Por Martín Acevedo
El sábado pasado, una bola de fuego rompió el cielo, se enfrió e hizo visible su aspecto real, el de un artefacto humano. Quienes crecimos con Carl Sagan y Star Trek no podemos dejar de sentir cierta fascinación ante lo que es sin dudas una proeza de la ciencia y la tecnología. Un grupo de humanos orbitó nuestro satélite y llegó tan lejos como no lo habíamos hecho antes. Sin embargo, estas líneas no tienen por objeto desarrollar los aspectos técnicos de la misión Artemis II, fáciles de hallar en cualquier publicación de los últimos días.
Cabe preguntarnos por qué luego de más de medio siglo la agencia espacial estadounidense decidió volver a la Luna. La respuesta se encuentra rápido. Para ello tenemos que ir a Los Acuerdos Artemisa impulsados por la NASA y el Departamento de Estado norteamericano en 2020. La sola mención a la dependencia de la Casa Blanca ya debería advertirnos que esta admirable empresa esconde objetivos más allá de la cándida exploración espacial. Es así que, entre los objetivos, a los que suscribieron en un principio ocho naciones (Reino Unido, Japón, Australia, Italia, Canadá, Luxemburgo, Emiratos Árabes Unidos, además del impulsor), se menciona de forma clara la explotación de los recursos naturales del satélite y de otros cuerpos celestes. La potencia del Norte quiere volver a llegar primero, en una carrera con China esta vez, no para demostrar su supremacía tecnológica, como lo hizo durante la Guerra Fría con las misiones Apolo, sino para establecer una presencia permanente que le permita imponer las reglas, sin declararse abiertamente dueña del espacio. Hoy, a esta construcción jurídica, se suman unos cincuenta países, entre los que están Argentina y Brasil. Nosotros aportamos conocimiento, por supuesto, y el microsatélite Atenea, cuyo propósito fue testear cuestiones técnicas en condiciones extremas. Aunque nos apartemos de la línea argumental, no podemos dejar de mencionarlo, la ciencia nacional sufre el flagelo de los recortes presupuestarios, paradójicamente auspiciados por Estados Unidos en detrimento de nuestra soberanía. No obstante, mientras mantengamos una posición subsidiaria, sin atrevernos a una emancipación más categórica, el imperio nos permitirá servir a sus fines.
Pero ¿por qué ahora? Tal vez porque la hegemonía estadounidense está en discusión. Tampoco podemos obviar lo evidente y ya mencionado: la crisis que el expolio neoliberal de los recursos naturales provocó. Nuestro planeta parece agotarse. La Luna es rica en metales y minerales. Además, en Helio-3, escaso en la atmósfera terrestre, con posibles usos para la generación de energía nuclear.
China también tiene la mira en la exploración y explotación del suelo lunar. Las misiones Chang’e-5 y Chang’e-6 lograron traer muestras de la cara oculta en 2024. Y junto a Rusia planea el establecimiento de una base permanente, en un primer momento robótica y luego habitada. La emergente potencia asiática no aspira a llegar primero, sino a lograr una presencia estable. La urgencia parece casi una superstición occidental.
Más allá de qué potencia gane esta nueva carrera espacial, sería positivo que no nos guiara, una vez más, la codicia. Mientras los imperios ponen los ojos en el espacio, seguimos en camino y a paso firme hacia un colapso ecológico y social. Los embates del cambio climático afectan siempre a los más desfavorecidos. ¿No deberíamos cuestionarnos los modelos de concentración económica de nuestra sociedad? Quizá parezcan puntos inconexos, pero es la acumulación lo que motiva a una futura rapiña extraorbital, que, por cierto, si es llevada adelante por el país del Norte, solo servirá para el aumento de las arcas de los nuevos supermillonarios, los señores de esta sociedad tecnofeudal.
No, la humanidad nunca dio un gran paso. Fue el de una bota de marine. La bandera que se enarboló no fue la de las Naciones Unidas, sino el paño de barras y estrellas.
El golpe de Estado en la Luna no es un acto bélico, sino jurídico y tecnológico. Se libra con tratados, cohetes y banderas. Y mientras los imperios disputan la propiedad del cielo, seguimos sin resolver la justicia en la Tierra. Tal vez el verdadero paso de la humanidad no sea hacia otros mundos, sino hacia la conciencia del nuestro.
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