Por Martín Acevedo
Dante Alighieri, en la arquitectura que imaginó para el infierno, reservó el último de los círculos para los traidores. Según su mirada, ni los violentos, siquiera los estafadores o los herejes merecían el máximo castigo. El Cocito, un lago de hielo, es el escenario del tormento eterno para quienes fueron contra sus familias, sus patrias o sus benefactores. Prisionero del hielo, Lucifer tritura a Judas (traidor del Redentor), Bruto y Casio (asesinos de César). La obra del autor florentino es atrapante, desde luego, pero el objeto de estas líneas es señalar la importancia de la traición, la ruptura de un pacto tácito o explícito.
Hoy vivimos precisamente un quiebre en un acuerdo fundamental para la convivencia, el significado de las palabras. Subvertimos la semántica de nuestra propia lengua. Y los que antes eran puentes de encuentro, se convirtieron en abismos insalvables. Las islas personales se acentúan. El diálogo se vuelve esquivo. Devenimos en monologuistas.
Por supuesto, aunque no podamos aseverar su origen premeditado, esto tiene una intencionalidad evidente. Los dueños de las usinas del sentido común, quienes detentan la maquinaria del poder blando, operan de forma deliberada sobre las palabras que comprenden nuestro repertorio léxico y los valores que les atribuimos. No es casual que entendamos la libertad sólo en su carácter individual, tampoco que no podamos advertir la explotación de la que somos víctimas y que hoy confundimos con realización personal.
Por otra parte, uno de nuestros sesgos cognitivos más relevantes opera a su favor. A nadie le gusta sentirse, menos aún asumirse, manipulado. Los sentidos que se nos imponen son tomados como propios, aunque sea necesario machacarlos hasta el hartazgo para su internalización, aunque millones de individuos repitan slogans como balidos de ovejas, aunque conduzcan al beneficio siempre de los mismos sectores en detrimento de las mayorías populares. Tal como Michel Foucault alertó, el poder no se impone por medio de gritos sino de un susurro, de palabras dichas una y otra vez sin saber de dónde vienen y así adoptamos estas definiciones como propias.
En este caso, la dirección es mucho más que la de la publicidad corriente. Ya no se trata de inducir a la compra de un bien o servicio en particular. Estamos frente a una operación más puntual, una incisión en la propia red vincular y en la argamasa de nuestro pensamiento. Si ya no compartimos los acuerdos básicos en torno a lo que decimos, hablamos o escribimos, aunque nos reconozcamos como usuarios de un mismo idioma, integramos una suerte de Torre de Babel, en la que ya nuestra interacción se reduce a una inconexa multitud de sonidos huecos.
La imprecisión, la insuficiencia de la palabra no es algo nuevo. Desde que pensamos de forma más o menos sistemática advertimos que sí somos islas, pero por medio del diálogo tratamos de tender puentes hacia el otro, de entendernos, más allá de que sepamos que cada uno de nosotros no comparte exactamente el mismo sentido para los términos que emplea. Sin embargo, lo novedoso para este presente es que evidenciamos una alteración intencional en el valor semántico (de significado). Cuando Foucault escribió (no hace mucho), el poder se escondía para llevar adelante estas operaciones sobre el lenguaje, ahora lo hace a la luz pública, incluso lo dice de forma manifiesta en sus discursos.
Lo que muchos llaman era de la postverdad, no es otra cosa que la época de la mentira instaurada como práctica legítima. Enormes grupos sociales son conscientes de que se les miente, pero como el mentiroso coincide con su tendencia ideológica, lo aplauden y reproducen sus falsedades.
La política no es el único ámbito en el que ocurre esto. Desde que se comenzó a pensar que todo es relativo, que no hay hechos sino interpretaciones (con perdón de Nietzsche), aunque esto puede ser válido, también abriga en el germen del ensimismamiento que hoy deviene en la babélica crisis vincular.
Nuestro actual infierno no difiere mucho del que Dante imaginó. Estamos atrapados, inmóviles, en un lago que nos aprisiona y en el que la posibilidad del vínculo se congela. No, no hay fuego ni castigos eternos, nuestro círculo se compone de palabras sin sentido, de significados prostituidos y diálogos imposibles, el Cocito que nos tocó está hecho de hielo semántico. La traición no ofende sólo a la Patria o a otro, es más profunda, es contra nuestra propia lengua, contra nuestra capacidad de ir hacia los demás, de unirnos y de pensar juntos.
Seguí leyendo
Suscribite para acceder a todo el contenido exclusivo de El Telégrafo de Entre Ríos. Con un pequeño aporte mensual nos ayudas a generar contenido de calidad.

