El encuentro de Melisa Falavigna con el canto: la melodía del alma

Un viaje personal, íntimo y lleno de emociones; la construcción del refugio de una mujer entrerriana. Una forma de expresar lo inefable; esta es la historia –y la compartimos– de un camino hecho con la música

Por Gastón Emanuel Andino

El día comenzó con una melodía suave que se coló por las ventanas de la casa de Melisa. Es un canto sencillo, casi imperceptible, como si la vida misma fuera un susurro musical. Pero para Melisa, esa música fue un refugio. Desde muy pequeña, el canto fue su manera de conectar con lo que sentía, con lo que no podía expresar con palabras. Hoy, a los 30 años, y después de cinco años tomando clases de canto, esta práctica siguió siendo su espacio íntimo, su lugar de encuentro consigo misma.
“Recuerdo que a los 5 años, con mis primas, hacíamos shows para la familia. Nos poníamos a bailar y a cantar canciones de Britney Spears, y con el paso de los años, mi vida estuvo marcada por los programas de Cris Morena, como Rincón de Luz o Chiquititas”, cuenta Melisa, con una sonrisa que refleja la nostalgia de una época feliz. Sin embargo, más allá de esos primeros encuentros con el mundo del espectáculo, hay algo en el canto que siempre estuvo allí, como un refugio silencioso que la acompañó en todo momento.
Melisa recordó cómo en su adolescencia, al igual que muchas otras personas, se sintió atraída por figuras como Demi Lovato, deseando poder acercarse a ese talento tan visible y grandioso. Pero lo que no imaginaba en ese entonces era que el verdadero valor del canto no estaba en emular a esas estrellas, sino en el proceso personal de despojarse de todo y dejar que las emociones fluyeran a través de su voz.
Un día típico, Melisa asistió a su clase semanal con Agostina Banega, su profesora de canto. Las clases fueron un espacio sagrado donde, además de trabajar lo técnico, empezó a formar su interpretación personal de las canciones. “No suelo practicar lo técnico en casa. El canto, para mí, fue y sigue siendo una forma lúdica, un momento de disfrute íntimo. Cantar en la ducha, por ejemplo, fue algo que siempre me ha conectado con lo más profundo de mí misma”, explicó.
El canto para Melisa fue, ante todo, una cuestión de sentir. Aunque las escalas y las técnicas vocales fueron importantes para avanzar en el aprendizaje, lo que realmente la movió fue la emoción que le despertó cada canción. La profesora Agostina trabajó con ella en la exploración de los graves y los agudos de su voz, esto la ayudó a descubrir las diferentes sonoridades y conectarlas con algo de lo corporal. “Los graves resonaron en su pecho, los agudos en su cabeza, y cuando llegó a esos tonos altos, sintió como una apertura, como si fuera capaz volverse inmensa”, relata con entusiasmo.
Este proceso de descubrimiento de su propia voz también implicó una conexión profunda con su cuerpo. Para Melisa, cantar fue más que una actividad técnica; fue una forma de estar en el presente, de dejar de lado las preocupaciones por el futuro y las frustraciones del pasado. A través del canto, ella logró encontrarse a sí misma en ese instante, se permitió emocionarse con una melodía, con una letra, con una historia que fue contando en ese preciso momento.
El camino hacia esa conexión profunda no fue fácil. Melisa confesó que, aunque el canto siempre estuvo presente en su vida, fue recién con las clases y un trabajo personal de introspección que descubrió el verdadero significado de la música. El canto le enseñó a no preocuparse por la perfección, a dejarse llevar por el disfrute. La técnica es importante, claro, pero no es lo único que importa. El canto fue una forma de expresar lo que siente, y cuando se permite ser sincera consigo misma, la música fluye con libertad, contó.


Melisa también tuvo una visión clara sobre el poder que ejerce el canto en la vida de las personas. “Cualquiera puede aprender a cantar. No es cuestión de talento, sino de querer expresarse, de permitirse sentir lo que la música te ofrece”, asegura, con una convicción que refleja su experiencia.
Al preguntarle sobre su relación con la poesía, Melisa no dudó: “La poesía, la música y el canto se conectan a través de la emoción. Todas ellas buscaron transmitir algo que va más allá de las palabras, algo que se siente en el cuerpo y en el alma. La letra tiene mucho que ver con la historia que pretende contar, pero también hubo momentos en los que se dejó llevar por la melodía y el sonido, sin preocuparse tanto por la precisión de las palabras”
El canto para Melisa fue un acto de valentía, una manera de mostrar quién es sin filtros. De hecho, ha participado en varias muestras, algunas de ellas con nervios y ansiedad, pero siempre con el deseo de conectarse con su público y compartir esa emoción a través de la música. Al principio se concentraba tanto en no desafinar, en no olvidarse las letras, pero con el tiempo entendió que lo importante es disfrutar. Las últimas dos muestras fueron muy diferentes. Se dejó llevar, y el disfrute fue mucho más grande que cualquier error técnico, contó con una sonrisa tranquila.
En su búsqueda por seguir aprendiendo, Melisa tenía planes de empezar a tocar la guitarra. Supo que la música es un camino infinito de descubrimiento, y aunque aún no puedo tocar ningún instrumento, sintió que la guitarra podría ser su próxima compañera en esta travesía. “El canto fue una extensión de lo que soy”, afirmó. “Si no canto lo que siente, puedo morir por dentro”, dijo, citando a la Negra Sosa con una profunda reverencia.
Para Melisa, el canto no fue solo una actividad artística, sino un acto profundamente personal, una forma de estar en el mundo. En un mundo que a menudo nos arrebata la posibilidad de estar en el presente, ella encontró en la música un refugio, un espacio donde lo técnico y lo emocional se fusionan en una experiencia única. Y mientras siga cantando, seguirá descubriéndose a sí misma, una nota a la vez.
Así, Melisa cantó no solo para el público ni para el profesor que la guiaba, sino para sí misma. Cantó y canta para ser libre, para conectar con lo profundo de su ser, para encontrar en su voz la paz que muchas veces se escapa en la rutina. Y en cada nota que suena en el aire, Melisa recuerda: el canto no es solo un arte, sino un camino hacia el alma.

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