Marcas de la ausencia en el territorio

Calles, nombres y relatos familiares reconstruyen en Santa Elena una memoria situada sobre los detenidos-desaparecidos vinculados a la ciudad

Por Vicente Suárez Wollert

Marzo vuelve a instalar en Santa Elena una agenda que excede los actos oficiales. Hay recorridos que se repiten, conversaciones que reaparecen y referencias que emergen en distintos puntos del pueblo. Es el momento del año en que la memoria reciente gana visibilidad, aunque quienes la sostienen saben que su trabajo no comienza ni termina con el calendario. En esta ciudad entrerriana, los nombres de los detenidos-desaparecidos han comenzado a fijarse también en el espacio público, con una lógica que no apuesta a la monumentalidad sino a la permanencia.
En el barrio Cristo Redentor, dos calles sintetizan ese movimiento. En abril de 2023, una de ellas fue señalizada con el nombre de Cirilo Zárate, santaelenense detenido-desaparecido en 1977. La placa, ubicada en la intersección de Lisandro De la Torre y Avenida Presidente Perón, incorpora además una referencia biográfica que permite situar su historia a quien pasa y se detiene a leerla. A pocas cuadras, otra arteria recuerda a Manuel Ernesto Guastavino, también víctima del terrorismo de Estado. Dos intervenciones discretas en su formato, pero precisas en su intención: inscribir una historia en el suelo que se pisa todos los días.


Santa Elena reconoce entre sus vínculos a varios entrerrianos que integran la nómina de desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. Manuel Guastavino, Cirilo Zárate, Pablo Omar Verón Martínez, Silvia Haydeé Wollert y Oscar Alberto Medina Benítez conforman ese conjunto. Sus familias han participado en distintos homenajes realizados en la ciudad a lo largo de los años, sosteniendo una presencia que articula memoria con transmisión generacional.
Manuel Ernesto Guastavino nació el 27 de junio de 1947. Fue el mayor de cinco hermanos y emigró joven a Buenos Aires, donde consiguió trabajo en la empresa de seguros La Continental. Militó en la organización Montoneros y fue secuestrado el 15 de octubre de 1976 en el barrio porteño de Palermo, cuando tenía 29 años. Su detención se produjo en una vivienda de la calle Cerviño, donde se encontraba junto a otras personas. Desde entonces, su paradero permanece desconocido. Hoy, una calle de su ciudad natal lleva su nombre.

Manuel Guastavino

Oscar Alberto Medina Benítez había nacido en Santa Elena el 25 de noviembre de 1952. Obrero metalúrgico, desarrolló su actividad en el cordón industrial del sur santafesino y militó en el Partido Revolucionario de los Trabajadores. Fue secuestrado el 20 de octubre de 1976 en la ciudad de Santa Fe. Tenía 23 años. Su madre, Elisa Benítez, radicada en la zona de Rosario, se convirtió con el tiempo en una referente de los derechos humanos e integró el grupo de Madres de Plaza 25 de Mayo, transformando el dolor en organización y en lucha pública.

Oscar Medina

Pablo Omar Verón Martínez nació el 19 de marzo de 1951 en Santa Elena y trabajaba en el frigorífico local. Fue secuestrado y desaparecido el 24 de noviembre de 1977, a los 26 años. Su caso se inscribe en un contexto más amplio de persecución sistemática sobre trabajadores vinculados a espacios sindicales, un patrón que se repitió en distintos puntos del país durante aquellos años.

Verón Martínez

La historia de Silvia Haydeé Wollert recorre otro tramo de la geografía provincial. Nacida el 11 de octubre de 1955 en General Ramírez, transitó su infancia en Colonia Ensayo y cursó el secundario en Paraná, donde participó en actividades culturales y religiosas. El 24 de marzo de 1977 fue asesinada en el barrio Guadalupe junto a otras personas. Sus restos fueron enterrados como NN durante más de dos décadas. Recién en 1999, el Equipo Argentino de Antropología Forense logró identificarlos, posibilitando su restitución y sepultura en Oro Verde. La espera de su familia duró casi un cuarto de siglo.

Silvia Wollert

Estos nombres aparecen hoy en distintos soportes: señalizaciones urbanas, archivos, investigaciones académicas y relatos que las familias sostienen y transmiten. No conforman un registro cerrado ni uniforme, sino una trama en construcción que se amplía a medida que emergen nuevas fuentes y testimonios. En Santa Elena, ese proceso se apoya tanto en iniciativas institucionales como en la persistencia de quienes han sostenido la búsqueda durante décadas, muchas veces sin respaldo del Estado y contra el silencio que la dictadura intentó imponer como condición permanente.
El señalamiento de calles, la incorporación de referencias biográficas en el espacio público y la participación de familiares en actividades abiertas a la comunidad configuran un modo específico de abordar el pasado reciente. Más que una conmemoración concentrada en una fecha, se trata de una presencia distribuida en el territorio, donde cada punto funciona como un recordatorio y, al mismo tiempo, como una invitación a conocer las historias que lo sostienen. No hace falta que sea marzo para que esas marcas hablen.
En ese entramado, el mes que evoca el golpe opera como un momento de mayor visibilidad, pero no como un límite. Las señalizaciones ya instaladas en las calles de Cristo Redentor continúan actuando a lo largo del año, integradas al ritmo de la vida cotidiana. Los vecinos que pasan frente al nombre de Cirilo Zárate o Manuel Guastavino no siempre se detienen, pero los nombres están ahí, fijos en las esquinas, resistiendo el olvido con la misma obstinación con que las familias resistieron el silencio. En Santa Elena, la memoria reciente no sólo se enuncia: también se camina.

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