Tras repasar la historia del monumento neogótico original, este nuevo informe reconstruye el desarrollo del templo actual. En 1988 una grúa elevó la imponente imagen de Santa Elena sobre un edificio que no tenía techo
Por Vicente Suárez Wollert
En la edición anterior compartimos la historia del primer templo de Santa Elena, de estilo neogótico y monumento histórico de la localidad. Hoy nos detenemos en el nuevo templo, un emblema arquitectónico construido con aportes de la comunidad y de la localidad suiza de Adliswil, a través de la Fundación Adveniat. El 20 de junio de 1988, una grúa levantó frente al edificio en construcción la estatua de Santa Elena, obra del artista chaqueño Antonio Seiler. Pesaba 750 kilos, medía tres metros, y una multitud fue testigo. El templo todavía no tenía techo, pero ya contaba con patrona.
Cuatro años antes, el 18 de agosto de 1984, se había colocado la piedra fundamental en un terreno que era poco más que una promesa. El impulsor era el padre Luis Antonio But, quien acababa de asumir la parroquia tras la muerte del padre Fidel Alberto Olivera, el primer párroco de la ciudad. But no llegó a un pueblo tranquilo: Santa Elena atravesaba una transformación que ya se presentía irreversible. Desde 1972, la histórica planta frigorífica —operada durante décadas por capitales británicos— venía pasando a manos nacionales y luego privadas, en un proceso cargado de incertidumbre que culminaría en 1992 con el cierre definitivo y el despido masivo de trabajadores. Aquel hecho no solo significó el fin de una era industrial, sino que dejó a cientos de familias sin sustento, generando una crisis económica, social y política que marcó a fuego a varias generaciones.

En ese contexto adverso comenzó a levantarse la iglesia. El proyecto no hubiera sido posible sin una red de solidaridad que excedía las fronteras locales: la localidad suiza de Adliswil, a través de la Fundación Adveniat, aportó recursos fundamentales para concretar la obra. Esa vinculación internacional con una comunidad que decidió acompañar a Santa Elena desde la otra orilla del Atlántico es parte constitutiva de la historia del templo, aunque pocas veces se la mencione con la centralidad que merece.
La estatua que Seiler esculpió y que aquel 20 de junio de 1988 quedó emplazada frente al templo inconcluso fue uno de los primeros gestos visibles de una obra que avanzaba lentamente, con los recursos que la comunidad podía reunir. Antonio Seiler era un artista de alcance nacional: entre sus obras se cuentan el monumento al Gaucho de Mercedes, en Corrientes, y el Monumento a los Colonizadores en la vecina ciudad de Cerrito, además de trabajos a lo largo y ancho del país. Que su trabajo presidiera la fachada de la iglesia en construcción no era un detalle menor: era una declaración sobre la escala a la que Santa Elena pensaba su propio futuro, incluso en los años más duros.
Los llamados “Albañiles de Cristo” encarnaron esa misma convicción desde adentro. Fueron trabajadores —en su mayoría operarios de la fábrica o vecinos con distintos oficios— que ofrecieron no sólo su tiempo y su fuerza laboral, sino también lo que ellos mismos llamaban el “diezmo del diezmo”: una pequeña parte de sus ingresos destinada a financiar la construcción. Sus nombres fueron registrados en placas de yeso colocadas bajo la imagen de la patrona. Varias se deterioraron con los años. Otras todavía permanecen, como homenaje silencioso a una fe hecha de concreto y ladrillo.
Mientras los telegramas de despido llegaban a los hogares obreros, muchos vecinos encontraban en el templo en obra un lugar donde procesar lo que pasaba. But organizó ollas populares junto a mujeres del barrio, abrazó simbólicamente el predio fabril en señal de solidaridad con los trabajadores y celebró misas que convocaban a una ciudad que no terminaba de entender lo que estaba perdiendo. No se limitó a ejercer tareas pastorales: acompañó las luchas, las alegrías y los dolores del pueblo, involucrándose activamente en el entramado comunitario. “La fe sin obras es fe muerta”, repetía. Y no lo decía como frase.
El diseño del templo, con planta en forma de cruz latina y referencias arquitectónicas que But había conocido durante su formación en Europa central —con influencias de construcciones suizas y alemanas—, incorporó desde el inicio elementos que anclaban la iglesia a la historia local. En los ventanales aparece el número 18, considerado por muchos como número cabalístico y protector. Bajo el altar hay una laja del antiguo oratorio jesuítico que existió en la región, legada luego a Gregoria Pérez de Denis, figura clave en la historia de la zona. En los mosaicos de la nave central están los pescadores, los maestros, los obreros, los niños de Santa Elena: la vida cotidiana elevada a la categoría de lo sagrado.
Con el tiempo se sumaron espacios funcionales: oficinas, sacristía, sala de reuniones, confesionarios, una capilla de adoración perpetua y una nueva pila bautismal. El templo, considerado uno de los más modernos de Entre Ríos, fue creciendo a la par de una comunidad que también buscaba reconstruirse.
El 21 de abril de 1999, 15 años después de la piedra fundamental y 11 de aquel mediodía con grúa y multitud, la imagen de Santa Elena fue trasladada desde la capilla antigua hacia el nuevo templo. La dedicación del templo y su altar fue solemne, un rito que consagra un edificio como sagrado. La emoción, según quienes estuvieron, era difícil de contener. No se inauguraba un edificio: se cerraba un ciclo que había empezado cuando la ciudad todavía tenía fábrica, todavía tenía certezas, y había decidido construir algo que durara más que ambas.
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