No hay una sin dos: a pedido del público que suele usar camperas negras llega la segunda parte de Malinche en el Argentina Metal Fest II. Todas las sensaciones alrededor de un día entero de viaje, espera y música
Por César Luis Penna
No es sencillo resumir en pocas palabras lo vivido en más de 12 horas de música, 10 horas de viaje y dos horas de una buena espera. Se trataba esta vez de un festival de música con bandas under (poco conocidas) de varias partes del país. El evento previamente se planteaba con dos escenarios, nuestros representantes abrían el escenario Isla Soledad, mientras que el otro tenía el nombre de Isla Gran Malvina, en alusión directa a nuestras queridas Islas Malvinas. Podemos decir sin equivocarnos que es uno de los festivales más importantes del país.
La propuesta de viajar al festival surgió de la propia Malinche, que ya había organizado un viaje a Rosario para la preselección de las bandas, por lo que contaba con la experiencia. Junto a su mánager consiguieron dos camionetas que llevarían a 30 metaleros a vivir una experiencia única.
Salimos
El punto de encuentro para salir desde Paraná fue la estación de servicios de Cinco Esquinas. La hora: 2:30 de la mañana. Esperamos hasta las tres para poder subir a las camionetas. Teníamos una ansiedad que no nos aguantábamos. Cargamos los equipos y subimos. Todos habíamos trabajado todo el día y sentíamos un cansancio manso, aunque igualmente algunos fueron compartiendo bebidas hasta dormir. En la otra camioneta subieron tomando, era como el bar de Moe de Los Simpson sobre ruedas.
Fui uno de los primeros en subir y me ubiqué en la mitad de los asientos. Delante mío estaban los hermanos Vélez, que cuando se apagó la luz uno tiró todo su asiento hacia atrás para dormir las 10 horas de viaje… prácticamente iba en mi falda. Malamente había cargado mi mochila gigante con el termo con agua caliente bajo mis pies y una campera muy grande en la falda, por si hacía mucho frío: era como una pieza de Tetris. Al lado mío se sentó Pequeñín, un tipo de pocas palabras que era una estatua al dormir. Atrás mío estaban la Gaba y el Ruso, el cantante de la banda, y puedo decir que nunca escuché comer tanto a dos personas. En las filas de un solo asiento iban Daniel, que dormía con la cabeza hacia atrás y con la boca abierta, lo que por un momento me hizo pensar que iba a emitir algún sonido extraño, pero no, y Tomi, que se disfrazó de ninja y a dormir.
Todos iban durmiendo menos yo, no podía cerrar un ojo; tenía un cansancio gigante, pero aun así no podía. En un momento comenzó a dolerme el brazo derecho de una forma irracional. Sí, justo el brazo del infarto. Calculé que era por la presión, así es que saqué furtivamente unas galletitas dulces y chau dolor. Unas horitas pude dormir, desde el sur de la provincia hasta que llegamos a la cabecera del puente Zárate-Brazo Largo.
En el medio de las bajas temperaturas, las chicas le hablaron al conductor:
—Chofer, ¿puede bajar el airecito? Está muy frío.
—No puse nada, si quieren pongo calefacción.
Los que estábamos helados y sólo podíamos escuchar, agradecimos la intervención que descongeló nuestros pies.
Perdidos
En algún momento del viaje perdimos contacto con la otra camioneta y los choferes acordaron parar en la última estación de servicios en Gualeguay para ir juntos. Para esa altura, la niebla estaba ganando todo el sur de la provincia, la Shell parecía salida de Silent Hill (la ya clásica película de terror). Los estancieros eran muy amables, desayunamos y seguimos camino.
Ni bien pisamos Zárate nos llegó información de que la Ruta Nacional 9 estaba cortada a la altura de Escobar y teníamos que tomar caminos alternativos. Estábamos con el tiempo contado, por lo que los músicos se pusieron inquietos. Los que habíamos llevado mate lo armamos y el viaje fue otro.
Cuando entramos en la zona urbanizada y nos topamos con el alto tránsito, Tomi, el batero, juró ante todos los presentes que jamás se mudaría a esa ciudad… ya se estresaba de tan sólo sufrir 10 o 15 minutos de embotellamiento.
La meta está cerca
Cuando pudimos avanzar todos se tranquilizaron y pasamos por el Monumental, que marcaba nuestro destino. Bordeamos Aeroparque y entramos al Parque Norte, donde estaban los salones del Golden Center Eventos. La banda entró al lugar y nosotros, el público acompañante, nos quedamos afuera. Gente de la Villa (General San Martín) y Diamante fue a dar una vuelta. Mientras estábamos acomodándonos, un avión de Aerolíneas Argentinas pasó rozando los árboles y todos nos quedamos mirando como si tuviéramos cinco años otra vez.
Nos organizamos para salir a comprar algo, ya que faltaban dos horas para que abrieran las puertas. Cuando teníamos un pie afuera, nos dijeron que había un quiosco atrás del salón; ahí nos quedamos, sentados en unos bancos compartiendo unas cervezas que vendían al dos por uno. Me di cuenta que era un lugar exclusivo porque la gente pasaba mirándonos feo, hasta pasó un carrito de golf.
En un momento nos disgregamos y nos encontramos a la orilla de un pequeño lago que me recordaba al Parque Gazzano, con menos vida y mucho más cheto. El parquecito estaba muy bien cuidado. Cuando al fin se abrieron las puertas entramos a mirar todo. Perdí a la manada en un segundo porque me fui a ver la feria, unos personajes con ropas medievales daban vueltas, vendían desde remeras de las bandas que sonarían en el festival hasta pulseras, instrumentos musicales caseros, CDs, cassettes y discos de vinilo de todas las bandas imaginables. Esculturas, cosas impresas en 3D y el stand más grande con los productos del Festival y de las Islas Malvinas; había de todo y uno se podía vestir ahí.
