La Bandera, ese símbolo

Por Martín Acevedo

El 20 de junio de 1820, hace más de dos siglos, Manuel Belgrano dejó su vida terrenal para seguir el combate desde la eternidad. En la pobreza extrema, sin siquiera tener con qué pagar la lápida de su tumba, y olvidado, después de haber entregado su existencia a forjar la génesis de la Nación, murió uno de los verdaderos padres de nuestra Patria —porque si alguien es merecedor, junto a San Martín, de llevar ese título es él—. Belgrano trasciende el símbolo que nos legó y por el que solemos recordarlo; es mucho más que el creador de la Bandera. Fue un visionario que soñó un futuro libre y soberano para quienes habitamos estas tierras en el confín austral.

Escribir sobre este prócer, explayarse sobre cómo su talla excede la de un militar e, incluso, la de un hombre de letras, puede parecer innecesario, pero en el tiempo que vivimos, en el que el presente se expande hasta el vértigo, no ya como un atisbo a la eternidad sino como una distopía en la que perdimos cualquier anclaje en nuestro pasado, vivimos sin saber de dónde venimos y sin importarnos el rumbo hacia el que vamos. En esta extrema actualidad la figura de Belgrano, y las de otros prohombres, nos interpela e incomoda. Aunque no fue afectado de forma directa, la sustitución, en los billetes, de las efigies de figuras históricas por las de animales, que un pasado gobierno implementó, es un claro ejemplo de este fenómeno. Por supuesto, no desdeñamos la reivindicación de nuestra fauna, pero la eliminación, icónica y simbólica del pasado, no es inocente. Sin la referencia clara de quienes nos precedieron, somos muy fáciles de dominar, sin conocer los sueños que intentaron forjar a costa de sus vidas, sin ser conscientes de la grandeza de la Nación que nos legaron.

Es así que cualquier recuerdo a Belgrano, más que obvio, es insuficiente. Un hombre que no se conformó con aceptar la comodidad del statu quo, fue rebelde en el cabal sentido del término. Cuestionó las condiciones de su época y participó en todas las esferas políticas para llevar sus ideales de emancipación a la realidad.

En su multifacético destino desarrolló una carrera periodística, en la que se destacó su labor en el periódico El Telégrafo Mercantil —origen del nombre de nuestro semanario—. Defendió, desde un cargo en el Cabildo, luego de la Revolución de Mayo, la libertad de expresión con la finalidad de que la prensa actuara como defensa de los intereses del pueblo.

Destacable e ineludible, su aporte a la educación pública sentó un antecedente que lo coloca como un verdadero pionero en este campo. Belgrano, desde su puesto en el Consulado de Comercio, fundó, en 1799, la Escuela de Náutica y la Academia de Geometría y Dibujo. Además, promovió, como un auténtico visionario, la educación formal de las mujeres, puesto que las consideraba parte fundamental de la sociedad. Abogó por la formación como uno de los pilares claves del desarrollo económico y el bienestar general de la población.

Fue un incansable promotor de la industria local. Su célebre frase “No exportemos cuero, exportemos zapatos” da cuenta de su pensamiento respecto a este tema. Pero esto no era, para él, en desmedro del desarrollo agrícola. Entendía la economía en su complejidad y sabía que cada engranaje es parte de un sistema. En este mismo sentido, defendió una reforma agraria.  Consideraba que cada persona debía ser dueña de la tierra que trabajaba. Siempre protegió a los artesanos y productores nacionales. Trató de ampararlos mediante distintos instrumentos, como créditos, de la competencia desleal que ejercían las potencias extranjeras de aquella época.

Cuando su tiempo se lo demandó, tomó las armas. Participó en la defensa de Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas.  Un hombre del derecho y la economía supo liderar ejércitos. En pocas palabras, cabe decir que el Territorio Nacional llega hasta donde alcanzó el triunfo de su espada. Con una corta instrucción militar —según sus propias palabras—, se mostró como un gran estratega, a quien el propio San Martín felicitó.

Fue un partícipe fundamental en la Revolución de Mayo y en la Declaración de la Independencia, hitos constitutivos de la Argentina.

Estas líneas son insuficientes y hasta indignas ante el legado de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Merece el mármol y el bronce perpetuo, no solo por su entrega por la construcción de la Nación, sino también para que nos miremos en él y no permitamos la entrega de la Patria. Luchó por un país desarrollado, inclusivo, libre y soberano. 

Somos el porvenir de esos 

varones,

la justificación de aquellos muertos;

nuestro deber es la gloriosa carga

que a nuestra sombra legan esas sombras

que debemos salvar.

Fragmento de “Oda escrita en 1966”, de Jorge Luis Borges.  

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