Un Chiquito de historia, un perro heavy metal

La vida lo golpeó una y otra vez pero él siempre siguió adelante. Dicen que no tiene sonrisa, pero solo la descubren quienes saben mirar con el corazón. Un paseo con campera de cuero en Paraná V

Por César Luis Penna

Él nació en las afueras de la ciudad y no estaba solo, tenía varios hermanos que fueron llevados a distintos hogares. Junto con una hermana vivieron con una pareja de jubilados. Era tan inquieto que siempre trataba de pasar los límites del hogar para irse a vagar. Amaba dar vueltas por todos lados, buscar y encontrar cosas nuevas, amaba esa sensación de libertad.

A diferencia de los demás, él era bajito y su hermana era apenas un poco más alta. Los dos tenían el pelo dorado y un andar muy gracioso, compartían además ese sentimiento de libertad. Todos en la zona los conocían y siempre los acariciaban cuando los veían y los llevaban con su familia cuando alguno andaba medio perdido. Al nacer entraban en la palma de una mano, a medida que iban creciendo los dos eran como muñequitos con una ternura infinita brindada a quien los viese.
Claro está que recibían de su familia todo el cariño que solo ellos podían darle, los vestían con ropitas que la señora les tejía para el frío y vivían siempre protegidos de los elementos. Sus camas eran muy cómodas, aunque ellos siempre querían dormir con los abuelos todos juntos para darse ese cariño infinito que solo ellos pueden dar.

Todo era como debía de ser hasta que el más pequeño se escapó y se fue más lejos de lo que habitualmente salía. Él se fue buscando nuevas cosas, siguiendo otros aromas. Se perdió en ese éxtasis, su idea era volver a su hogar pero se perdió. Durmió un par de noches en la intemperie y tuvo que comer de la basura porque nadie lo buscó.

Un rescate necesario

Una pareja que paseaba en su moto 110 lo vio, ella se enterneció al verlo y él reconoció el peligro de que un auto lo atropellara porque estaba muy cerca de una calle transitada. El pequeño se dejó llevar y todos juntos fueron a la casa de la madre de ella para dejarlo a su cuidado. Pasaron varios días, pero una tarde el muchacho lo vio atado a un árbol, la excusa era que la señora de la casa le tenía miedo. Una mañana de lluvia lo volvió a encontrar atado, entonces sacó un tenaza de su bolso, porque era el único elemento cortante que tenía, y lo liberó. Medio enojado dijo:

–Listo, se terminó, se lo llevó a mi viejo que él lo va a querer.

–¡Pero no… mamá ya se va a acostumbrar! –decía ella restando importancia al asunto.

–Si van a tener un perro así no lo tengan –dijo el muchacho enojado, recitando así un lema familiar.

Ahí fueron de nuevo los tres en la 110. Al pequeño le fascinaba viajar, quería mirar todo desde el bolso donde lo llevan.

Una nueva vida
Cuando llegaron a la casa nueva, él pudo sentir de inmediato un olor muy fuerte de uno como él y mucho olor a humo y vino. El abuelo que habitaba la casa lo aceptó de inmediato y el otro perro, que ya habitaba el lugar y que era el triple de grande lo olió entero y lo adoptó de inmediato. Ante la típica pregunta:

–¿Cómo lo vas a llamar?

El dueño de casa dijo:

–Y… “Chiquito” no más.

A todos les pareció raro pero el nombre realmente le quedaba. El pequeño adoptó su propio nombre, a su nuevo hermano, el Bodo, y al abuelo Ramón.

Su instinto de libertad nunca cambió, y un día pudo sortear el portón pobremente armado, la escalera caracol y los perros endemoniados de los vecinos. Como era un ser inteligente él volvía siempre del mismo modo que se escapaba, aunque varias veces los vecinos se lo acercaban al abuelo; hasta la loca de los perros, que tenía una colección de ellos.

Durante varios años, Chiquito durmió con su abuelo, y se sentaba detrás de él en el sillón para hacerle mimos y masajes, muchas veces se quedaba dormido. Tenía techo, comida, una buena cama y seres que lo querían, por eso cuando su instinto lo llamaba siempre volvía.

Claro que en la casa nadie se daba cuenta, ni el Bodo, porque dormía como un cristiano, diría el abuelo; a las dos de la tarde ya estaba durmiendo la siesta hasta que el abuelo se levantara, recién ahí reaccionaba.

Chiquito más adelante se acostumbró y todos dormían siesta. Podrían entrar y robar todo que ellos seguirían durmiendo.

Cambios no esperados

Pero un día llegó una persona chiquita a quitarle el cariño del abuelo, lo celaba tanto que muchas veces lo sacaban afuera porque era terrible como le gruñía. Durante unos años vivieron todos felices, arreglándoselas con poco, sabiendo que se tenían el uno para el otro.

Como sucede la mayoría de las veces, hasta en los relatos de Disney… En un parpadeo el hombre que lo había rescatado se fue, y en otro parpadeo su hermano y el abuelo se fueron también y se quedó solito otra vez.

Juntos enfrentando la fría y oscura soledad

Pero Dios aprieta pero no ahorca, diría el abuelo Ramón, y otro miembro de la familia se hizo cargo de él. Juntos dieron miles de vueltas nocturnas, muchos viajes en moto, y recibe todos los años nuevas ropas para el invierno de todos los géneros incluyendo una camperita de cuero, aunque durante toda la temporada hiberna más de lo que está despierto; ama balconear los veranos en el patio y ver cómo la gente pasa y los perritos también, es su estación favorita.

Tiene un canal de youtube solo para compartir la ternura de un perrito que no es de raza pero si de familia. En cada salida siempre encuentra un fan, de todas las edades y géneros.

Chiquito te mira y se hace entender, no necesita emitir sonido, estudia cada movimiento para adelantarse, para salir corriendo, esconderse, o prepararse para dar una vuelta. Entiende palabras como “¡Vamos!”, “¡No!”, “Chiquito” y sus derivados, “quédate por acá”, y el llamado “¡A comer Chiquito!” y desde este año “espera un poquito no tan rápido” porque caminaba suelto junto con su familiar herido en un pie. Le gusta Iron Maiden, y AC/DC que lo relaja y lo acuna igual que la radio. Él es un perrito que le sonríe a la vida, porque recibe todo lo que quiere y más… es, sobre todo, un perrito Heavy Metal.

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