Antes de comprar algo tenía que ver a los nuestros… ya era la hora y Malinche estaba a punto. Comenzaron con el mismo audio que en su último recital, en el que se escuchaba a Norma Plá y otras voces del 2001. Éramos sólo nuestra delegación y alguna más, a quienes se nos sumaban aquellos que parecían de Prensa. Sí, todos sacamos fotos, hicimos videos y nos metimos al pogo igual. Seis temas, es todo lo que podían hacer, durante los cuales las animaciones se lucieron a pleno en toda la pantalla. Sonaron canciones como Instinto, Sucio poder y No te rindas, entre otros. Tanto los músicos como el público terminamos felices de semejante presentación, que todo saliera bien con un sonido increíble, que todos se portaran bien y que todavía faltaran 23 bandas por sonar y diez horas por delante.
Delicias
Ni bien dejaron de sonar los instrumentos en el escenario contiguo arrancó Bardo con una chica en la voz, vestida de negro con una capucha que se quitaría al segundo tema.
Como no podía más del hambre, me fui a ver la oferta gastronómica del evento.
Frente al escenario habían dispuesto sillas y mesas para nuestra comodidad. Las hamburguesas acaparaban todo el aroma del sector, en la punta opuesta estaba el puesto de las pizzas y en el medio las empanadas y los sándwiches de pernil, de los que me llevé uno del tamaño de un termo, más o menos. A un lado estaba el puesto de “la Copa Argentina de Cervezas”, líquido y vital elemento de Bierlife en sus tres variantes: roja, negra y golden. Junto a Daniel y Pequeñín las probamos a todas. Eran excelentes, aunque caras para el bolsillo de pobres trabajadores del interior como nosotros.

Nos quedamos mirando las bandas y disfrutando el recital. Pasaron frente a nosotros César Fuentes Rodríguez, mítico conductor de radio, y Andrés Violante, leyenda de la cámara, fotógrafo de Hermética, Almafuerte y Malón, entre otras bandas.
La merienda
Eran como las cinco de la tarde y ya estaba cansado. Aun así, no podía parar de recorrer los puestos, el hall de entrada, donde los músicos estaban dispuestos para las notas, y la zona del escenario. Recorrí la feria tres veces hasta que me compré una remera y una gorra de lana con la estampa de Malvinas. Busqué algo para Chiquito, pero no había stand de mascotas. Cuando estaba pagando, unos alemanes estaban comprando y traté de hilar alguna frase en inglés, pero no pude, fallé, no encontraba las palabras.
Entre las primeras bandas pasaron algunas con mujeres a la cabeza, como Bardo, Alas de Abril, Distinto y Fures. Además, cerraba CTM que tiene a Melina Marcielo, una gran baterista. El público también estaba en un 50 y 50, muchas metaleras y metaleros que compartían la cerveza, el respeto y la buena vibra. Se los veía a todos sonrientes, yo estaba en un ¡éxtasis!, efecto que me duró una semana entera. Creo que aprobé a todos mis alumnos de la felicidad que tenía.
El cansancio llegó
Ya para la banda número 20 el cuerpo no me daba más, a mis coterráneos tampoco, había algunos durmiendo en las mesas y en las sillas, en una demostración de equilibrio increíble.
No eran los únicos, ya había muchos como nosotros sentados en las sillas o en el piso mirando al escenario. Extrañamente cuando sonaron los temas de Pantera todos salieron de los rincones para ver. La vieja brigada metalera estaba en el fondo revoleando las canas y hasta bailando cada tema: casi me sumo, pero no podía estar parado.
De un momento a otro el escenario Gran Malvina se vio cubierto por una tela blanca y un dinosaurio inflable comenzó a aparecer. Eran los Asspera, la gente les gritaba HDP en una complicidad extraña y a mí, como le pasaba a mucha gente, algo no me cuadraba. Su estilo es bizarro y algo cómico, una especie de payasada con música; los instrumentos sonaban increíblemente y sus cuatro cantantes sincronizaban muy bien, pero aun así a muchos les pareció una burla para el género. Después de una pequeña espera, el cierre con Viticus, con el Canciller Vitico a la cabeza, nos emocionó a todos, como los temas de Almafuerte tocados por CTM (Claudio Tano Marcielo) que nos hicieron saltar. Muchos nos quedamos sentados mirando hasta el final porque ya no dábamos más. Antes de salir definitivamente, pasé por los baños. Nunca en la vida vi algo así, impecables, todo funcionaba, tenían una gran capacidad y todo era de lujo.
Nos subimos a las camionetas reventados de cansancio, pero con una gran sonrisa en los corazones.
Un gran reconocimiento
Al cierre de la nota CTM recibió el premio Carlos Gardel al Mejor Álbum de Rock Pesado por su tercer disco llamado Vive. Un momento histórico para toda la comunidad metalera.
Melina Marcielo respecto al premio me decía: “Supongo que la gente le da más valor que el artista. Yo sólo celebro que se reconozca el rock y metal y tendría que reconocerse más a otros músicos también. Realmente no nos cambia en nada, seguimos trabajando en nuestra música y proyecto. Ojalá se reconozcan más gardeles para tantos músicos grosos que tenemos. Por eso digo que la gente le da más entidad que los músicos”.
Para todo el público es una coronación, un premio no sólo al álbum, sino también a la trayectoria y al metal en sí, aunque todos sabemos que el esfuerzo es individual, es el día a día, es pelearla todos los fines de semana, es andar con las monedas contadas, es llevar un sueño a todos los rincones del país esperando tan sólo el abrazo del público. Saludamos al Tano Marcielo y a toda su banda por el premio y ¡viva el metal!
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