Una mujer joven, un barrio, un colchón y un deseo cumplido

Un encuentro fortuito abrió una historia marcada por la cercanía, las señales que se intuyen tarde y los afectos que cambian con el tiempo. Una memoria personal sobre esas personas que llegan sin aviso

Por César Luis Penna

Un día estaba con mis veintipocos haciendo un cartel en el hall del edificio de la facultad, y una chica se acercó y preguntó si podía pintar. Claramente nos quedamos charlando hasta que terminamos el cartel y lo colgamos. Mis compañeros del centro de estudiantes solo lo vieron cuando ya habíamos finalizado la tarea.
Era una época en la que solo contábamos con mensajes de texto y eso nos bastaba para comunicarnos, por lo que nos pasamos los teléfonos. Ella se llamaba Florencia, cursaba segundo año de mi misma carrera, era muy linda y tenía unos ojos negros tan profundos como la oscuridad del campo sin luna.
Todas las tardes ella buscaba acercarse para charlar, a veces sola, a veces con sus amigas, claro que las sumé al centro de estudiantes, estaba cansado de pintar carteles y que me los rebotaran por la letra o las ilustraciones metaleras, ellas tenían la prolijidad y las ganas, yo les cebaba mate mientras escuchaba sus desventuras como estudiantes.
Llegaron unas vacaciones de invierno y Florencia me preguntó incesantemente dónde vivía. Como siempre fui desconfiado y solo le di un lugar aproximado. Un domingo de lluvia estaba durmiendo la siesta y mi viejo miraba el partido de boca, entonces me golpeó la puerta de mi pieza:
–Ahí te busca una chica –dijo sonriente.
Era la primera que iba a casa por eso la sonrisa. Me levanté solo con un short, pensando que era alguien estaba equivocada… ¡Pero no!, era ella.
–¿Cómo me encontraste?
–Le calculé y fui preguntando… Una señora de allá abajo me dijo bien dónde vivías.
En ese instante maldije no vivir solo y le alcancé una toalla. Tomamos unos mates y cuando paró nos fuimos a donde vivía ella. Para sorpresa mía, era muy cerca de casa. En el camino me di cuenta de muchas cosas pero debería seguir conociéndola para acallar a ese instinto que me decía “¡NO!”
Cuando llegué me encontré la razón por la que ella me golpeó la puerta y no me invitó primero a la suya. La madre estaba cuidando a su niño, como ya tenía experiencia cuidando a mi pequeño primo entré enseguida en confianza. Su casa me parecía espectacular a comparación con la mia, pero con una oscuridad densa que la mía afortunadamente no tenía. Mientras tomábamos unos mates entre los tres, me convidaron con unas roscas que ellas habían hecho… Al rato un burbujeo en la panza me llevó al baño.
No funcionaba bien para mi desgracia, apenas un chorrito tímido descargaba la mochila.
Me quedé un rato más y cuando no aguante me volví casi corriendo, ya había visto “Mi novia Poli” y no quería que me pasara lo mismo.
Seguimos viéndonos durante las vacaciones dando paseos, tomando mates en una relación cual Mercurio y el Sol. A ella le di una clase particular de una de las materias que más me gustaban y ahí mismo decidí presentarme como ayudante alumno de aquella y comenzar mi camino en la educación.
El tiempo pasó y las vacaciones terminaron. Volvimos a la facultad y en ella me di cuenta que Florencia era otra persona. Por supuesto que no me gustaba esa Flor que era burlona, agrandada, y manipuladora, y estaba en otra galaxia. Me generaba un rechazo gigante porque era de ese tipo de personas que no quería en mi vida. En cambio, Florencia, la chica de barrio era sensible, amable como un pétalo de rosa, sí. Pero era muy joven para poder aceptar que todos tenemos dos o tres personalidades distintas según el ámbito donde convivimos con otras personas porque nos vamos adaptando, nos hacemos de armaduras y ocultamos lo que realmente nos pasa a unos y otros.
Nos dejamos de ver por un par de años y un día de la nada me pidió que fuera a la casa, con unos mates, me había dicho que se mudaba a otra provincia. Nunca había sentido esa sensación, por más que ya no nos veíamos, ese flujo de ruptura apareció en mí y se me rompió el corazón ahí mismo. Pasamos una tarde disfrutando, tratando de olvidar lo malo.


A las pocas semanas fui de nuevo a verla para ayudarla con algunas cosas para la mudanza, ya que su familia se había ido de viaje. Nos quedamos mirando la tele, comimos unos fideos a la estudiante. Después de ser el Sol y Plutón volvimos a ser Mercurio y el Sol. Más mimos no podíamos darnos. Cuando me tenía que volver, una balacera cercana jugó a mi favor para que me quedara con ella su última noche en Paraná.
En medio de la madrugada me levanté al baño y pasé por su pieza, me parecía falsamente dormida, sonreí y me volví a mi colchón. Al rato, ella se levantó pero no se quedó en el umbral de la puerta, solo entró y se quedó conmigo.
Le perdí el rastro, pero jamás la olvidé, al tiempo las redes sociales me la trajeron de nuevo a la vista. Ella había reconstruido su vida muy muy lejos, y se la veía feliz. Siempre desee eso para ella, por lo que no puedo decir que nunca se me cumplió un deseo.

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