Por Homo Martín Acevedo
Desde la noche de los tiempos, narramos. Hombres y mujeres contaron historias alrededor de una fogata para los suyos, sus compañeros en el viaje de la vida, miembros de sus grupos, clanes —para ser más precisos—. Se detuvieron en detalles de cacerías, explicaron, tal vez, las causas de su realidad por medio de relatos aún más ancestrales que su propia existencia remota. Aunque pensemos que todo eso se perdió, no podemos olvidar que persistieron en forma de leyendas que las grandes religiones tomaron e hicieron parte de sus cosmogonías, que hasta hoy —con menor pregnancia— influyen en nuestra mirada sobre el mundo que habitamos.
Más próximo a nuestra época —a pesar de que distan veintiocho siglos— tampoco podemos obviar que las grandes piezas que dieron origen a la literatura occidental también fueron narraciones para ser escuchadas en comunidad. Homero, como aedo, cantó —no solo compuso– la Ilíada y la Odisea.
Incluso, ya en la Modernidad la lectura fue un fenómeno grupal, aunque había perdido su carácter colectivo. Podemos imaginar –y reconstruir– una escena decimonónica en la que un adulto, padre o madre, leía a los más chicos. De todas formas, ya existía el lector solitario, aislado en una típica estampa burguesa.
Tanto los discursos, sagrados o ficticios, como las prácticas en torno a ellos servían como factor sustancial en la cohesión social. Somos seres que percibimos y moldeamos nuestra experiencia por medio de símbolos y estos relatos nos brindaban marco de referencias claros, eran faros mentales sobre el bien, el mal y la importancia de comprender que los individuos trascendemos en los grupos.
Hoy estas experiencias colectivas crujen, tal como lo señala Byung-Chul Han en La crisis de la narración.
Hace pocas décadas cuestionábamos que las familias se reunieran alrededor del televisor, ahora –como lo señalamos tantas veces– estamos en las burbujas que emergen de las pantallas que llevamos en las manos, ese resplandor que envuelve nuestras cabezas.
Los relatos ancestrales, que nos guiaban hacia un horizonte común, fueron desplazados por ficciones estandarizadas, centradas en el individuo y su lucha solitaria contra el mal. Y lo que es aún más preocupante, en los últimos años, operaron como discursos justificantes y legitimantes del afán destructivo, del ser antisocial, de la sociopatía. Tanto los niños como los adultos precisan claros marcos de referencia, no simplistas, desde la complejidad, pero sí que señalen un rumbo hacia valores edificantes.
Que el panorama es desolador es más que una frase hecha. A partir de la descripción anterior, cobra cabal sentido y profundidad. Sin embargo, a veces de forma incipiente, nos rebelamos ante ese proceso deshumanizante. Basta que una serie como El Eternauta tenga lugar en una plataforma masiva para que nos volquemos a verla, leer la historieta original y tomar como premisa que “nadie se salva solo”. Juan Salvo deviene en el Ulises de una epopeya vernácula compuesta en un set de filmación. Y todos nos convertimos en parte de la tripulación que trata de sobrevivir a la devastación apocalíptica, dada esta vez en suelo patrio.
Encontramos también un refugio en experiencias más cercanas y locales. Las peñas folclóricas, sin ir más lejos, convocan hasta en la ciudad de Buenos Aires, y nos ponen, a todos, en contacto con expresiones artísticas que dan cuenta de realidades profundas de nuestro ser nacional.
Porque somos las historias que contamos, buscamos escribir, cantar y mostrar. Le damos sentido así a nuestro paso por esta pequeña roca azul. Para eso inventaremos, si nos dejan o lucharemos para hacerlo, relatos que den sentido a nuestra civilización, a nuestra sociedad y a nuestro rincón en el mundo.
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