Por Emilio Abuaf
Una mano extendida llamó a un taxi. Desde la otra cuadra, un Corsa blanco con una abolladura en el frente delantero frenó en la esquina. Eufemia, resuelta, abrió la puerta izquierda de atrás; Mariela, despacio, rodeó al auto en un semicírculo y fue a sentarse al lado de su madre.
En el asiento de atrás había una rajadura en el tapizado, se escuchaba la voz de Alberto Castillo y desde el lugar de Mariela se veía una gamuza desteñida entre el volante y el tablero. Además, un escudo de Boca Juniors colgaba de una cinta amarilla en el espejo retrovisor.
—Calle ciento catorce, atrás de la Escuela Hogar —indicó la hija. El taxista la miró por el espejo retrovisor más de lo necesario y pisó el acelerador al mismo tiempo que sintonizaba otra estación de tango.
Mariela bajó del todo la ventanilla, se acomodó un poco el pelo y se recostó. Al instante subió la ventanilla hasta la mitad. Después sacó de su billetera trescientos pesos. Vio el taxímetro: cien pesos. A los segundos, levantó completamente la ventanilla.
Notó el polvillo del auto. Vio como al taxista le bajaban las gotas de sudor desde el cuero cabelludo mientras guardaba una botella de Coca-Cola entre su asiento y el freno de mano. Advirtió, también, que el seguro de su puerta estaba roto y que su alfombra se encontraba sucia y mal colocada. “Las personas son abandonadas. De verdad, las personas son abandonadas”.
A continuación, se fijó en Eufemia: el mentón un poco levantado, los penetrantes ojos color café, las arrugas en la comisura de los ojos, los labios finos y resecos, inmóviles. No tenía idea de qué pensaba. Eufemia era inexpresiva y Mariela detestaba eso.
Ella tenía ojos verdes, pecas en ambas mejillas, labios más gruesos y de un vivo color rojo. Todos le decían que era una mujer atractiva. Si hubiese conocido a su padre o aunque sea lo hubiera visto seguramente se sentiría más identificada.
Pero ni siquiera había visto una foto de él, tampoco sabía cómo era, a qué se dedicaba, solo conocía su nombre y apellido: Carlos Abecasis. Su madre nunca había querido darle explicaciones acerca de su ausencia. Simplemente, le dijo que las había abandonado de un día para otro. Ella siempre conservó algo de dudas sobre quién había abandonado a quién. Cada vez que intentaba sacar el tema, su madre se exasperaba y terminaba la conversación diciéndole que nunca necesitarían nada de un imbécil. Y no se hablaba más.
Cuando tenía dieciséis años había ido a ver a su tía en secreto con la sensación de que era su última esperanza. Le pidió, temblando y con los ojos rojos, que por lo menos le dijera quién era su progenitor. Su tía, luego de muchas dudas, se lo dijo y le aclaró que ella tampoco sabía nada más de él y también le rogó que por nada del mundo se lo dijera a Eufemia. Luego, Mariela esperó a que su madre se fuera a trabajar y lo buscó sin éxito en la guía telefónica. Al día siguiente, se escapó de la escuela y fue al registro civil.
Quizás fuera por miedo a la confirmación de que ella no era importante para nadie o deseó que las cosas permanecieran como estaban, o tal vez por ambos motivos; lo cierto es que cuando estuvo frente a la puerta del registro civil no quiso entrar. Años después pensó buscarlo en internet, pero había perdido fuerzas y seguramente su madre habría tenido razón. ¿Acaso él la había buscado todos aquellos años?
Ahora no importaba. Ahora había que ocuparse de conseguir plata; su trabajo tenía un sueldo mediocre, con un jefe todavía más mediocre. Tenía unos horarios asfixiantes; vivía en un barrio que daba miedo entrar después de las siete de la tarde y solo contaba con la persona que la acompañaba al lado en el asiento.
A los minutos dejaron atrás calle España y pasaron los locales céntricos. Empezó a buscar alguna forma de modificar, aunque sea un poco, lo que sentía.
Miró de vuelta el taxímetro: doscientos pesos; respiró hondo, guardó la billetera en su cartera y se fijó la hora en su celular: las siete y cuarto de la tarde.
El sol comenzaba a bajar y el día daba paso a la noche. Arriba, las nubes formaban ese color grisáceo que anunciaba lluvia. El viento hacía que los restos de basura: latas, envoltorios de comida y bolsas de plástico, junto con hojas y ramas partidas, se desparramaran de un lado al otro y chocaran entre sí. El clima era pesado, sofocante y segundo a segundo una sombra gris cubría a la ciudad.
Por fin, se decidió.
—El lunes tenemos que sacar el turno —dijo Mariela despacio.
—Hace lo que quieras —respondió Eufemia.
Mariela miró por la ventanilla.
—El lunes a la mañana saco el turno antes de entrar a mi trabajo —insistió.
Eufemia mantuvo su rostro hacia delante.
—Si vos querés perder el tiempo, allá vos.
—No es perder el tiempo —dijo Mariela todavía sin mirarla.
El taxi se detuvo ante un semáforo en rojo. Las dos mujeres vieron cómo los peatones cruzaban la calle. El semáforo pasó del rojo al amarillo, del amarillo al verde. El Corsa retomó la marcha.
—Yo el lunes trabajo; vos hacé lo que quieras.
—Tenés que venir vos también. Te tienen que ver otra vez.
—Yo el lunes trabajo; vos hace lo que quieras —repitió Eufemia.
—El señor Artiaga te va a entender perfectamente —dijo Mariela.
—No voy a faltar. Se trata de perder el tiempo, nada más; no seas estúpida.
Mariela pensó en los resultados de los estudios y contó hasta diez. Sus manos empezaron a temblar, apoyó su cabeza sobre la ventanilla, se le formó un nudo en la garganta y se tapó los ojos con la yema de sus dedos.
—No se trata de perder el tiempo, se trata de lo que tenés que hacer —dijo más fuerte.
—Sos una estúpida —respondió su madre.
—No soy estúpida. Tenés que seguir —continuó Mariela.
—Imbécil.
Eufemia sacó un cigarrillo y un encendedor de su vestido, sostuvo el cigarrillo por unos segundos entre su dedo índice y su dedo del medio, y lo encendió con su mano izquierda. Le dio una profunda pitada reavivando el color rojizo de la punta, abrió su ventanilla y lanzó la mayor parte del humo a la calle.
El agua de la lluvia comenzó a caer.
La hija la miró de reojo y pensó en responderle, pero se quedó callada; pensó en hacer algo, pero no hizo nada. Solamente, se preguntó sobre el porqué de todo aquello; sobre el porqué del atardecer de las personas.
Llegaron, Mariela pagó los trescientos pesos del viaje, salió rápido del auto y, con las lágrimas deslizándose por sus mejillas, cerró con fuerza la puerta.
Eufemia no se movió.
—No sé por qué hace todo esto —dijo mirando hacia adelante—. Si yo sé lo que me va a pasar: Yo sé que me voy a morir.
Eufemia bajó del taxi, tiró la colilla de cigarrillo de un saque y entró despacio a su casa.
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