Una pascua humana

Por Martín Acevedo

Más allá del Cristo de la Fe, sustentado en las creencias de miles de millones de personas en todo el orbe, poner la atención, por un momento, en el Jesús de la historia enriquece y llena de nuevos matices nuestra mirada sobre el presente.
El consenso mayoritario de historiadores y filólogos neotestamentarios es categórico sobre la existencia de un maestro (en términos actuales, podríamos decir un rabino) que vivió durante el siglo I, en lo que hoy es Israel, recibió el nombre de Jesús bar José y tuvo por profesión la de tektón (albañil, constructor y carpintero, en el griego original).
Quizá la liturgia diluye hasta dosis homeopáticas las razones que llevaron a la cruenta muerte de este obrero de hace dos mil años. La cruz era una condena romana, establecida por el Imperio para castigar a quienes ponían en duda su legitimidad. En este caso, el yugo ejercido sobre los israelitas. Debemos considerar que los pueblos sometidos eran obligados a pagar cuantiosos impuestos, que muchas veces ponían en jaque la supervivencia de humildes campesinos, entre los que creció y vivió el protagonista de estas líneas.
En los estratos más antiguos de la tradición evangélica se encuentran pasajes en los que Jesús bar José no se limitó a cuestionar la autoridad del poder invasor, sino que la desconoció de manera explícita en favor de los sectores oprimidos. No se trató de un gesto simbólico, se inscribió en un contexto histórico en el que las poblaciones sometidas debían sacrificar parte de su sustento cotidiano para engrosar las arcas de ciudades imperiales, de un emperador distante o de una clase senatorial que los consideraba poco más que esclavos.
Desarrollar este punto exigiría un análisis filológico detallado —desde la semántica de los términos empleados en los evangelios hasta la reconstrucción del trasfondo socioeconómico del siglo I—, tarea que excede el alcance de estas líneas. Sin embargo, la idea de que los textos evangélicos contienen una crítica implícita a la estructura imperial y a la explotación económica es ampliamente reconocida tanto por investigadores confesionales como por académicos independientes. Es así, que las acciones y las palabras de este artesano fueron testimonio de una ética que desautorizó la lógica tributaria y jerárquica del Imperio y colocó en el centro a quienes eran despojados de su pan cotidiano.
Por supuesto, la analogía con nuestra actualidad es evidente. Y aunque resulte obvia, no debe dejar de señalarse: muchas veces no vemos lo que está frente a nuestros ojos. Detenernos en una figura humana que se atrevió a cuestionar el orden imperante, que se reconoció entre los suyos —es decir, que tuvo conciencia de clase—, que se enfrentó a los opresores y que pagó con una pena ignominiosa, debería llevarnos a reflexionar sobre nuestro lugar como pueblo, como trabajadores, y también sobre la actitud sumisa que a veces adoptamos frente al Imperio de hoy.
La pobreza de nuestras naciones, las carencias y el hambre de nuestros hermanos no son fruto de decisiones individuales, como pretende imponer en nuestra subjetividad el aparato discursivo hegemónico. Su raíz está en un orden geopolítico que precisa que, para que familias en el norte acumulen tres autos en sus garajes, los del sur apenas logremos sobrevivir.
Jesús bar José fue obrero, pueblo y antiimperialista. Quizá nosotros, hoy, debamos también cargar con su cruz: no como símbolo de resignación, sino como emblema de resistencia y dignidad compartida.

Seguí leyendo

Suscribite para acceder a todo el contenido exclusivo de El Telégrafo de Entre Ríos. Con un pequeño aporte mensual nos ayudas a generar contenido de calidad.


Ya soy miembro