ni pasar al pizarrón; fueron cediendo todos, menos uno: el inquebrantable. Molestaba más de lo que trabajaba, y no leía nada, hasta que un día tomó el libro y leyó un párrafo entero y sus compañeros lo aplaudieron. “No sabe profe lo que significa! ¡Nunca leyó, nunca!”, me decían los chicos emocionados. Terminamos el año y les regalé una bolsa de Palitos de la Selva y me despedí de ese paraíso de tranquilidad.
Los clásicos de siempre
Para el próximo año fui a más de 100 concursos hasta que logré quedar en la Empleados de Comercio y la Base al mismo tiempo. Los chicos de esta última sí habían leído cuentos pero no un libro completo así que ese año leímos dos. Estábamos leyendo Los Cuentos de la Selva, y un día entro y veo que estaban leyendo algo en grupo…
–¿Qué hacen chicos? ¿Estudian?
–Estamos leyendo lo de los cocodrilos… ¡Es Épico profe!
La guerra de los cocodrilos era el cuento y lo habíamos empezado a leer, pero no lo terminamos y ellos estaban entusiasmados leyendo. Una reacción similar había causado unos años antes en la Comercio Uno Elige tu propia aventura. Los chicos se habían comprado un par de libros y los leían en los recreos. “¡Es un vicio esto Profe!”, me dijeron.
A la otra escuela llevé el mismo libro de Quiroga, cuando llegamos al cuento El loro pelado, uno de los chicos quiso leer “igualando” la voz del loro, no solo dije que lo siguiera haciendo, sino que les subí la apuesta a que hicieran lo mismo con los otros personajes. Así lo hicimos y las lecturas fueron fantásticas.
Pero siempre se tiene un curso problemático… yo tuve uno durante dos años en segundo y tercero. Cuando te dabas vuelta se tiraban con algo, se vivían riendo de quién sabe qué, no se callaban por nada, costaba tanto que hicieran las actividades que era agotador… pero un día comenzamos a leer La Dama del Alba. Solo había dos chicas que no leían, el resto eran todos varones. Comenzaron a leer y se re engancharon, no necesitaba que les dijera cómo leer ciertas escenas, ellos lo hacían solos. Podríamos afirmar con cierta certeza que la lectura amansa a las fieras.
Saludos
Todas las escuelas difieren el saludo al comenzar la clase. En algunas exigen que esperen al docente parado como en el ejército, en otras es más anárquico. Un día vino a mí una idea, fue un fin de semana cuando trabajaba en mi segunda escuela: saludarlos de maneras distintas y enseñarles los diferentes significados. El que adopté en forma crónica fue el saludo Vulcano, del Señor Spock de Star Trek. Todos los años les explico el significado y cuando ya no los tengo como alumnos y me ven me siguen saludando de la misma forma. Este año un alumno replicó: “¡Como Sheldon!”, se refería al personaje principal de la serie The Big Bang Theory. Claro que les enseñé siempre la diferencia del saludo heavy metal y el comercial, y del saludo de la paz y el del peronismo, cositas comunicacionales que nadie les explica.
La magia del leer
Es mágico ver las reacciones de los chicos cuando en la lectura se topan con un final inesperado, o ante un cuento clásico como los de Poe, de Quiroga, Stevenson o de Oscar Wilde, Stephen King, Cortazar entre tantos. Además es muy placentero si se quiere, ir corrigiendo y darse cuenta cómo van incorporando conceptos, estructuras, formas de expresarse, llegando a escribir cuentitos y relatos increíbles dignos de un premio. Más teniendo en cuenta que muchos chicos no tienen ayuda en sus hogares y la mayoría no cuentan con una computadora que les facilite la tarea.
Una vuelta estábamos bajo un árbol en la Base leyendo El gato negro de Poe porque era el mes del terror. Comenzamos la lectura y pasó un batallón por atrás con trompetas y todo, dos veces lo hicieron y claro, interrumpimos la lectura. Cuando terminamos de leer todos arrugaron la cara como si hubieran comido limón. “¡Profe, cómo vamos a leer esto!”, me decían, y les expliqué lo que no está escrito y el género al que pertenecía en detalle, cómo se leía, sus características y seguimos leyendo otros relatos del mismo autor.
Nuestros clásicos
Todos los años leemos sí o sí dos autores, Juan Luis Henares y Pablo Felizia. Leyendo La casa del ojo rojo de Luis, un estudiante muy particular que andaba para todos lados con unas piedras o con juguetitos se topó con un párrafo y abrió los ojos grandes no sabiendo si leer eso o no y siguió a los tropezones. Este año ya en Quinto año él con un compañero leyó una poesía a Belgrano excelentemente haciéndome sentir muy orgulloso, no sé por qué.
Las Crónicas Patrias no pueden faltar, como a los Cuentos de la Selva, las llevo a todos lados, este año casi leímos el libro completo con segundo y tercero. Cuentos que los chicos no olvidan. Dando clases en la Evita 77 un alumno me pidió el libro prestado, lo leyó completo y quedó fascinado. “¡Me encanta el libro profe, me lo quedo!”, me dijo y se llevó uno. El año pasado regalé uno igual junto a uno mío con unos parches diversos, adquiridos en Rock And Power, fue en una Maratón de lectura.
Sigue la charla
Todas las respuestas fueron surgiendo, aunque sin querer ser tajante ni poseer la verdad de todo. Entre los dos pensábamos en voz alta…
–Damos clases porque somos intelectuales –le decía con una seguridad sin haber pensado nunca en ello ni considerarme uno– y no de cualquier clase, somos de esos que les gusta ver evolucionar el pensamiento, ver como nuestros estudiantes evolucionan y van resolviendo problemas desde la escritura hasta la lectura.
–Pero, ¿cómo se relaciona nuestra carrera con lo que hacemos?
–Me parece a mí que vamos sacando un poco de cada materia y de los profes: de la profe Lothringer tomamos todo lo narrativo, Alfieri todo periodístico, de Lambruschini los principios básicos de la filosofía y el conocimiento como a qué clase pertenecemos, de audio tomamos la reescritura de los textos para ser escuchados y el buen lenguaje radiofónico, de Historia de los Medios tomamos todo sobre la historia de la comunicación, los principios legales de la libertad de expresión, y al análisis de nuestra Constitución lo vemos en Políticas de la Comunicación y Legislación. De todas las materias y casi todos los profesores tomamos algo, desde la llegada, el conocimiento, los ejemplos, la utilización de los recursos; el carisma no, porque eso se tiene o no se tiene. Además, los que damos clase en las escuelas somos los que fuimos ayudantes de cátedra alguna vez, yo lo hice gratis por seis años solo porque me gustaba la materia y dar clase.
El trabajo en los medios siempre nos fue complicado, para trabajar en radio debemos pagar, para trabajar en los medios escritos se debe tener conocidos y en algunos son terreno de la sobreexplotación del periodista, más con los medios digitales donde el periodista debe saber editar audios, videos y fotografías porque ellos son sus propios fotógrafos, y la tele no es para cualquiera hay que tener muy buena presencia y mucha práctica para hacerlo y en nuestra carrera eso no existe.
Todo esto nos lleva a ponerle pasión a la educación con el conocimiento que tenemos y que vamos adquiriendo, capacitándonos permanentemente, buscando llegar a esas mentes jóvenes con las ideas correctas y justas, porque ellos son el futuro y nosotros somos meras estrellas fugaces.
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