El museo que resguarda memoria y relatos compartidos

En el antiguo edificio del Mercado Municipal de Diamante, el tiempo fue detenido con cuidado y se convirtió en un espacio donde la historia local dejó de ser un recuerdo disperso

Por Gastón Emanuel Andino

La esquina de Eva Perón y Pedro Serrano había sido, durante décadas, un punto de tránsito y comercio. Bajo ese mismo techo, levantado en 1921 para alojar al Mercado Municipal, el tiempo pareció reacomodarse cuando, a fines del siglo XX, el edificio comenzó a albergar algo distinto: la memoria organizada de Diamante y su región. El Museo Municipal Regional había nacido de una ordenanza en junio de 1994 y fue inaugurado finalmente el 3 de enero de 1995, cuando el verano entrerriano parecía detenerse unos minutos para asistir al acto de apertura.
Desde entonces, el museo fue pensado como algo más que un sitio de exhibición. Había sido concebido con un carácter regional, una decisión que lo alejaba de los límites estrictos de la ciudad para abrazar un territorio más amplio: su gente, sus tradiciones, su historia social y cultural, sus huellas materiales y simbólicas. No se trataba solo de guardar objetos, sino de narrar una identidad compartida.
Al comienzo, esa idea no resultó sencilla de materializar. Los vecinos de Diamante se mostraron resistentes a desprenderse de piezas que habían acompañado la vida íntima de sus familias. Fotografías, herramientas, documentos y objetos personales conservaban un peso afectivo difícil de soltar. El museo, aún en estado embrionario, debió entonces salir a buscar confianza. Se impulsó una amplia campaña de concientización que involucró a colectividades, artistas, músicos, artesanos, escritores, historiadores y a las autoridades del Parque Nacional Pre Delta. Las escuelas y los medios locales se convirtieron en aliados de una idea que necesitaba ser explicada: el patrimonio individual podía convertirse en memoria colectiva.
Ese proceso fue lento, casi artesanal. Cada objeto entregado fue registrado con rigor, respetando lo establecido en el Acta Nº 989/94. Cada donación, préstamo o comodato quedó asentado en actas numeradas, archivadas y firmadas por el funcionario responsable. El museo comenzaba así a construir no solo su acervo, sino también una ética de cuidado y transparencia.
Hubo, sin embargo, un gesto que marcó un antes y un después. Los padres del combatiente de Malvinas Cabo Mario Bozzetti, ya fallecido, decidieron donar al museo su uniforme, condecoraciones y pertenencias personales. La noticia recorrió la ciudad con una carga afectiva muy grande. Aquella entrega no fue solo un acto de generosidad: fue una invitación silenciosa a confiar. Los diamantinos comprendieron el valor de ese gesto y, a partir de entonces, comenzaron a llegar más objetos, más historias, más fragmentos de vida que encontraron en el museo un lugar donde permanecer.
El crecimiento del museo estuvo acompañado por el asesoramiento profesional de organismos provinciales y científicos. La Subsecretaría de Cultura de Entre Ríos, el Museo Histórico Provincial, el Museo de Ciencias Naturales de Entre Ríos y el CONICET local aportaron saberes técnicos que permitieron organizar, clasificar y conservar el patrimonio reunido. La museología y la investigación científica se integraron al trabajo cotidiano, dotando al espacio de una solidez que trascendía la buena voluntad inicial.


Con el paso de los años, el museo fue redefiniendo su rol. Ya no se pensó únicamente como un depósito de objetos antiguos, sino como una herramienta de comunicación y un espacio social. Allí, el pasado dialogó con el presente mediante recursos educativos y museográficos que buscaron interpelar a públicos diversos. El museo se entendió como un ámbito de construcción de ciudadanía, un agente de democratización de la cultura y un reflejo de la diversidad cultural del país.
Quienes lo visitaban podían recorrer sus tres salas principales. En la sala central, la historia de Diamante se desplegaba como un relato continuo, hecho de documentos, imágenes y objetos que daban cuenta del crecimiento de la ciudad y de su relación con el río, el trabajo y la vida comunitaria. En el entrepiso, las fotografías de los primeros intendentes observaban desde las paredes, recordando los rostros y decisiones que moldearon el devenir local, junto a obras de artistas plásticos que aportaban nuevas lecturas del pasado.
En el subsuelo, el museo ofrecía otro viaje. Allí se encontraban las salas de Ciencias Naturales: Paleontología, Acuática y Flora y Fauna. Restos fósiles, aves, mamíferos y peces de la región componían un mapa silencioso de la biodiversidad entrerriana, recordando que la historia humana convivía, desde siempre, con una naturaleza rica y cambiante. Ese espacio revelaba que la identidad de Diamante no solo se explicaba por sus hechos sociales, sino también por su entorno natural.
Con el tiempo, el museo incorporó un espacio singular: la Reserva Técnica. Inaugurada el 18 de mayo de 2019, fue pensada como el lugar donde se guardaban los objetos que no estaban en exhibición. Allí, lejos de las vitrinas, el patrimonio descansaba en estanterías ordenadas, clasificado y cuidado. Periódicamente, la reserva se abría al público bajo la premisa de “el museo que no se ve”. Los visitantes podían comprobar que aquello que habían donado o prestado seguía allí, preservado con el mismo respeto con el que había sido recibido.
Esa apertura reforzaba el vínculo entre la institución y la comunidad. El museo no ocultaba su trabajo: lo mostraba. Convertía la conservación en un acto pedagógico y la confianza en una práctica cotidiana. Durante los años, el Museo Municipal Regional de Diamante fue recibiendo una cantidad creciente de visitantes. Vecinos, estudiantes, turistas y curiosos se acercaron atraídos por la posibilidad de conocer el patrimonio histórico y natural de la ciudad. La entrada libre y gratuita, junto con un horario amplio de atención, de martes a domingos y feriados, por la mañana y por la tarde, consolidó al museo como un espacio accesible y cotidiano.
Dependiente de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Diamante, el museo se sostuvo como un lugar de educación, con especial atención a que su mensaje pudiera ser comprendido por niños y por el público en general. Cada recorrido fue pensado como una invitación a preguntar, a recordar y a comprender que la historia no era un relato ajeno, sino una construcción compartida.
Así, en aquella esquina donde alguna vez funcionó el mercado, el museo aprendió a guardar algo más que objetos. Guardó voces, gestos y decisiones. Guardó la memoria de una comunidad que, con el paso del tiempo, entendió que recordar también era una forma de proyectarse. El Museo Regional de Diamante quedó entonces como un testigo silencioso, un espacio donde el pasado no se cerró sobre sí mismo, sino que continuó dialogando con quienes se animaron a cruzar sus puertas.

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