Campesinos virtuales, señores reales

Por Martín Acevedo

Hoy habitamos grandes latifundios digitales —es lo que sostiene el concepto de tecnofeudalismo, acuñado por el controversial Yanis Varoufakis—. Desarrollamos gran parte de nuestras vidas en territorios inmateriales —o eso pensamos—. Y para hacerlo es necesario que paguemos con el arado de nuestros datos, es decir, con el trabajo invisible de nuestras subjetividades puestas al servicio de los algoritmos. Incluso, si necesitamos desarrollar una actividad económica en el territorio de las redes sociales, lo más probable es que se nos cobre con dinero real —sí, el que es emitido por los bancos centrales—. Tal vez en esto comienza a vislumbrarse parte de la ilusión.

La nube que aloja a las redes sociales, a las IAs y a todo lo que llamamos Internet no es tan etérea como se nos hace creer. Estos espejismos dependen de grandes centros de datos para existir, más allá de nuestros dispositivos. Se sostienen en una vasta infraestructura que insume ingentes cantidades de energía eléctrica y agua, requerida para su refrigeración. Estas usinas de realidades se ocultan de nuestra vista. La distancia es parte del acto de prestidigitación. Si no lo percibimos, no existe —Esse est percipi, sentenció George Berkeley—. Entonces las pensamos inexistentes. Pero son concretas, y su materialidad se sostiene en recursos naturales finitos: minerales, metales básicos, tierras raras y el coltán, cuya extracción —en regiones de África— se apoya en formas extremas de explotación, incluso infantil.

Pero el expolio no es sólo material, los actuales modelos de inteligencia artificial necesitan ser alimentados por datos. Estos son brindados por seres humanos, reclutados, sobre todo, en países del Sur Global. Miles de personas realizan jornadas extenuantes de trabajo cognitivo: desde identificar paisajes naturales hasta exponerse a imágenes aberrantes. Estas actividades acarrean, por supuesto, un gran daño psicológico. Todo por una ínfima remuneración.

Si, por un momento, nos abstraemos de la vorágine de la actualidad nacional y observamos los últimos temas de debate público en perspectiva, podremos concluir que se enmarcan en el escenario que acabamos de describir.

La precarización laboral y la falta de reconocimiento del trabajo en plataformas son dispositivos legales que abonan el terreno para la implantación de la mayor extracción de recursos de nuestro territorio, un saqueo que empezó por lo que ellos llaman capital humano: la disponibilidad infinita de cuerpos y mentes dispuestas a producir datos, contenidos, clasificaciones, atención. Es así que el trabajador independiente, sin derechos y sin vínculo contractual, cede cada gesto como un insumo productivo a las plataformas. Donde ellos ven números, nosotros reconocemos personas. 

El punto máximo y evidente llegó en las últimas semanas. Se pretendió dar un marco legal a la extranjerización de tierras. Bajo el eufemismo de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, se agazapaba, pero muy poco oculta, la intención de vender, o regalar, grandes fracciones de nuestro territorio. El canciller de la Nación llegó a declarar, ante la prensa, que, si un extranjero quisiera comprar una provincia, podría hacerlo. 

Esta situación, que nos puso de repente frente a la materialidad más cruda, es, en realidad, la finalidad de un proceso que empezó hace tiempo y siempre tuvo en claro su rumbo, la balcanización de Argentina.

Desde hace años, los medios hegemónicos tuvieron como principal premisa la degradación de la autoestima nacional —si nos permitimos esa expresión—. A pesar de los logros que nuestra sociedad alcanzó en las primeras décadas del siglo XXI, se instaló en el sentido común la poca valía de nuestra Nación. Se omitió, de forma deliberada, que Argentina siempre fue un país de ingresos medios, que forma parte del G20 y que, hasta hoy, tiene uno de los índices de desarrollo humano más altos. Y, como colofón, se instaló frente al Estado a un bufón mediático, que sirve a los intereses del capital trasnacional.

Los autores de este libreto, escrito hace años, no tuvieron en cuenta que no todos somos actores sumisos. Muchos tratamos de darle voz y letra a los personajes que nos toca encarnar. 

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