La espera fue larga. Cuatro suspensiones, ensayos interminables y un sueño que resistió al tiempo y al clima. En la Fiesta Provincial del Guiso, el grupo de baile habitó el escenario con la fuerza del folklore
Por Gastón Emanuel Andino
La historia de La Revuelta siempre se movió como un colectivo artístico. No fue simplemente un grupo de bailarines: fue una trama de cuerpos, voluntades y sueños que aprendieron a latir al mismo ritmo. Ocho personas, cuatro parejas, una identidad compartida que se sostuvo con la convicción de que en el ballet estilizado no existen mitades. Si uno falta, el cuadro pierde su forma; si uno está, están todos. Durante 2025 las tablas del teatro no habían sido su principal escenario. Sin embargo, el grupo continuó desplegando su arte en distintos espacios culturales, ferias y encuentros donde la danza se volvió una manera de encontrarse con la gente. La participación en la Fiesta de las Colectividades, el 8 de noviembre, fue uno de esos momentos en los que el grupo volvió a recordarse a sí mismo por qué bailaba: por la emoción compartida, por la música que circula en la sangre y por la necesidad de decir algo sin palabras. Pero la gran cita aguardaba más adelante.
La presentación en la Fiesta Provincial del Guiso parecía resistirse al destino. El evento había sido suspendido varias veces por cuestiones climáticas y otras circunstancias de fuerza mayor. Cada cancelación dejaba un sabor a espera inconclusa. Aun así, los ensayos continuaron. El cuadro comenzaba con una chacarera y se desplegaba luego en dos temas nuevos que el grupo había trabajado con intensidad. Los movimientos se pulieron una y otra vez mientras el coach y director coreográfico, conocido como Chino Bustamante, sumaba detalles y nuevos gestos escénicos.
La ansiedad crecía con cada ensayo. No era solo la posibilidad de presentarse en un evento importante. Existía además un rumor que empezaba a transformarse en certeza: el grupo podría compartir escenario con el reconocido cantante folklórico Jorge Rojas. La confirmación llegó apenas minutos antes de la presentación. El momento desató corridas, miradas cómplices, manos que ajustaban trajes y corazones acelerados. Aquella noche, incluso el cielo parecía haber decidido acompañar: la temperatura era amable y el clima sostenía una calma inesperada. Algunos comentaron, entre risas y supersticiones, que esa misma jornada se anunciaba una alineación de planetas.
Todo parecía tener una intensidad distinta.
Cuando el cuadro comenzó, el escenario se transformó en un territorio vibrante. Los zapateos golpearon las tablas con firmeza y los zarandeos dibujaron espirales de movimiento mientras la música avanzaba. En medio de esa energía apareció la figura de Jorge Rojas, cantando a pocos metros de los bailarines. El cruce de miradas con el artista ocurrió más de una vez. Para el público fue un espectáculo folklórico poderoso. Para los integrantes de La Revuelta fue algo más profundo: una experiencia que mezcló felicidad, vértigo y una emoción difícil de explicar. Los cuerpos respondían con precisión a cada paso ensayado, pero por dentro la adrenalina recorría cada músculo.
Laura Latorre, una de las bailarinas del grupo, tardó dos días en comprender lo que había vivido. Mientras revisaba fotografías del evento, la emoción finalmente encontró su salida. Las lágrimas llegaron de golpe, como una confesión silenciosa. A sus cincuenta años, pensó, estaba bailando en un escenario junto a Jorge Rojas. Había comenzado a tomar clases de danza a los treinta, cuando la vida parecía ya tener otros caminos marcados. Nunca imaginó que terminaría bailando a un metro de uno de los artistas más importantes del folklore argentino. Durante años había asistido como espectadora a sus recitales. Aquella vez, en cambio, la música sucedía alrededor suyo. Y el escenario también.
Los varones del grupo sintieron algo similar. Todos experimentaron esa mezcla de orgullo y asombro que aparece cuando un sueño se vuelve repentinamente real. Ya no se trataba solamente de mostrar una coreografía bien ensayada. Era la sensación de estar ocupando un lugar ganado con tiempo, con esfuerzo y con amor por la danza.

Ese momento, breve y luminoso, se transformó en un punto de inflexión para La Revuelta. Además del material que luego compartirían en redes sociales, quedó la certeza de que nuevas puertas podían abrirse. El grupo incluso había presentado un proyecto en el área de Cultura del municipio con el objetivo de ser convocado en futuros eventos culturales. El camino, sin embargo, no había sido sencillo.
Cuatro de los bailarines eran profesores de danzas argentinas formados en el Instituto IDAF. El Chino había aprendido a tocar el bombo desde los once años y también se había formado en danza clásica. Laura, por su parte, había crecido escuchando folklore en su casa. A los ocho años comenzó a tocar la guitarra y a los doce ya enseñaba y daba clases. La cultura siempre había estado ahí, respirando en cada rincón de sus vidas.
Pero más allá de la formación, lo que realmente definía al grupo era el vínculo. La Revuelta también era el ritual de viajar juntos a pueblos cercanos como El Pingo o Pueblo Brugo, las comidas después de los ensayos, las charlas interminables donde se planificaban nuevas muestras y proyectos.
Y por sobre todo, el abrazo colectivo. Uno de esos abrazos había quedado grabado con especial fuerza en la memoria del grupo. Durante una presentación en el Teatro 3 de Febrero, una de las bailarinas atravesaba un momento de duelo. Aun así decidió presentarse, aunque advirtió que tal vez no podría dar lo mejor de sí. Cuando llegó al teatro, sus compañeros la rodearon en silencio. Ese gesto, recordó Laura tiempo después, fue suficiente para sostenerla en el escenario.
Ese era el espíritu de La Revuelta. Una fuerza que aparecía cada vez que el grupo se reunía, incluso cuando cada uno cargaba con sus propios problemas o preocupaciones. Cuando empezaba la música, algo cambiaba. Los ocho protagonistas parecían transformarse en una sola energía. “Salimos a romperla”, decían entre risas.
Quizás por eso aquella noche en la Fiesta del Guiso no fue solo una presentación más. Fue la confirmación de que la danza puede construir un lugar donde la vida se vuelve un poco más intensa, más luminosa. Un lugar donde el folklore no es solo tradición, sino también presente. Y donde un grupo de bailarines decidió seguir caminando juntos, convencido de que cada paso, cada ensayo y cada escenario forman parte de un viaje que todavía tiene muchas historias por bailar.
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