Por Martín Acevedo
En estos tiempos, escribir sobre el amor podría considerarse una muestra de candidez, una idea trasnochada de un ingenuo anacrónico. Hoy, a lo sumo, lo que importa es el amor propio —aunque ya veremos que tampoco es así—. En el paradigma actual, los valores rectores son la productividad —la autoexplotación, en otras palabras— y el disfrute. Todo a ser vivido en un vertiginoso presente que excluye tanto un anclaje en el pasado como la proyección de la construcción de un porvenir que trascienda la mera existencia individual.
La cultura del descarte —que tanto denunció Francisco— invalida tender puentes hacia un otro, alojar la alteridad en nuestra subjetividad. Esto no solo lleva a la desintegración social, también atenta contra la construcción de vínculos íntimos. En un mundo que nos entrena para reemplazar lo que incomoda, los lazos afectivos quedan sometidos a la misma lógica de lo útil y lo inmediato. Pero el amor, a diferencia del consumo, exige duración, cuidado y vulnerabilidad, pide permanecer, no huir. En este sentido, no es extraño encontrar en el discurso cotidiano de las redes sociales una apología constante al desapego, al mandato de soltar, a la romantización del aislamiento, confundido con la soledad como un encuentro con uno mismo. Esta atomización es profunda y pone en jaque de forma directa la misma condición humana.
Quizá fue el amor el principal atributo para nuestra supervivencia, algo así como la llave de nuestra evolución. Aunque la idea imperante trate de sostener, desde su perspectiva deshumanizante, que la competencia es el motor del desarrollo, en realidad, la cooperación fue decisiva para la persistencia del Homo sapiens. Sobrevivimos porque trabajamos en equipos, cazamos en grupos con estrategias compartidas, velamos el sueño de los nuestros, cuidamos de los recién nacidos y también de los ancianos, que nos brindaban su conocimiento. Así pudimos desarrollarnos en base al legado de otros y no tener que reiniciar, una y otra vez, el aprendizaje desde cero. El saber pasó de una generación a otra. El sentimiento del que tratamos —en sus formas más elementales— fue una estrategia adaptativa. Por eso, resulta tan contradictorio que hoy se celebre la autosuficiencia como virtud, cuando lo que nos hizo humanos fue la interdependencia.
En nuestro presente el único tipo de amor que se exalta es el propio. Cabría preguntarse si no se trata de mera vanidad. Philautia, para los antiguos griegos, era el nombre de este sentimiento, una tendencia hacia el cultivo de las virtudes individuales para luego proyectarlas al entorno. Aunque, ya Aristóteles en Ética a Nicómaco, libro en el que trató este concepto, advertía sobre una derivación negativa que lleva a la soberbia y a la codicia. Sin embargo, destacó que la philautia positiva es el sustento de la virtud. Hoy se lo promueve como un ejercicio de autoafirmación ilimitada, una práctica que busca aislar al individuo antes que propiciar el encuentro. El ego se volvió un refugio y una vidriera.
Incluso el desarrollo personal se disuelve hasta hacerse insustancial. El amor líquido —en el sentido que le da Bauman, como vínculo sin espesor ni duración— no solo desintegra los vínculos personales y sociales, también horada la propia construcción subjetiva, para convertirnos en consumidores vacíos, convencidos de desear lo que se nos ofrece. Nuestras metas y aspiraciones ya no nacen de un trabajo interior, sino que vienen prefabricadas por un dispositivo que tritura nuestras identidades individuales y colectivas.
Es así que, en el hoy que habitamos, amar es uno de los actos más revolucionarios. Se trata, en otras palabras, de dedicación, de un movimiento consciente hacia el otro, no solo a través de las relaciones personales, sino también hacia una profesión, la sociedad. Dar de uno mismo para trascender en los demás, en otros sapiens, como hubiera dicho Mujica.
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