En la noche paranaense, donde las luces tiemblan sobre el río y las voces se mezclan con el rumor cotidiano, una banda decidió convertirse en eco, en latidos. Una comunidad que se reconoce en cada acorde
Por Gastón Emanuel Andino
La historia comenzó como suelen comenzar las cosas que verdaderamente importan. Corría el año 2019 cuando un impulso de iniciativa, casi intuitivo, reunió a quienes más tarde darían forma a “Ancestros”. No hubo una fórmula exacta ni un camino trazado con precisión: hubo, más bien, una búsqueda. Una necesidad de decir algo, de transformar el aire en sonido y el sonido en lenguaje.
Durante los primeros años, la banda atravesó cambios, mutaciones que requiere todo proceso vivo. Las formaciones se sucedieron como estaciones, dejando aprendizajes en cada intento. Fue recién entre 2021 y 2022 cuando ese tránsito encontró una estabilidad, como una suerte de equilibrio interno que permitió consolidar la identidad del grupo. Desde entonces, la constancia se volvió su marca: escenarios, ensayos, noches compartidas y un trabajo que empezó a delinear un camino propio dentro de la escena cultural de Paraná.

Fernando Franco, con 34 años y oriundo de Bovril, sostuvo el bajo y la voz como quien sostiene una brújula. A su lado, Damián Mockert en guitarra acústica y voz, Adriel Radovitzky en guitarra eléctrica e Iván Almada en batería, completaron una formación que no solo se define por sus roles instrumentales, sino por una sensibilidad compartida. Cuatro cuerpos, cuatro historias, una misma pasión.

El nombre no llegó de inmediato. Como si supieran que las palabras también necesitan madurar, buscaron durante mucho tiempo hasta encontrar aquello que los representara. “Ancestros” emergió finalmente como una síntesis de lo que querían ser: un vínculo con lo esencial, con aquello que precede a toda forma. Aire, fuego, agua, tierra. Pero también sonido. Porque en ese lenguaje invisible encontraron una manera de conectarse con lo más antiguo y, al mismo tiempo, con lo más presente.
Desde entonces, cada presentación fue mucho más que un recital. La Vieja Usina, Sala Mayo, Casa de la Cultura, el Teatro 3 de Febrero, festivales independientes y otros espacios de la ciudad fueron testigos de una propuesta que buscó trascender lo meramente musical. En cada escenario, Ancestros construyó una experiencia: visuales que dialogaban con las canciones, escenografías pensadas como extensiones del sonido, performances que desdibujaban los límites entre espectador y artista.
Había, en cada show, una intención clara: no solo tocar, sino provocar algo. Un gesto, una emoción, un recuerdo. Como si cada presentación fuera un pequeño ritual contemporáneo donde la comunidad se reunía para reconocerse en lo que escuchaba.
El estilo de la banda se fue moldeando como una fusión entre rock nacional, indie, funk y progresivo, no obedeció a etiquetas rígidas. Más bien se trató de un territorio en construcción, donde las influencias se mezclaron sin pedir permiso. En esa mezcla apareció una identidad: una forma de decir que, aun en la diversidad, hay una voz que se sostiene.
Ensayaban una o dos veces por semana, con la disciplina de quienes entienden que el arte también es trabajo. Pero no un trabajo cualquiera: uno que exigió entrega, atención al detalle, una búsqueda constante de mejora. Antes de cada presentación, el proceso se volvía meticuloso. Nada quedaba librado al azar. La exigencia no era un peso, sino una forma de respeto hacia el público, hacia la música y hacia ellos mismos.
Y es ahí donde la historia de Ancestros se expandió más allá de la banda. Porque hablar de ellos es también hablar de la cultura local, de ese entramado invisible que sostiene a una ciudad. La música, en este sentido, no apareció como un hecho aislado, sino como una expresión profunda de identidad. Cada canción, cada letra, cada sonido, se convirtió en un relato vivo de Paraná. En ellos habitan los paisajes, las formas de hablar, las historias que circulan en las calles. La música dejó de ser solo entretenimiento para transformarse en memoria, en testimonio, en una manera de decir “esto somos”.

Pero además, la música creó desde siempre algo fundamental: encuentro. Un recital no es solo un espectáculo; es un punto de reunión. Personas que quizás no se conocen, pero que comparten un mismo instante. Miradas que se cruzan, cuerpos que se mueven al mismo ritmo, voces que se suman en un estribillo. En aquellos momentos, la ciudad se reconoció a sí misma.
La cultura local necesita de esos espacios donde lo propio se celebra. Donde no hace falta mirar hacia afuera para encontrar valor. Porque en cada banda, en cada artista, hay una construcción junto a otros que sostiene mucho más que solo una canción.
Ancestros entendió eso desde el principio. Y en cada paso que dio, fue también arrastrando consigo a otros actores de la escena: técnicos, diseñadores, gestores culturales, espacios independientes. La música, entonces, se volvió movimiento. Un circuito que generó trabajo, que activó vínculos, que mantuvo y mantiene viva la cultura.
Sin ese movimiento, las ciudades corren el riesgo de volverse silenciosas. De perder su voz. Porque cuando no hay música propia, lo que se escucha es siempre ajeno.
En ese contexto, el mensaje que Fernando dejó resonando no fue grandilocuente, pero sí contundente. Invitó a quienes sueñan con el arte a sostener ese deseo, a entender que el camino está hecho de constancia y aprendizaje. No como una promesa de éxito inmediato, sino como una forma de habitar el mundo, de detenerse en los momentos simples.
Quizás ahí radique el verdadero sentido de Ancestros. No solo en lo que hacen, sino en lo que generan. En esa capacidad de transformar un ensayo en encuentro, un escenario en comunidad, un sonido en identidad.
Y mientras la noches cayó sobre Paraná y las luces volvieron a encenderse, la música siguió. Como un hilo que unió pasado y presente. Como un eco que no se apagó.
Como si, en cada acorde, la ciudad volviera a decir su nombre.
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