Por Martín Acevedo
Desde que tratamos de sistematizar el pensamiento, una obsesión marcó a distintas disciplinas, definirnos, encontrar aquello que nos hace únicos como especie. Célebres son las disquisiciones filosóficas al respecto. Incluso en las cosmogonías religiosas podemos ver algún tipo de formulación sobre nuestra naturaleza (hombres de barro, o de maíz, semejantes a la divinidad, ladrones del fuego, etc.), intentos primigenios de explicar quiénes somos y por qué existimos.
La nomenclatura taxonómica que recibimos (Homo sapiens) parece orientarnos. Somos el hombre que piensa, pero ¿qué significa esto? Como todo nombre, mucho se le escapa. ¿Cómo definiríamos pensar? ¿Somos, en verdad, el único animal inteligente? Innúmeras investigaciones etológicas demostraron que otras especies son capaces, como mínimo, de establecer relaciones causa efecto y, en consecuencia, proyectar hechos futuros.
En el afán de distinguirnos, se señalaron distintos factores, desde lenguaje simbólico a la cultura, en términos generales. Sin embargo, cuando tratamos de ser precisos, avanzamos hacia caminos inconclusos. De hecho, el que propondremos en estas líneas, también lo es: somos los únicos (que sepamos hasta este momento) con la habilidad de pensar o de imaginar realidades alternativas. Podemos plantearnos los infinitos “y si…”. En otras palabras, nos define la posibilidad de la ficción.
Vamos más allá de la conjetura práctica o racional, huimos de nuestra férrea realidad para habitar mundos sólo sostenidos en un relato verosímil, por la potencia de la técnica narrativa.
Aunque parezca paradójico, tensar al máximo, según lo permita el idioma, el horizonte de lo posible, engendra una experiencia más profunda de la alteridad (las otras subjetividades) y de la propia naturaleza (en su sentido más amplio).
Tanto las novelas, que nos permiten indagar en las vivencias, los pensamientos y las emociones de sus personajes, como los experimentos mentales de Albert Einstein (especulaciones imaginarias), que partieron desde un “qué pasaría si…” y cambiaron nuestra concepción del universo, son muestras de la fuerza cognitiva de la imaginación, que nos sumerge en una comprensión más cabal de nuestra existencia.
Estas disquisiciones tal vez tengan un tinte de palabrerío ocioso, pero, más allá de su carácter lúdico, el solo hecho de permitirnos especular con que las cosas podrían ser de otra manera abre una grieta en la realidad que se nos impone, rompe con el discurso hegemónico de que no hay alternativas a un sistema que se nutre de la desigualdad y la opresión. Entonces cuestionar el orden vigente, aunque sea desde la ficción, puede develar que lo que se nos presenta como inmodificable, como leyes naturales, es una construcción sostenida en intereses concretos. Abre a una sospecha, quizá diminuta, aunque suficiente para desarmar la ilusión de que las circunstancias de nuestro presente son irremediables, porque veremos su índole de mero artificio.
En este sentido, la palabra, cuando rompe lo instrumental, cuando se hace literatura, cobra una potencia mayor que cualquier otro medio para la ficción. Al contrario de los soportes audiovisuales, abre sentidos, porque, por su imprecisión, el lector siempre es, a la vez, un coautor. La palabra no nos brinda una imagen terminada. Deja zonas de sombra para completar. Tal como decía Barthes, el texto es un espacio de escritura múltiple, y esa multiplicidad es la que permite que la ficción literaria no clausure el mundo, sino que lo abra. Y, por lo tanto, pasamos de la mera especulación a una forma de pensamiento.
Tal vez esto explique los ataques o el desdén que, en la actualidad, la lectura padece, desde su defunción declarada sin fundamentos hasta la disputa por nuestra atención, que nos aleja de cualquier tipo de profundidad, ya sea conceptual o vivencial. Se trata de una operación cultural del llamado poder blando, orientada a reducir la experiencia a estímulos inmediatos, impedir la contemplación y evitar la sospecha. Leer es pensar con un otro; por eso incomoda a un sistema que necesita sujetos distraídos y aislados para sostener su propia lógica.
Aunque reciente para el tiempo que llevamos de existencia, la lectura nos hace profundamente humanos porque afirma nuestra capacidad de imaginar, la única que permite concebir alternativas en un presente que se nos presenta como destino.
En palabras de Borges, “sólo el libro es una extensión de la imaginación”.
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