No me gusta viajar

Por César Luis Penna

—Buen día. ¡No me gusta viajar doctor!, todo el mundo me dice que soy un anormal y no puedo explicarle a cada uno el porqué. ¿Qué hago?

El psicólogo lo miró de arriba abajo, vio cómo estaba vestido, qué hacía con sus manos, hacia dónde iba su mirada cuando hablaba, mientras se aguantaba todo lo posible de corregirlo en eso de que no es doctor. 

—Mire…

—¿Adónde, adónde?

—Aumente la calma—, le dijo parafraseando a una película de los años 90— Primero, ¿quién le dice esas cosas?  

—Todos los que me preguntan dónde voy de vacaciones o a donde fui. 

—¡Mienta hombre!, la gente le va a creer, parece un hombre sensato, trabajador, todos le van a creer.

—¡Gracias, doctor, hasta la próxima!

—Espere, ni siquiera hemos comenzado ¡Era un chiste! El problema es ¿por qué le afecta lo que los demás digan? Todos tenemos gustos particulares, a no todos, por ejemplo, les gustan las tortas, el vino o el asado. 

El hombre estaba sentado, nervioso, se quería ir, pero debía quedarse y tener una respuesta. No podía seguir así y el psicólogo sabía que había mucho más de lo que había dicho. 

—Siéntese en el sillón y charlemos, ¿quién le insiste en viajar que le causa tantos trastornos?  

—Mi mujer, doctor, desde que somos novios vive insistiendo cada vez que puede para ir tal lado o al otro y siempre la pilotié con el factor económico, pero llegó un punto que ya no sé qué hacer, me angustia muchísimo, y en la oficina, por más que los esquive después de las vacaciones, todo el mundo habla de los viajes a Europa, al Caribe o al sur de nuestro país, pero yo no soy así y por más que lo intente no los puedo esquivar para siempre. 

—Vamos por el principio, ¿cuándo fue la primera y la última vez que viajó?  

Antes de contestar el profesional instó a su visitante a relajarse más, le ofreció un café y lo invitó a respirar tranquilamente y recordar… 

—La primera vez fue con mi familia, era tan chico que sólo recuerdo ver por una ventanilla y la sonrisa de mamá ajustándome el cinturón de seguridad. Era muy chico y recuerdos auditivos no tengo, pero ese fue el primero. Donde fuimos no sé, pero volvimos y estábamos felices. La última… no lo recuerdo.  

—Haga un esfuerzo… todo lo que diga quedará entre usted y yo.

—Bueno, fue cuando tenía 30 años, durante toda la universidad viajé mucho con mis compañeros, viajamos a casi todos los rincones del país. Cuando me recibí no moví un pie fuera de mi ciudad. Hasta que un día, ya trabajando de administrativo, vi una publicidad, llamé y me subí al micro de larga distancia.   

—Bien, adelante… 

—No, no atrás cerca del motor me tocó. 

–¡Que prosiga, hombre!

–¡Era un chiste! Bueno, me tocó en el piso de arriba, justo a la mitad. El micro desde que salió fue parando en varios lugares. Después de la primera parada me dormí para despertarme por urgencias de la vejiga, pero ya no estaba sentado solo, había alguien sentado a mi lado. Era invierno y la persona estaba muy abrigada, le pedí permiso para bajar y cuando volví tenía la cara descubierta. Era una hermosa mujer, rubia de cabellos suaves, tez blanca como el algodón, labios finos apenas colorados como pétalos. 

¿Todo bien?, preguntó ella. Sí, claro, le respondí poniéndome colorado de inmediato de la vergüenza por el lugar de donde venía y lo incómodo que era.

—Va al sur o se queda en el camino —me dijo con una media sonrisa. 

—Sí, hasta el final del camino, a Bariloche, ¿viaja sola? 

—Sí, aunque nunca se sabe, tal vez no llegue sola. 

Cuando me dijo eso ya estaba a punto de preparar el mate para amenizar el viaje, tal vez no llegaríamos por separado. Comenzó a hablar bajito de muchas cosas, con una voz tan dulce como tranquilizadora, tanto que me relajé y me dormí. Cuando desperté seguía hablando, como no podía hilar la conversación, la interrumpí y le pregunté de dónde era y a qué se dedicaba. 

De La Pampa dijo, de una localidad tan efímera que ni siquiera recuerdo, maestra de profesión y soltera por lo que interpreté. 

El psicólogo sólo lo miraba y anotaba cosas para no olvidarse.

—Lo que sí, doctor, tenía un perfume floral hermoso. Entonces ahí íbamos los dos, para esa altura ella me encantaba, traté de convidarle un mate, pero no quiso, sentía que sonreía como un niño y que estaba todo bien. Antes de salir de La Pampa el micro hizo una parada en una estación de servicio donde todos bajaron a estirar las piernas y cargar más agua caliente y comprar algo para desayunar. 

Un viento helado nos sorprendió y tiritó de frío, no tarde ni una milésima de segundo en abrazarla para darle calor. Dejó de temblar y justo salieron los choferes con café gigante para volver al micro. Traté de cambiarle el asiento, pero no hubo forma, ella quería ir del lado del pasillo. Fuimos hablando por algunos kilómetros mirándonos a la cara y a pocos centímetros. En algún momento quedó todo oscuro y ella se durmió y yo también.  

Me desperté y no quería abrir los ojos, su perfume me abrazaba, cuando los abrí ella no estaba. Esperé un rato pensando que había ido al baño del micro, como se demoraba fui a ver si le pasaba algo, tal vez necesitaba alguna cosa. Bajé las escaleras y el baño estaba vacío, pregunté si la habían visto y nadie supo responder. Volví a mi asiento y cerré los ojos y quedé abrazado por su aroma.

Cuando llegamos a destino les pregunté a los choferes si la habían bajado antes, ellos negaron siquiera detenerse desde la estación de servicios. Cuando les conté la historia, al mismo tiempo los dos choferes dijeron: “La Sirena. Muchos nos han contado historias similares, a veces es una chica, a veces una anciana o una señora. Muchos dicen oler a flores como cuando un espíritu bueno anda entre nosotros. Eso dicen los pasajeros que la han conocido…” 

Sólo tomé mi equipaje y me retiré, como en shock. 

—¿Después de eso no viajó más? 

—Nunca me atreví. Cuando me casé, varios años después fuimos de luna de miel por acá cerca, pero me horroriza viajar lejos, no quiero. 

—Pero vea usted, le tocó vivir una experiencia extraña, anormal, pero no mala. Eso no debería llenarlo de un miedo paralizante, debe hacerlo de nuevo, ahora está acompañado. Está en sus manos hacer feliz, con esa pequeña cosa material, a su compañera. 

—Sí, eso sí, ¡gracias, doctor!   

—Terminamos la sesión por hoy— dijo el psicólogo con seguridad.         

El paciente tomó su campera y salió, antes de llegar al ascensor se acordó que no le había dado un turno para próxima vez y volvió. Golpeó la puerta y se abrió sola, extrañamente en el departamento no había nada ni nadie, sólo el sillón donde se había sentado y un perfume a flores. 

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