Estamos en plena temporada de alergias y enfermedades respiratorias. Los sanatorios, centros de salud y hospitales no dan abasto en la atención y lo único que nos queda es sanar por cuenta propia… o puro metal
Por César Luis Penna
Dicen que los hombres exageramos cuando nos duele algo, tal vez, no lo sé, pero cuando mamá está cerca exageramos tan sólo para recibir sus mimos únicos. Cuando crecemos queremos siempre que ese rol lo pase a cumplir nuestra pareja, pero en el fondo todos sabemos que no hay nada como los mimos de mamá.
Solo y a los gritos
Un día se fueron mi viejo, mi hermano y mi mamá y me quedé solo. Ocasionalmente compartí algunos años de mi vida con Ana María, una chica muy creyente que rezaba por todo y ocasionalmente pedía mi compañía en alguna misa, a la que concurría sólo para observar el comportamiento de los vecinos ante las ceremonias sagradas. Algunas cosas que veía no las podía creer, pero bueno, ahí iba a mirar. En algún momento pensé que podría ser mi compañera con todo lo que significa dicho término, pero semana tras semana iba notando que aquello no ocurría nunca. Lo cierto es que yo era el mayor y ella sólo estaba ahí por algún motivo que nunca entendí, según leí en su diario. Sí, ya sé que está mal leer cosas de otros, pero pasó. Un día encontré abierto su cuaderno y ahí estaba toda la problemática plasmada. Nunca me habló de nada de eso; sólo trataba de mejorar día a día para revertir lo que había visto escrito, pero bueno, mejor era no haber leído nada.
Las que siempre están: las desgracias
Cuando finalmente no la vi más, extrañamente las pequeñas desgracias se babearon por atraparme. A las dos semanas me rompí uno de los dedos del pie, fui urgente al hospital rengueando una cuadra entera, porque me cambiaron la guardia de lugar, y estuve obligado a un reposo largo para que sane. Un tiempo antes, mi enfermedad crónica de las articulaciones me había paralizado cuarenta días. Meses de dolor que sólo algunos vecinos chismosos escuchaban cuando gritaba. Todas las vacaciones roto, pero me recuperé antes del comienzo de clases, listo para ser arrastrado con moto y todo por las últimas lluvias de verano.
No tengo contabilizado cada cuanto me enfermo, pero es una vez por año o una cada cinco. Traté siempre de proteger mi garganta y mis pies para no claudicar ante el tan feo dolor de garganta y oído. Llegó un día en el que me volví muy sensible al cambio brusco de clima. Por los agroquímicos o la involución… ponele, lo que me arrastraba a un agujero lleno de dolor e imposible de curar sus efectos sin el diagnóstico adecuado.
Me sube y me baja la temperatura
Estos dos últimos meses, donde la temperatura variaba desde los seis a los 25 grados, la fui piloteando bastante bien. Hasta que una ola polar me tomó por el cuello y el pecho. El primer sábado y domingo de agosto la pasé con fiebre, no podía gritar del dolor porque no me daba la garganta, las dos noches fueron eternas, la voz se gastaba con cada tos y con cada aspiración o expiración para sacar los verdes. El clima no ayudaba, la humedad era espantosa y además el frío por la noche parecía una lápida. El lunes debía volver al trabajo y la vida normal. No pude. Di clases como un zombi y me volví a casa. Los chicos se portaron de diez, entendieron que estaba enfermo y al toque colaboraron. Para el martes seguía sin hablar, fui 40 minutos a escribir en el pizarrón y después a mi otro trabajo. En el trayecto de un trabajo a otro sentía el frío congelarme los pulmones haciéndome sentir todo el dolor posible. Eran miles de alfileres helados insertándose y expandiéndose dentro de mi sistema respiratorio. Fue la primera vez en que pensé en comprarme un auto, si fuera millonario claro. Cuando volví a casa nuevamente la fiebre me ganó otra vez. Llevaba cinco noches a pura fiebre y flema estancada.
Para el último día de la semana escolar le adelanté módulo a los chicos, ya que faltaban muchos docentes. No pregunté ese día, pero me enteré algunos días después que la mayoría tenía el mismo diagnóstico: alergia al cambio de clima.
Para el viernes de ensayo de la banda aún no podía ni hablar, fue suspendido buenamente. Esa noche me topé con varios videos de Metallica, al cumplirse 35 años del Álbum Negro, el disco que nos volvió metaleros a la mitad de los adolescentes del mundo. La energía de la música me envolvía para curarme una vez más. Me topé con el video de James Hetfield concientizando a la gente sobre el suicidio, diciendo que “un momento de oscuridad no vale una vida”, busquen con quién hablar, busquen a un amigo, ¡ayudémonos entre todos! y repitiendo que la música sana, como le pasara a él mismo cuando tuvo un colapso mental en Brasil en pleno show. La arenga del capitán James me llegó.
Visita inesperada
El lunes salimos con Chiquito, mi perro, a dar una vuelta antes de volver al trabajo plenamente. Cuando volví a la noche en medio de la llovizna sólo atiné a recostarme a escuchar el informativo de Canal Nueve. Llevaba 30 minutos de siesta cuando me tocaron el pie sorprendiéndome y dando un salto de cuerpo entero en la cama. Era Ana María, que venía a ver cómo estaba, me dijo que andaba cerca y pasó. Le pregunté cómo se había enterado de que estaba enfermo, pero sólo me dijo: “Una tiene sus fuentes”. Muy misteriosa, no podía ofrecerle tomar unos mates porque no quería contagiarla, por las dudas. Me contó qué estuvo haciendo y después de 20 minutos me agarró la mano con sus dedos fríos y se fue.
No atravesó las paredes, la puerta estaba abierta, como siempre la dejo cuando estoy en casa y más si estoy enfermo. Alguno se sorprenderá e indignará al escuchar que no cierro la puerta de calle, pero la idea es simple: si muero en el sillón, la cama o camino al baño, mi perro va a avisarle a los vecinos que estoy ahí desparramado.
Una semana después ya estaba listo para el trabajo a full y en uno de los pasillos de una de las escuelas donde trabajo, me encontré con la hermana, le comenté sobre su visita y le agradecí su intervención, imaginaba yo. Su fría sonrisa se desvaneció en segundos cuando le hice el comentario. Abrió la boca para hablar y sonó el timbre, se interrumpió sola para decirme que hacía medio año que estaba en un claustro de monjas, donde no tiene comunicación con nadie. Ella ya había estado ahí de joven y volvió para quedarse hasta el final de sus días.

Lemmy, un ser único
Mientras me volvía a casa recordaba una anécdota de unos músicos en Inglaterra que estaban ensayando y Lemmy Kilmister estaba mirándolos porque ensayaba ahí mismo con Motörhead. Cuando terminó el ensayo lo invitaron a tomar unos tragos, pero se negó de buena manera. Cuando llegaron al bar Lemmy estaba ahí tomando su Johnnie W. y hablando con unas chicas. ¡Los músicos no lo podían creer! No había forma de que llegara antes que ellos. Treinta años después se enteraron que eso se llamaba bilocación, un fenómeno que se le atribuye a las personas santas.
Tal vez sólo estaba soñando, como me pasa cuando estoy muy enfermo y sueño con mi familia y no puedo dirimir si es realidad o no, sólo disfruto de ellos.
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