A 65 años del buque Santa Elena

Construido en 1960 en astilleros escoceses, el barco llegó a Entre Ríos en 1961 y recorrió décadas de historia industrial y portuaria hasta su desguace en 2011. Una nave que guarda la memoria de un pueblo

Por Vicente Suárez Wollert

El 24 de febrero de 1961, hace exactamente 65 años, el buque Santa Elena tocaba por primera vez las costas del pueblo que le daría nombre y destino. Construido apenas un año antes en los astilleros Grangemouth Dockyard Company Limited, en Grangemouth, Escocia, la embarcación era un ejemplar robusto de la industria naval de posguerra: 63,70 metros de eslora, 11,80 de manga y 5,79 de puntal, con casco de acero y dos bodegas de frío capaces de sostener una cadena de frío para el transporte de carnes. Su tripulación estable era de 18 personas.
Ese mismo año de su llegada, el Santa Elena entró bajo bandera argentina en el puerto de Buenos Aires, para zarpar nuevamente y quedar bajo el mando de Establecimientos Argentinos Bovril Limitada, firma que marcó el comienzo de su vínculo con la industria frigorífica de la región. La nave no era solo un transporte: era el eslabón final de una cadena productiva que unía el campo entrerriano con los mercados del litoral y del estuario.
Durante las décadas siguientes, el buque atravesó múltiples traspasos de propiedad que reflejan los vaivenes de la economía nacional. En 1975 pasó a manos del Frigorífico Regional Santa Elena; en 1980, a Raúl Vázquez e Hijos; en 1985, a PRECOMAR, y en 1998, a CONAR S.A. Cada cambio de dueño fue también un capítulo en la historia económica de la zona. Hacia finales de la década del 90, el Santa Elena enfrentó el ocaso de muchas industrias del interior: fue abandonado y terminó hundido en el río Matanza-Riachuelo, uno de los cursos de agua más contaminados del país.
En 2011, el Santa Elena fue protagonista de una operación de gran envergadura en el marco del programa de descontaminación del lecho del Riachuelo que llevaba adelante el Gobierno Nacional. Las tareas se realizaron dentro del Acuerdo Marco de Cooperación entre la ACUMAR, el Ministerio de Seguridad y la Prefectura Naval Argentina, con el objetivo de extraer, remover y trasladar al predio de desguace autorizado los objetos peligrosos que obstruían y contaminaban la cuenca. El buque fue cortado en secciones, extraído y puesto a seco en la margen derecha del Riachuelo, a la altura de la calle Pedro de Mendoza al 3500, lado provincia. Para la maniobra se empleó la grúa MAGNUS VI y se utilizaron dos cables —lingadas— desde la superficie del agua hasta el sitio de depósito final. Compactado como chatarra, sus restos desaparecieron de las aguas donde había permanecido hundido durante años.
La ministra de Seguridad de la Nación de ese momento, Nilda Garré, y el secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable, Juan José Mussi, asistieron y presenciaron la operación. Mussi describió la tarea como parte de la limpieza del Riachuelo, señalando que se trataba de barcos que habían estado hundidos y encallados durante décadas. Garré, por su parte, destacó el trabajo de los buzos de la Prefectura, quienes debieron colocar cadenas alrededor de los cascos bajo condiciones de extrema dificultad, en barros y aguas de escasa visibilidad.
Pero antes de ese final, hubo un último encuentro. Roberto Martínez, cantautor oriundo de Santa Elena radicado en Buenos Aires, se cruzó con el buque amarrado en las costas porteñas hace algunos años. El reconocimiento fue inmediato: esas líneas de casco, esa silueta familiar. Volvió hasta su casa, buscó una cámara y regresó a fotografiarlo. Fue la última imagen que alguien le tomó al Santa Elena antes de su hundimiento definitivo en el Riachuelo. “Parecía que estaba esperando a alguien de Santa Elena antes de despedirse para siempre”, reflexiona Martínez. En esa frase cabe mucho: la casualidad del reencuentro, la extrañeza de ver varado en Buenos Aires algo que pertenece a otro río, a otra geografía, a otra vida.
Esa fotografía no quedó solo como documento. La artista plástica local Mary Rausch la tomó como punto de partida y la inmortalizó en una pintura que, según quienes la han visto, hace tan plena justicia al original que resulta difícil distinguir el óleo del retrato fotográfico. El talento de Rausch convirtió una imagen de despedida en una obra que prolonga la vida del Santa Elena más allá del desguace, más allá del olvido. Así, entre la lente de un músico y el pincel de una artista, el buque encontró su forma de no hundirse del todo.

Pintura de Mary a partir de la última fotografía del Buque

La memoria colectiva del Santa Elena tiene muchas voces. Pascual Domingo Medina, que trabajó en la sala de máquinas siendo muy joven, la evoca con una sencillez que lo dice todo: “Me tocó trabajar en sala de máquinas del Santa Elena siendo un gurí. Qué hermoso recuerdo”. Viviana Zachmann, en cambio, recuerda el buque como el umbral de una partida: “Con el último barco en venderse, el Santa Elena, nos íbamos mi familia y yo de mi amado pueblo hacia San Nicolás”, cuenta. La empresa compradora intentó convertirlo en arenero sin éxito; lo revendieron en Buenos Aires, y cuando comenzaron a desmantelarlo, el padre de Viviana estaba allí, presente hasta el final.
A 65 años de su arribo a estas costas, el buque Santa Elena es parte del patrimonio inmaterial del pueblo que lleva su nombre. No quedan sus planchas de acero ni sus bodegas de frío, pero quedan las historias de quienes lo tripularon, la fotografía de un cantautor que supo reconocerlo en la ciudad y la pintura de una artista que decidió que merecía durar. En la efeméride de hoy, esas voces y esas imágenes son documentos vivos de la historia fluvial e industrial de Entre Ríos.

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