Trabajadores

Por Martín Acevedo

Aunque parezca una premisa propia de libros de autoayuda, reconocer quiénes somos y el lugar que ocupamos en la sociedad constituye una condición indispensable para nuestra libertad (la real, no la que se convirtió en un eslogan vacío). La identidad se construye en el entramado de relaciones económicas, culturales y políticas que nos atraviesan. Entre ellas, la consciencia de clase ocupa un lugar determinante, nuestra posición no depende de aspiraciones individuales, sino de estructuras colectivas.
El discurso hegemónico insiste en segmentar los estratos sociales de acuerdo con el nivel de ingresos. Pertenecer a la “clase media” o a la “clase alta” es cuestión de cuánto dinero entra en el hogar. Este criterio falaz reduce la complejidad de la vida social a una cifra y oculta las verdaderas relaciones de poder. El eje que organiza la realidad económica no es cuánto ganamos, sino qué control tenemos sobre los medios de producción. Quienes poseen fábricas, tierras, capital financiero o plataformas tecnológicas ocupan un lugar radicalmente distinto al de quienes solo disponemos de nuestro tiempo, nuestra energía y nuestra fuerza de trabajo.
El extravío respecto de nuestro lugar en el sistema de producción no es inocente. Es, de hecho, una de las estrategias centrales del dispositivo opresivo que sostiene la desigualdad. Cuando los trabajadores desconocen el valor real de su labor, cuando se les convence de que su aporte es secundario o reemplazable, se asegura la perpetuación de un modelo que privilegia a los dueños de la maquinaria. La ignorancia inducida se convierte en una herramienta de control: cuanto menos conscientes somos de nuestra fuerza colectiva, más fácil resulta extraer ganancias desproporcionadas de nuestro esfuerzo.
Hoy la autoexplotación y el acceso a bienes de consumo acentúan aún más este espejismo. En una lógica neoliberal, trabajadores independientes se autoperciben empresarios, convencidos de que comparten intereses con los magnates de moda. No caen en la cuenta de que su subsistencia depende exclusivamente de la venta de su fuerza de trabajo y no del capital concentrado. Han, el filósofo surcoreano, desde su concepto de la “sociedad del cansancio”, nos alerta de que el patrón está internalizado, nosotros mismos nos esclavizamos, bajo la creencia de que el esfuerzo ilimitado es el camino a la realización personal. El microemprendedor, el repartidor de plataformas o el creativo digital que trabaja sin horarios encarna esta paradoja: se siente autónomo, pero en realidad está atrapado en un régimen de autoexplotación que lo desgasta y lo priva de libertad. A esto, desde otra perspectiva, se suma lo que Pierre Bourdieu advierte sobre el “capital simbólico”; el acceso a ciertos bienes, como celulares de determinadas marcas o viajes, enfatiza la ilusión de pertenencia a una clase social superior, pero no altera la estructura material. Quienes los ostentan dependen de su trabajo para vivir.
En nuestro país este movimiento discursivo tiene implicancias que van más allá de la mera manipulación para sostener un statu quo explotador. Engendra violencias que pueden romper las barreras de las palabras. Dividir a las personas entre “gente de bien” y “kukas” es el primer paso para legitimar acciones degradantes de la condición humana. Y esto no es nuevo. El desconocimiento de la dignidad de amplios sectores de la sociedad posibilita el ejercicio de violencia física y material sobre ellos. Por otro lado, la exaltación de los grupos opresores no solo legitima su accionar sino que los lleva a la cúspide del poder político, ya sea por la vía electoral (apalancados por los medios hegemónicos y, en el presente, por el algoritmo) o, como ocurrió hace 50 años, por las armas, con el fin de perpetuar el expolio de nuestros recursos naturales y culturales.

Seguí leyendo

Suscribite para acceder a todo el contenido exclusivo de El Telégrafo de Entre Ríos. Con un pequeño aporte mensual nos ayudas a generar contenido de calidad.


Ya soy miembro