La vida le pidió pelea, la sonrisa de Ileana Sian dio respuestas

Diamante se sumergió en un silencio hondo, pero también encendió la memoria de una mujer que supo transformar cada instante compartido en una celebración. Arquitecta, artista y amiga incondicional

Por Gastón Emanuel Andino

La mañana en que la noticia se esparció por Diamante, el aire pareció volverse más espeso. No hubo sirenas ni campanas, pero el murmullo de la gente fue suficiente para teñir de luto las veredas, las plazas y las casas donde todavía flotaban algunas de sus risas. Ileana había partido. Y, sin embargo, algo de ella permanecía suspendido en la luz de esa mañana, como si la ciudad hubiese quedado atrapada en una de sus fotografías.
Fue arquitecta de profesión y fotógrafa por vocación. Pero, sobre todo, fue una mujer que eligió abrazar la vida aun cuando esta le devolvía golpes secos. Supo caminar por bordes inciertos, atravesar diagnósticos duros, noches largas y silencios. En cada tramo adverso encontró un gesto mínimo al que aferrarse: una charla compartida, una salida con amigas, la promesa de una luna llena esperando ser contemplada. Quienes la conocieron dicen que tenía una manera particular de mirar. No se trataba solo de técnica ni de precisión. Era una forma de vincularse con el mundo. La cámara no era un objeto sino una extensión de su sensibilidad. Con ella capturaba instantes que, para otros, podían pasar desapercibidos: la sombra irregular de un árbol sobre una pared antigua, la complicidad de dos amigas en un banco de la plaza, el temblor plateado del río bajo el sol de la tarde. En esas imágenes sembró memoria. En esas imágenes dejó constancia de que la belleza insiste, incluso cuando el dolor acecha.
Fue una de las fundadoras del Foto Club “Foteando Ando”, espacio que nació casi como una necesidad de permanencia. En 2020, en el Instituto Balcarse, coincidió con Rosario. Eran tiempos de aislamiento, de barbijos y pantallas, de abrazos suspendidos. Estudiaron fotografía desafiando las condiciones que imponía la pandemia. Allí imaginaron un club que mantuviera unido al grupo más allá del aula. La idea germinó entre tareas virtuales y prácticas a distancia, y al año siguiente se convirtió en proyecto compartido. Las primeras salidas fotográficas fueron pequeñas celebraciones. Recorridos por calles conocidas que, bajo su lente, parecían nuevas. Una de aquellas travesías las llevó al sendero de la vaca, en Valle María. Entre risas y disparos, Ileana iba dejando frases que hoy resuenan como consigna: “no todo está tan perdido cuando uno decide darle pelea a la vida”. Rosario recordó que, aún en los momentos más difíciles, ella sonreía. No era una sonrisa ingenua; era una respuesta. Una manera de decirle al infortunio que no tendría la última palabra.
Ileana comprendía la fotografía como un acto de resistir. Cada imagen era una afirmación: “Esto merece ser visto, esto merece permanecer”. Sus amigas hablaban de sus ocurrencias repentinas, de carcajadas que escalaban hasta doler el estómago, de charlas interminables donde el tiempo parecía diluirse. Nunca necesitó grandes escenarios ni recursos extraordinarios. Siempre le bastaba la compañía justa y un motivo sincero para salir a “fotear”.


En 2024, Rosario Crick y su esposo Víctor Acosta, incansables promotores culturales, impulsaron una muestra de fin de año en la Biblioteca Popular de la ciudad. Convocaron a un fotógrafo del club y a un autor local para presentar un libro. Ese año, Ileana inició junto a Gastón Andino un proyecto que combinaba fotografía y escritura. Era como si intuyera que las palabras podían sostener lo que la vista comenzaba a perder.
Porque la enfermedad avanzaba. El cáncer irrumpió con crudeza, le arrebató fuerzas y, lentamente, parte de su capacidad visual. Para alguien que había hecho del mirar su forma de estar en el mundo, la pérdida era doblemente dolorosa. Sin embargo, incluso allí encontró potencia para seguir creando vínculos. Rosario comenzó a grabarle cuentos. Le enviaba audios con relatos que luego escuchaban juntas. Al finalizar cada historia, compartían impresiones, discutían personajes, celebraban giros narrativos. Si los ojos se apagaban, la imaginación abría ventanas.
Su deseo de recuperarse para asistir a la muestra fue uno de sus pulsos vitales. Esa cita con el arte y con los amigos se transformó en horizonte. Como una inyección de vida que la impulsó a atravesar tratamientos, internaciones y cansancios. Quería estar. Quería celebrar. Quería agradecer.
A fines del año 2025, el foto club organizó una despedida de año que logró sacarla de la cama. Contra todo pronóstico, asistió. Compartió una velada serena y luminosa con Rosario. Después caminaron juntas por las calles que tantas veces habían fotografiado. Tal vez supieron, sin decirlo, que estaban gestando los últimos recuerdos compartidos. Cada paso era una despedida y, al mismo tiempo, una confirmación de lo vivido.


Hoy, cuando Diamante repasó su historia cultural, el nombre de Ileana emergió con la fuerza de quienes dejaron huellas suaves pero persistentes. El municipio proyectó una muestra en su honor, como reconocimiento a una mujer que enseñó que el arte puede ser refugio y trinchera. Que muchas veces es necesario responderle a la vida con una sonrisa. Que no importa cuán pesada se torne la carga, siempre existe la posibilidad de hacerse un momento para compartir y disfrutar con amigos. Su legado no se mide solo en fotografías impresas o exposiciones realizadas. Se mide en los gestos que sembró, en las marcas amigas a las que volver, cuando la existencia se vuelve cuesta arriba. Se mide en esa certeza que ella repetía sin grandilocuencia. Al final, lo que perdura son las maneras en que fuimos capaces de abonar la vida.
Ileana ya no camina por las calles, pero su mirada permanece. En cada luna que alguien decide contemplar. En cada salida improvisada con amigos. En cada imposible que se cierra para salvar un instante de olvido. Allí, donde la luz fue capaz de insistir, ella siguió abrazando la vida y dándole pelea.

Seguí leyendo

Suscribite para acceder a todo el contenido exclusivo de El Telégrafo de Entre Ríos. Con un pequeño aporte mensual nos ayudas a generar contenido de calidad.


Ya soy miembro