Muelle Histórico: un patrimonio que volvió a latir

A cuatro años de su puesta en valor, la vieja estructura en Santa Elena se consolidó como espacio público, cultural y turístico. Sostener este tesoro rescatado también es una tarea colectiva

Por Vicente Suárez Wollert

Hace cuatro años, Santa Elena le devolvió al Paraná uno de sus rincones más queridos. El Muelle Histórico, que durante décadas permaneció cerrado, deteriorado y partido en dos por la creciente de 2015, volvía a abrir sus puertas como espacio público y patrimonial en el marco del sesquicentenario de la ciudad. Lo que entonces fue un ambicioso proyecto de recuperación municipal hoy muestra sus frutos: una estructura revitalizada que genera actividad, convoca visitantes y alberga propuestas como el Festival del Muelle y el Río, con actividades culturales y recreativas para toda la comunidad. Cuatro años son suficientes para mirar hacia atrás, valorar lo conquistado y también para preguntarse cómo seguir cuidando lo que la ciudad se dio a sí misma.

La historia del muelle es, en buena medida, la historia de Santa Elena misma. Desde la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el territorio pertenecía a la corona española y la estancia de don Juan Ventura Denis comenzaba a tomar forma sobre las barrancas del Paraná, el muelle fue el umbral por donde entraron y salieron personas, mercancías, sueños y despedidas. Por él llegaron las familias fundadoras del saladero en 1871 —los hermanos Eustaquio y Norberto De la Riestra junto a Federico González—, y también los científicos uruguayos que en 1880 transformarían el lugar en una fábrica moderna bajo el nombre de Compañía Kemmerich. Por él ingresaron, décadas después, las Hermanas de San Antonio para fundar el convento y el instituto educativo que aún hoy funciona en la ciudad. Y por él pasaron gobernantes, obreros, inmigrantes de Italia, España y Francia, e incluso el príncipe Felipe de Edimburgo, que visitó Santa Elena invitado por Lord Luke of Pavenham.

Durante más de un siglo, el muelle fue el corazón logístico y simbólico de la comunidad. La empresa Bovril, que adquirió el complejo fabril en 1909, renovó y optimizó la estructura en varias oportunidades. En 1917 se solicitó al Ministerio de Obras Públicas de la Nación su prolongación, inaugurada en octubre de 1918 con veinte metros adicionales hacia el río. Santa Elena llegó a contar con una flota propia de remolcadores, chatas corrales y buques de pasajeros que transportaban más de cien mil cabezas de ganado por año. El chirrido de las maderas, el silbato de la fábrica anunciando la llegada de los barcos y el movimiento constante de trabajadores y familias definieron el ritmo de vida del pueblo durante generaciones.

La última faena de Bovril, en 1972, marcó también el principio del fin del muelle como puerto activo. Con el cierre de la fábrica, el acceso fue prohibido y la estructura quedó librada al tiempo. La creciente de 2015 arrasó con su parte media, dejando incomunicados los sectores de carga y descarga con el acceso principal por la Zona Costanera. Lo que había sido un punto de encuentro y partida se convirtió en una ruina con el ingreso vedado, una herida visible en la memoria colectiva de la ciudad.

La recuperación encarada por el Gobierno Municipal en 2021 —en vísperas del 150° aniversario de la fundación— fue un proyecto de envergadura tanto técnica como simbólica. Cuatro nuevas plataformas se apoyaron sobre la estructura existente, incorporando bancos, espacios de descanso y accesos alternativos desde la Zona Costanera, el Camping Municipal y el Área de Prefectura. El resultado fue un mirador panorámico al Paraná que devolvió a vecinos, turistas y emigrantes uno de los lugares más añorados de Santa Elena. Una inversión en infraestructura, pero también en identidad.

Proyecto

Ese reencuentro con el río abrió un nuevo capítulo en la vida cultural de la ciudad. El Festival del Muelle y el Río —con música en vivo, propuestas para todas las edades, muestras y gastronomía local— es expresión concreta de lo que el muelle recuperado puede generar: no solo un patrimonio preservado, sino un espacio vivo, capaz de convocar a propios y visitantes alrededor de una historia compartida. Cada actividad que se desarrolla sobre sus plataformas es, en cierta medida, una nueva página escrita en el mismo lugar donde otras generaciones escribieron las suyas.

Sin embargo, sostener lo recuperado exige más que inversión y voluntad institucional. En estos cuatro años, la cartelería histórica instalada en el muelle —que narra y contextualiza el valor patrimonial del lugar para vecinos y turistas— ha sido objeto de actos de vandalismo que dañaron y destruyeron parte de esa información. No se trata de un dato menor: esos carteles son la voz del muelle para quienes lo visitan sin conocer su historia, son el puente entre el presente y los más de dos siglos de vida que esa estructura acumula. Dañarlos es, de algún modo, borrar una parte de lo que Santa Elena decidió recordar y mostrar con orgullo.

Cuidar el patrimonio es también una forma de pertenencia. El muelle no es propiedad de ninguna administración en particular: es de quienes vivieron toda su vida mirando el río, de quienes llegaron en barco y eligieron quedarse, de quienes se fueron y lo añoran, y de quienes aún no nacieron y merecen encontrarlo en pie. A cuatro años de su reapertura, el Muelle Histórico de Santa Elena sigue cumpliendo la función que siempre tuvo, la que va mucho más allá de la carga y la descarga: ser portal de esperanza hacia una nueva etapa. Depende de todos que así siga siendo.

Paseo Muelle Histórico

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