Por Martín Acevedo
—Doctor, si vengo es porque mi nieta me insistió hasta el cansancio para aquel examen de rutina, y aquí me tiene, hace dos años que cumplo con el trámite. Así que ahórrese las palabras —apenas levantó los ojos de las uñas recién hechas.
—Mire, Juanita, es por su bien. Tiene que dejar el pucho.
—Viví casi ochenta años sin hacerle caso a un médico, y ya ve, estoy perfecta. Además, es uno solo, con el café de sobremesa.
—Bueno, acuérdese también de los niveles de colesterol que mostró su último análisis. Quiero creer que también está siguiendo la dieta que le indique.
—Ay, doctor, no soy ninguna criatura para que me diga lo que tengo que hacer. Como le dije, estoy acá para darle el gusto a mi nieta, y porque de algo tiene que vivir usted. Mejor deme esas recetas, así ya paso por la farmacia —dijo antes de pararse y extender la mano.
No guardó los papeles, sino que caminó con ellos en la mano hasta la farmacia que distaba un par de cuadras. La pollera tubo la forzaba a dar pasos cortos y rápidos. Lo que sí arrojó, casi sin mirar, dentro de la cartera fueron las cajas con pastillas.
—Nos vemos esta noche en la milonga, Juani —Alfredo, el farmacéutico, se refería al baile que se organizaba todos los viernes en el Club de Leones.
—Por supuesto. Ahora me voy porque tengo que cocinar algo para el almuerzo —contestó con el picaporte en la mano, mientras en el reflejo del vidrio corroboraba el estado de su maquillaje; era una mañana de noviembre, casi mediodía.
—Acordate de tomar las pastillas cómo te dijo el doctor, Juani.
—Sí, sí, no me agotes la paciencia con eso, una pérdida de tiempo.
En la esquina había una parada de taxis; como estaba apurada, tomó uno.
El conductor era un hombre de unos cuarenta años; llevaba la clásica vestimenta que se podría esperar, camisa blanca y un jean azul, tipo Levis. Ni bien se sentó, después de saludarlo, le indicó la dirección; el chófer la miró por el retrovisor.
—Si le molesta, puedo bajar la música, abuela.
El estéreo del Chevrolet Corsa reproducía una de esas cumbias de letra melosa pero ritmo pegadizo.
—¿Qué me dijo?
—Que si quiere, bajo el bajo el volumen, abuela.
—Usted no es mi nieto. Y, no, no baje nada, suba, suba, así se alegra un poco la mañana.
Como el trayecto era corto, no demoraron en llegar a la casa de Juanita.
—Tome, puede quedarse con el cambio.
—No es necesario, doña.
—Despreocúpese, de algo tiene usted que vivir.
Abrió la puerta que daba a su taller de costura, en origen el living de la vivienda que alquilaba. No quería dar el rodeo del pasillo lateral que llevaba al primer patio. Miró el cuello de una blusa expuesta en uno de los maniquíes. Pasó por el comedor y fue directo a la cocina. Ahí encontró a la nieta, que no dejaba de mirar algo en el celular. Colgó la cartera en el respaldo de una silla. Se lavó las manos en la bacha, usó una gota de detergente para platos.
—Abu, ¿cómo te fue en el doctor?
—Excelente, Cami, los análisis salieron perfectos. ¿Qué podemos almorzar? —abrió la heladera, y revisó un poco—. Mirá, Luisito dejó unos chorizos sin asar. ¿Qué te parece si los hago a la pomarola? Con unos fideos van a quedar de diez.
Camila era hija de Luis. Cuando sus padres se divorciaron, ella se quedó en casa de su abuela, para no estorbar en sus nuevas vidas. Los domingos, Luis visitaba a Juanita; llevaba a su nueva mujer; y casi siempre hacía asado.
Sin esperar que la chica contestara, Juanita empezó a sacar los ingredientes.
—Sí, abu. Me parece genial.
—Va a haber que bajarlos con un buen tinto. Haceme un favor, querida. Andá al almacén y traete un Emilia, cabernet. Decile a don Julián que te lo anote.
La chica aceptó el mandado y salió. Juanita esperó a escuchar que se cerrara la puerta de calle. Dejó las cebollas y los morrones sin cortar sobre la tabla. Se olió los dedos. Fue hasta la cartera. Sacó la bolsita de la farmacia. Palpó que estuvieran las tres cajas. Abrió el tacho de basura y la tiró.
—Yo también tengo que vivir.
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