La pasión por un deporte que une generaciones en todo el país y en una provincia donde todo pasa por el mate, las pausas, el trabajo y la familia. Un relato desde el hoy hasta el ayer y con un mañana esperanzador
Por César Luis Penna
Como cada cuatro años comenzó un nuevo Mundial de Fútbol, la misma pasión que enloquece a miles de personas los fines de semana, pero de selecciones nacionales. No hace falta ser un genio para recordar que cada vez que la pelotita rueda pasan muchas cosas que perjudican a los ciudadanos inocentes de esta gran Nación.
Es un mes en que dejamos todo por ver los partidos de la Selección Argentina, que muchas veces nos agarran trabajando o estudiando. Esa sensación de verlos con otras personas, de compartir los nervios y las alegrías es única. Debe ser lo más cercano a estar en una tribuna.
En el Mundial de Catar me tocó trabajar para el segundo partido contra México, era noviembre y tenía horas en la escuela Tabaré. Miré el primer tiempo y para el segundo me fui. En la calle no circulaba nadie, parecía una película apocalíptica. En el aula estaban casi todos los chicos y como sólo le interesaba a uno les di clase igual, mientras estábamos al tanto del resultado.
En otros mundiales veía los partidos que podía, muchas veces me tocaban en épocas de cursado o trabajo sin acceso a una pantalla. En varias oportunidades pasé por la peatonal frente a las vidrieras de Casa Rizzi, de El Entrerriano o de Costa Azul, pero más que nada veía los partidos a través de los ojos de mi viejo. Cuando llegaba le preguntaba cómo iban o cómo habían salido, gratos momentos que atesoro.
Junio es el mes
Este junio nos toca ver los partidos en horarios en los que estamos todos en casa, salvo uno en el que estaremos en la escuela compartiendo mates, alguna torta frita y las emociones del partido. Este Mundial es especial porque es el último de Messi y el primero de muchos jugadores que todos esperamos que rindan tan bien como lo hicieron todos los muchachos en aquel lejano 2022. Pase lo que pase en estos cuatro primeros partidos tanto el técnico como los jugadores nos han dado la alegría más grande desde 1986 y se merecen lo mejor.
De lo escrito
Alguna vez escribí (Crónicas de un Heavy Metal, Ana Editorial, 2019) que en la casa de mi tío Horacio estaban mirando la final en México, con el Diego a la cabeza, y me llevaron ahí para salir después todos alegres a la plaza a festejar, en plena lluvia, aquella segunda Copa. Para el 90 la radio era la reina y escuchamos todos los partidos por AM. Muchas veces oí: “Pilatos Pilatos, si no ganamos no te desato” de la boca de mi mamá y creí por décadas que el fútbol era así, que había rituales que debían cumplirse para ayudar a los muchachos y las promesas que se hacían había que cumplirlas si se daba el resultado. Me pregunto cuántas se habrán hecho para ganar una Libertadores, una Copa América o un Mundial.

Picardías y no tanto
Todos señalaron siempre al doctor Bilardo por la travesura del bidón en el 90 y nadie nunca señaló al responsable de dejar afuera al Diego del 94, un Mundial que prácticamente teníamos ganado. Una jugada política que sólo sirvió para dejarnos a todos tristes y bancando al astro del fútbol para siempre.
En esa época estaba en la secundaria, vi todos los partidos solo porque mi viejo trabajaba en el mercado central y miraba los partidos ahí con los puesteros, mientras que mi hermano no aparecía hasta la hora de dormir.
Para los mundiales siguientes, desde el oscuro rincón del barrio Paraná V podía ver cómo se hacían los lesionados, cómo se quedaban atrás de la marca para que los rivales ganaran, cómo insistían en desbordar y tirar centros ante una defensa de tipos tan altos como basquetbolistas y cómo se olvidaban de patear al arco; me di cuenta que era inútil seguir buscando una alegría colectiva en un deporte con tantas aristas negativas, debía ir por otro lado… el musical.
La alegría más grande de todas
Para el 2022 estaba listo para reencontrarme con la pasión por mirar fútbol, ya no lo tenía a mi viejo que por suerte pudo ver a Messi ganando la Finalísima. Después de aquel partido vivido en la escuela, los siguientes los vi solo con mi perro con unos nervios como si estuviera en la cancha. No sé por qué veía en ellos eso que en el 86 tenían los jugadores, lo podía ver a miles de kilómetros de distancia, eso que se llama: ganas de ser los mejores del mundo para siempre.
Para los octavos de final no me entraba ningún líquido siquiera y más que alentar insultaba a los oponentes. En esa época salía con una chica que no le interesaba mirar los partidos conmigo, pero sí con familiares que ni siquiera toleraba. Al igual que en el 94 preferí mirarlo solo, más por cábala que por otra cosa. No recité a “Pilatos”, pero estuve cerca.
En cuartos los insultos hacia los rivales se escuchaban desde la plaza del barrio, pero como todos estaban en su mundo nadie escuchó nada. Mis festejos sólo eran relajarme con una coquita o una cervelata. Para la semifinal traté de verlo acompañado, pero no hubo caso, no podía tragar saliva siquiera. Para la final los insultos iban a la par de los gritos de aliento. Para cuando llegaron los penales estaba en la punta del sillón y Chiquito, mi perro, estaba ahí conmigo como si mi viejo estuviera a su lado. Para mí estábamos los tres festejando cada gol y cada atajada del Dibu con las lágrimas a punto de estallar. Nunca había visto tanto festejo, nunca había sentido esas ganas de salir con la bandera atada al cuello y abrazar a cualquiera y festejar junto con miles de vecinos en la Plaza 1° de Mayo.
Vi todo lo que pude en la tele, cerré todo y me fui en moto hasta el centro, sólo pude llegar hasta calle Belgrano de la cantidad de gente que había, la ciudad estaba vestida de celeste y blanco. Me volví en una caravana hasta calle Zanni y rompí la formación recién ahí. Iba lagrimeando casi todo el camino, por los que no estaban, por los que sí y por los que allá, a miles de kilómetros, se jugaron todo para darle alegría a 46 millones de argentinos.
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