El tren del tiempo

Entre estantes y libros, un joven heavy metal conoció a una chica con pecas que marcaría su historia. Años después, el destino los reunió en otra biblioteca; las páginas que los acercaron volvieron a escribirse

Por César Luis Penna

Mis primeros días de facultad lo hicimos en la Biblioteca Popular, por entonces los ingresantes éramos tantos que no entrábamos en las aulas, y el edificio gris de calle Buenos Aires no estaba terminado.
Cursando la secundaría solo había visto el lugar desde afuera mientras esperaba el colectivo y siempre anhelaba el día en el que pudiera entrar… cuando lo hice quedé maravillado. Podía sentir la historia, las investigaciones, el conocimiento y las narraciones flotando por todo el salón.

Un trabajo de la facultad me llevó a buscar material en todas las bibliotecas conocidas y la primera en consultar fue claramente la de calle Buenos Aires. Por entonces apenas tenía 20 años y para mí todo era nuevo. Me acerqué al mostrador y una chica alta y rubia me atendió. De un momento a otro apareció del lado que yo estaba indicando que la acompañara. Trataba de concentrarme y cuando me alcanzó una pila de libros me percaté de las pecas que tenía… Le quedaban tan bien. Ese día solo me concentré en buscar lo que necesitaba.

Una semana después cada vez que pasaba en frente algo me tiraba para adentro, pero nunca entraba. Hasta que un día faltó un profesor y como tenía dos horas ingresé otra vez a la biblioteca solo para verla y leer algo para distraerme. Pero al llegar no la vi, me di cuenta de que había libros en una mesa y pregunté, me dijeron que podía leer cualquiera en el salón, que solo les indicara cuál así lo anotaban, solo eso. Estaba mirando y en silencio se acercó Pequitas…

–¿Ya sabés qué vas a leer?

–No… ¿Qué me recomienda la señora?

–¿Qué señora?

–Usted –le dije con la sonrisa más pícara que tenía.

–Soy Mariana, ¿sí?

Me lo dijo tan lindo, con tanta luz que pensé que nunca me lo olvidaría pero mi corroída memoria y las casi 40 materias de mi carrera lo hicieron posible.

–Mirá podes leer este “Aforismos de Heráclito”, a mi me ayudó mucho.

–Bueno –le dije mirando el libro– pero yo quería algo narrativo, en realidad.

–Te podés llevar este también te va a encantar –agregó sonrojada.

La miré, tomé los dos libros y me senté. Extrañaba de sobremanera el mate, pero respetaba las reglas del lugar. Cuando me fui casi le doy un beso en la mejilla pero me frené y solo partí rumbo a calle Santa Fe casi Malvinas donde tenía clases.

Pasó una vida entera, pasó mi primera escuela como docente que estaba cerca de mi facultad y llegó mi segunda escuela. Lo raro, era que durante los años anteriores, cada vez que pasaba por su vereda tenía la sensación de que algún día iba a trabajar ahí.

Cuando entré la vi tan parecida a mi escuela primaria que me emocioné un poco. Pedí una pequeña guía del lugar y me indicaron dónde estaban ubicados todos los lugares de uso común desde una baldosa cerca de la entrada.

Cuando entré en la biblioteca, pude ver algunos docentes mirando los estantes y a estudiantes devolviendo y revisando libros. Aún no conocía a nadie por lo que me pareció prudente ir a la sala de profesores. Unos días después, ya conociendo el programa de la materia que tenía por dar, volví a entrar en la biblioteca de esa escuela para buscar material. La encargada estaba sentada, tenía el cabello rubio casi por los hombros, y podía divisar un mar de pecas que me resultó conocido. Me presenté y me dio un escalofrío cuando su mirada me alcanzó. Me mostró la sala donde podía consultar el material y me dijo:

–Soy Mariana, cualquier cosa que necesite Profe me dice, ¿sí?


Le di las gracias y me dispuse a buscar el material. Con los nervios me temblaban las piernas. Me di cuenta enseguida quien era pero me daba vergüenza decirle de dónde la conocía. Por casi un año tomamos mate y hablamos de muchas cosas, y yo me enamoraba en vano como la mayoría de las veces, hasta que después de unas vacaciones no volvió a la escuela y mi corazón se destrozó.

El tiempo siguió adelante como una locomotora… en dos años me convertí en unos de los delegados, y en un profe querido y respetado tras publicar un libro de cuentos y presentarlo en el mismo recinto educativo. Todo iba con normalidad hasta que una mañana de primavera entré a buscar mis libros de cabecera y vi agachada a una persona. Cuando se incorporó la tomé de la cintura y la abracé con una mano, tan fuerte como pude.

Ella, una mañana me pidió el teléfono para consultarme por una actividad que yo realizaba, y esa misma noche me escribió, estábamos en la última semana de clases y era “ahora o nunca”. Nos encontramos y mientras caminábamos le conté de dónde la conocía…

–¿Por qué no me dijiste antes? he sufrido tanto con cada gil…

En ese instante mi alma se rompió. La tomé de la mano, paré la marcha, la miré a los ojos y bajo una luna encendida como un farol nos besamos. Nadie nos vio nunca cuando salíamos, ella siempre disimulaba sus celos con chistes desubicados, inútilmente porque solo la amaba a ella desde hacía años.

Cada uno hacía vida normal y nos veíamos cuando podíamos, hasta que en la colación de la escuela fuimos juntos y ella me tomó de la mano y entramos así. Fue en ese instante que los Aforismos emergieron de mi calcinada memoria, y entendí cómo, y por qué le sirvieron.

Después de unas semanas nos peleamos y no nos vimos por dos meses. En medio había conversaciones cortantes y medio agresivas por parte de ella. El tema era que nos teníamos que encontrar sí o sí en “El Día institucional” para arrancar un nuevo año escolar. Entré tarde, me senté en unos escalones porque ya no había sillas disponibles. Me tomé unos mates con la tranquilidad de que no pasaría mala sangre ya que no la veía a ella. Cuando todo terminó, me fui a charlar con mis compañeros delegados y después a formar fila para firmar la asistencia, como éramos muchos la fila era larga. Estábamos hablando con unos docentes y de buenas a primeras llega ella, yo pensaba que ya se había ido…

Me dijo no sé qué y coordinó mal la cara al igual que yo y ¡Pum! Un pico en la escuela y adelante de todos, al segundo me agarró del brazo:

–¿Te di un beso?, no… ¡Me muero, nos echan!

–Pero si todos están mirando para el frente nadie nos vio, aparte… ¿Qué nos van a decir? si están todos en cualquiera –le dije en voz baja casi al oído.

–¿Cómo estás vos? –me preguntó con voz de enamorada.

–Ando, que se yo.

Me quiso decir otra cosa y le dí otro pico, y ahí detonó su bomba interior, se olvidó porque estábamos peleados y vivimos unos lindos meses que pronto se los llevó el tiempo en su tren eterno.

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