Norberto De la Riestra: el que dio origen a un lugar que no conoció

Hay un nombre que aparece en los inicios de Santa Elena sin que casi nadie sepa quién fue realmente. A 147 años de su fallecimiento, la identidad del financista que nunca pisó la ciudad del norte entrerriano que originó

Por Vicente Suárez Wollert

A Norberto De la Riestra se lo cita como fundador, se lo menciona en actos y placas, pero pocos conocen que detrás de esas tres firmas de 1871 hay una vida de fugas, negociaciones al filo del escándalo y una carrera política tan intensa que, muy probablemente, nunca le dejó tiempo para conocer las tierras que ayudó a poner en marcha.

Nació en San Antonio de Areco en 1820, hijo de don Álvaro de la Riestra y Teresa Martínez, junto a sus hermanos Hermenegildo y Eustaquio. A los 20 años ya estaba metido en una guerra: se sumó a la campaña unitaria de Juan Lavalle contra Juan Manuel de Rosas, que en 1840 invadió la provincia de Buenos Aires. Cuando todo se derrumbó, Norberto no acompañó la retirada del ejército vencido, sino que huyó por su cuenta a Montevideo y de ahí a Londres. Fue allí, lejos de la guerra, donde encontró su verdadero terreno: una casa comercial lo empleó y en 1849 lo mandó de vuelta a Buenos Aires como su representante. Se hizo anunciar como experto en finanzas y la ciudad le creyó.

Esa fama lo catapultó. En 1852, tras la caída de Rosas, ya era legislador porteño y desde ahí no paró: se metió en la revolución del 11 de septiembre de ese año, ayudó a financiar la defensa de Buenos Aires durante el sitio del general Lagos y hasta tuvo un rol nada menor en la organización de un soborno al jefe de la flota de la Confederación Argentina, episodio que cualquier novela histórica envidiaría. Como ministro de Hacienda porteño —cargo que ocupó dos veces— le tocó lidiar con la vieja deuda con la Banca Baring, arrastrada sin orden desde la caída de Rivadavia, y la resolvió aceptando sin chistar intereses castigadores con tal de destrabar crédito internacional. También administró el Ferrocarril Oeste, el primero del país, fue senador provincial, viajó a Paraguay a jurarle a Francisco Solano López una neutralidad argentina que el propio Mitre violaría poco después y cruzó otra vez el océano para negociar en Londres un crédito leonino que terminó pagando la guerra contra ese mismo Paraguay. Integró la reforma de la Constitución porteña de 1873 y presidió directorios bancarios de peso, hasta que en 1876 volvió al Ministerio de Hacienda nacional, esta vez en medio de una crisis económica que la propia deuda que él había contraído años antes ayudaba a explicar. Dejó el cargo en 1878 y pasó sus últimos años representando bancos ingleses. Murió en Buenos Aires el 3 de julio de 1879, a los 59 años.

Y sin embargo, en medio de ese torbellino de finanzas, guerras y traiciones diplomáticas, hubo un paréntesis casi doméstico: el 2 de octubre de 1871, en Buenos Aires, firmó junto a su hermano Eustaquio y a don Federico González —vecino de la ciudad de La Paz— un contrato para instalar un saladero sobre el río Paraná, en tierras del departamento La Paz, Entre Ríos. Nada en el texto sugiere grandeza fundacional: es un documento comercial, seco, de esos que se firman entre socios que buscan multiplicar un capital. Treinta mil pesos fuertes, diez mil por cada uno, y la administración diaria quedó en manos de González, encargado de comprar ganado, manejar el establecimiento y levantar lo que hiciera falta sobre el terreno y el puerto cedidos. Ese papel, guardado casi un siglo, recién apareció en 1970 y de un día para otro se convirtió en el acta fundacional de Santa Elena.

De Federico González apenas se sabe que era cuñado de Mariano Cabal y hermano de María González Marote. Fue él, y no los hermanos De la Riestra, quien realmente vivió ahí y sostuvo el día a día. Eustaquio, mientras tanto, siguió su propia carrera como diputado y senador y fue quien años después vendió el campo a Anacarsis Lanús cuando la sociedad se disolvió; muriómurió en 1903, con 83 años, después de haber pasado sus últimos tiempos en La Plata.

¿Y qué tan grande era ese saladero del que casi no se habla? En 1872, apenas un año después de la firma, el teniente Inocencio Godoy le informó al gobierno de Entre Ríos que allí trabajaban entre 400 y 500 hombres. Se producía tasajo, cueros, guano y grasa que salían embarcados en un velero español rumbo a Brasil y Cuba, seguían viaje a España y volvían cargados de sal de Cádiz para no parar la producción. Un pueblo entero de trabajo, movido por un hombre que probablemente jamás llegó a verlo con sus propios ojos: la agenda de Norberto, entre Londres, Asunción y Buenos Aires, no dejaba lugar para una estancia perdida en el litoral entrerriano, que muchos documentos y tradiciones locales conocen también como Estancia San Jorge.

El final llegó casi tan rápido como el auge: para 1880, un año después de la muerte de Norberto, el saladero ya estaba abandonado. Pero el interés no se apagó del todo: desde 1877 empresarios y científicos porteños y uruguayos miraban la zona con ganas de reactivarla. Aquel contrato de 1871, pensado por sus firmantes como un negocio más entre tantos, terminó siendo, sin que nadie lo planeara, la partida de nacimiento de Santa Elena.

Seguí leyendo

Suscribite para acceder a todo el contenido exclusivo de El Telégrafo de Entre Ríos. Con un pequeño aporte mensual nos ayudas a generar contenido de calidad.


Ya soy miembro