El espejismo de lo fácil

Por Martín Acevedo

La generación que hoy ronda los 40 años de edad protagoniza una de las mayores crisis de parentalidad a nivel mundial. Quienes podrían ser padres deciden no serlo, no ejercer la paternidad ni la maternidad. La escolaridad es la primera esfera que se ve afectada por el fenómeno. Los jardines de infantes de la Ciudad de Buenos Aires, que antes tenían listas de espera para la admisión de estudiantes, hoy tienen sus aulas vacías. Algunos, incluso, deben cerrar sus puertas. Por supuesto, esta situación avizora una problemática aún mayor, quiénes contribuirán a la seguridad social en el futuro, cómo se sostendrá una economía sin trabajadores ni consumidores.

Las explicaciones, aunque diversas, confluyen en que la inestabilidad sistémica es el factor fundamental para que los millennials se abstengan de la reproducción. En esta línea, podríamos pensar que, durante las décadas de bonanza propiciadas por el Estado de bienestar capitalista, las personas de ingresos medios sintieron la tranquilidad para poder desarrollar sus proyectos de vida, los chalets suburbanos, el automóvil y las despensas bien abastecidas. En la actualidad todo eso parece una mera quimera nostálgica. Los trabajadores de hoy enfrentan a diario la incertidumbre. No tienen garantizado su puesto laboral y, últimamente, tampoco el monto de sus salarios. Además, los precios de las propiedades hicieron inalcanzable la meta de la vivienda propia. Viven en departamentos que alquilan. Y, a pesar de que parezca superfluo, hasta la música y las producciones audiovisuales que los distraen son alquiladas, todo depende de un plan de suscripción.

No podemos obviar las proyecciones sobre la realidad social, política y ecológica global. Todos los indicios, y las pruebas, indican que vamos hacia un colapso que podría poner en jaque nuestra existencia tal como la conocemos. 

Ante semejante panorama, no resulta extraño que masivamente las personas decidan no traer hijos al mundo. Sin embargo, debemos señalar una causa que pasa desapercibida en muchos análisis. Desde el establecimiento del neoliberalismo como paradigma económico dominante, se nos convenció, a través de los medios masivos —no sólo con los mensajes sino también por sus modos de operatoria, el zapping, por ejemplo—, que todo es fácil, que la felicidad tiene un precio que se compra en un centro comercial y que el aburrimiento se soluciona al presionar un botón. En el presente, la sensación de accesibilidad a la satisfacción se potenció. La aspiración que guía el accionar de los adultos es el turismo de consumo y, sobre todo, su exhibición mediante fotos perfectas compartidas en redes sociales.

La humanidad ya atravesó épocas adversas, incluso apocalípticas, pero lo que las distingue de la actualidad es que hoy se nos insertó en la mente una cultura del disfrute permanente que antagoniza con la construcción de proyectos a largo plazo.

La crisis de natalidad no se explica sólo por la inestabilidad económica o por el temor al futuro, sino por un espejismo más profundo, la ilusión de que la vida debe ser fácil. En una época que nos promete satisfacción inmediata, cualquier proyecto que requiera esfuerzo sostenido parece excesivo. Y criar es, precisamente, lo contrario del espejismo: es apostar por lo difícil, por lo lento, por lo que no se puede alquilar ni descartar. Sin dudas, la trascendencia en los hijos constituye un compromiso perpetuo, algo muy distante a la lógica de lo efímero y desaprensivo, pero es lo único que nos puede mover más allá de nuestra mera existencia y que nos enfrenta ante el cobijo más profundo a la alteridad. Es saber que continuamos en otros. La parentalidad es el único proyecto que resiste al mecanismo del consumo y nos devuelve a la trama social. En síntesis, es otra forma de resistencia.  

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