Un círculo dantesco

Por Martín Acevedo

En marzo cada año se repite el ritual de la vuelta a clases, pero este reinicio se ve afectado por otra situación cíclica, docentes con salarios vergonzosos que se ven obligados a tomar medidas de fuerza. Mientras tanto, desde los púlpitos gubernamentales se habla de la educación como una prioridad. Por supuesto, estas palabras son parte de una obra de teatro cuyo desenlace ya conocemos.
El desfinanciamiento del sistema educativo, desde luego, no es casual, ni producto de periodos de vacas flacas. Es más, si lo miramos con atención, lo más probable es que sea una de sus causas. Señalar, una vez más, que los organismos multilaterales de crédito (el FMI entre otros) prescriben, como una de sus recetas hacia el progreso, ajustes en la educación pública, aunque cierto, tampoco es un argumento original. Todos ya lo sabemos.
En sintonía con ese requerimiento, los medios masivos desarrollan su opereta en la que, sin considerar ningún dato estadístico, señalan las virtudes de lo privado en detrimento de lo público. Pontifican sobre adoctrinamiento en escuelas estatales laicas y soslayan que las provincias invierten parte de su erario en el sostenimiento de la enseñanza religiosa.
Hoy hay que mirar más allá. Las escuelas son el principal instrumento para democratizar el conocimiento. Podemos caer en la sentencia falaz de que nunca antes en la historia el saber fue tan accesible como en nuestro presente. En principio, aunque parezca extraño, una breve incursión en las aulas develará que muchos niños y jóvenes carecen de dispositivos informáticos. Por otro lado, y principalmente, si no se sabe qué preguntas realizar, dónde buscar, cómo filtrar y categorizar la información, no existe aprendizaje alguno. Es imprescindible desarrollar el pensamiento crítico. Y esto solo es posible mediante la labor humana de un docente.
Como señalamos en columnas anteriores, nuestra actualidad está signada por el desprecio al conocimiento. El culto a la ignorancia y la vulgaridad ocupa el primer plano. Una interpretación simplista de la realidad se apodera de las construcciones de sentido. La complejidad espanta, porque hace evidente el desconocimiento. A esto se suma el algoritmo dominante en las redes sociales, que se nutre hasta el hartazgo del sesgo de confirmación. Las personas aceptan como verdades lo que en realidad son axiomas básicos.
En este contexto, la escuela se configura como uno de los últimos reductos de lo humano, no solo por el encuentro social, sino también porque este se da en torno al aprendizaje. Es así que enseñar deviene en una actividad revolucionaria y contracultural, al menos en lo que el poder concentrado determina para los sectores populares. Los centros educativos de la élite apartan las pantallas y privilegian los libros. La modernización que pretenden imponer en la educación pública, sumada a la política salarial, no tiende ya a generar mano de obra barata, como otrora, sino a mantener en la sumisión a los hijos de la clase trabajadora, ya que su futuro laboral, por ser optimistas, es incierto.
El expolio a la educación, a la ciencia y a la cultura, en general, no es solo una decisión de ajuste económico; se trata, sin dudas, de un ataque a la condición humana. Porque allí donde se cercena el acceso al conocimiento, se limita también la capacidad de los pueblos de pensar su destino y de disputar sentidos. La escuela, la universidad y los espacios culturales son trincheras de ciudadanía: sin ellos, la democracia se reduce a un ritual vacío. Defender la educación pública es, entonces, defender la posibilidad misma de una sociedad libre y consciente.

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