Hace más de cinco décadas, la chata de carga naufragó en el Río de la Plata en medio de un temporal, cobrándose la vida de siete tripulantes santaelenenses. La memoria del hecho sigue viva, ahora con QR
Por Vicente Suárez Wollert
Santa Elena, en sus épocas de esplendor, contaba –además de su muelle– con una flota propia de barcos para transporte de cargas y de pasajeros. Guayquiraró, Nora, Duke of Atholl, Portman, Sofía, Bedford, Bovril, Nicolasita, entre otras, son las embarcaciones más recordadas e inmortalizadas en numerosas postales de distintas épocas, cuando los viajes por vía fluvial eran el medio de transporte por excelencia.
Ana Editorial, en la edición del libro Muelle Histórico, un portal de esperanza (2022), recupera la evolución del muelle y su vínculo con los principales acontecimientos de la comunidad: más rudimentario o más equipado, el muelle siempre fue portal hacia una nueva etapa. En barco arribó al puerto la imagen de Santa Elena, desde Buenos Aires, para inaugurar la capilla. Arribaron presidentes, autoridades de renombre, inversionistas, visitantes, curiosos y familiares de otros continentes que venían a reencontrarse con los suyos. Embarcaciones de menor y mayor rango, desde una goleta en 1890 hasta las anónimas y cotidianas de pescadores, vieron transitar por el muelle sueños, esperanzas, desahucios, desamores, bienvenidas y despedidas, crecientes y bajantes.
El 12 de septiembre de 1972, a las 10:30 de la mañana, la chata Carayá zarpó desde el Riachuelo con destino al puerto de Colonia, en la República Oriental del Uruguay. Transportaba unos 200 animales vacunos y navegaba sin radio y con escasos elementos de seguridad, al mando del capitán Neri Ortiz. Desde las primeras horas el oleaje del río fue intenso, y el ganado se desplazaba de un lado a otro dentro de la chata, comprometiendo su estabilidad.
Al mediodía se desató un fuerte temporal de viento y agua que sacudió con violencia a la pequeña embarcación, mal preparada para semejante bravura del río. El capitán de una draga que navegaba en la zona advirtió la situación y decidió seguir de cerca al Carayá ante cualquier emergencia. Esa decisión resultaría decisiva pocas horas después.
El vuelco se produjo de manera súbita alrededor de las 13:30, a la altura del kilómetro 505 del canal de navegación. Embarcación, tripulantes y animales desaparecieron en pocos minutos entre las aguas. Quienes alcanzaron a hacerlo se aferraron a algún elemento de flotación; otros libraron una lucha desesperada sujetándose de las aletas del barco o de la cola de los animales que aún nadaban, mientras el resto del ganado ya flotaba sin vida. La draga del Ministerio de Obras Públicas de la Nación llegó a tiempo para rescatar a varios de ellos, aunque no pudo evitar que la tragedia se cobrara siete vidas.
Los fallecidos fueron Neri Ortiz, capitán de la embarcación; Rodolfo Senac, jefe de máquinas; Aníbal Mario Soratti; Isaac Báez; Tránsito Ramón Báez; José Sotelo; y Bonifacio Cortés. Lograron sobrevivir Raúl Narváez, Gregorio Paz, José Soratti, Pedro Martínez, José Sixto Casco y José Silván, cuyos testimonios permitieron reconstruir, con el paso de los años, los detalles de aquellas horas trágicas.
El naufragio impactó profundamente en Santa Elena, donde las víctimas eran reconocidas no sólo por sus oficios, sino también por sus vínculos comunitarios. Hombres nacidos o criados en esta localidad entrerriana habían partido en busca de sustento y varios de ellos nunca regresaron. La noticia llegó de forma fragmentada, en una época sin redes sociales ni comunicación instantánea, lo que sumó a la tragedia una dolorosa espera para las familias, que anhelaban un milagro que no llegó para todos.
La magnitud del desastre y la dimensión del duelo colectivo impulsaron, con los años, la necesidad de mantener viva la memoria. Así fue que, en la década de 1990, se instaló en la zona costanera de Santa Elena un monumento conmemorativo en homenaje a las víctimas del Carayá. Se trata de una escultura ubicada a pocos metros del antiguo muelle de la ciudad, que representa la mítica tormenta de Santa Rosa abrazando a la embarcación, junto a algunas placas que también conmemoran. Allí, frente al río Paraná, donde tantos de esos hombres aprendieron a navegar, la comunidad levantó un símbolo de recuerdo, respeto y resistencia frente al olvido. Aquel gesto, impulsado por familiares y vecinos, resignificó el espacio público como un lugar de duelo compartido.
En 2024, la Asociación Siglo y Medio – Cultura Accesible colocó una placa con código QR junto al monumento. Este dispositivo permite, a través de un teléfono celular, acceder a una reconstrucción digital e histórica del suceso, conocer los nombres de los tripulantes, ver fotografías y recuperar testimonios de sobrevivientes y familiares. Es un gesto de memoria activa, que combina tradición oral, investigación histórica y tecnología, con el propósito de acercar la historia a las nuevas generaciones. También representa una forma de reparación simbólica para las familias, cuyas heridas nunca terminaron de cerrar.

El hundimiento del Carayá no fue sólo una tragedia individual o familiar, sino también colectiva. Puso en evidencia las condiciones laborales precarias a las que estaban expuestos muchos trabajadores fluviales y la falta de respuesta adecuada ante emergencias de este tipo. A pesar de los intentos posteriores por esclarecer lo ocurrido, el caso quedó envuelto en el silencio burocrático. No hubo una investigación exhaustiva ni responsables identificados, lo que incrementó la sensación de injusticia y desamparo.
Sin embargo, el pueblo no olvidó. Cada aniversario reúne a vecinos, familiares y autoridades frente al monumento para recordar a los que partieron. En escuelas, museos y centros culturales se recupera su historia como parte del patrimonio local. Las imágenes en blanco y negro, los recortes de diario, las cartas y documentos son ahora parte de una memoria viva, que sigue construyéndose año tras año.
Los rostros de Neri Ortiz, Rodolfo Senac, Aníbal Mario Soratti, Isaac Báez, Tránsito Ramón Báez, José Sotelo y Bonifacio Cortés, registrados en antiguos periódicos, aún conmueven. Sus hijos y familiares aún los recuerdan. Las fotos de la embarcación, con su nombre grabado en la proa, circulan en redes y exposiciones como las del Museo y Archivo Histórico de Santa Elena.

De acuerdo con las bitácoras de viaje de diferentes embarcaciones y relevamientos de la Prefectura Naval Argentina, el barco se encuentra en la zona rioplatense E, a 34º 23,671’ S – 58º 01,726’ W, frente a la ciudad de Buenos Aires. La Asociación Siglo y Medio solicitó la señalización también en dicho espacio digital, que hoy puede consultarse a través de Google Maps, el servicio de Hidrografía Naval y la web de información para navegantes Cibernáutica, utilizando las coordenadas mencionadas.
A más de medio siglo de aquel “viaje sin retorno”, como tituló la prensa de entonces, la historia del Carayá sigue siendo contada. No como una tragedia aislada, sino como una parte constitutiva del tejido emocional de Santa Elena. Un suceso que duele, pero que también convoca a preservar la memoria, a construir justicia simbólica y a honrar la vida de quienes navegaron con dignidad y coraje, aun en las peores condiciones.
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