El boliche del Puerto una vez más abrió sus puertas al metal para pasar una buena jornada de sonrisas, cervezas, charlas y nuestra música. Bandas locales, de Santa Fe y Rosario fueron parte de una linda noche
Por César Luis Penna
Una radio online cumplió tres años, se llama Caballos de metal y, para festejar, su creador hizo un recital en la fusión de Monet y Limbo. Nadie sabe por qué la fusión, el público sólo la acepta. Las bandas que acompañaban la actividad eran el excelente guitarrista Juan M. Rivarola, proveniente de Santa Fe al igual que Trident y Latinos y Metálicos, junto a Estenia y Malinche de nuestra ciudad.
Inesperadamente las jornadas del viernes 11 (nuestro día) y el sábado se presentaron ventosas y frías. Una hora antes de la apertura de las puertas, el cielo enrojeció con ganas de llover, diríamos en el campo. Con temperaturas de un dígito, los fervientes seguidores de las bandas se pusieron sus tres capas de ropa para ir a tan esperado recital.
En las inmediaciones había poco movimiento a diferencia de otras veces. El aparcadero de motos estaba vacío y lo tuve que inaugurar yo. Un grupito de cuerpos estaba esperando y también una persona a la que no se le veía la cara. Sin ver a la persona ya sabía quién era y la esquivé como a un control policial. Ahí estaban el Ariel, La montaña alias Adrián, la Pato, la Pao y La Esponja, una chica que tomaba una bebida de botella azul como si fuera agua. Después se sumó, junto con el Beto que estampa remeras, y el abuelo, que descubrimos ahí que era una especie de herboristero. Mientras esperábamos, charlábamos y había un camionero de Santa Fe, que cuando llegó el Panky lo primero que hizo fue jetearle un lugar en el transporte para volver. El abuelo invitó a la persona que estaba sola para que se venga con nosotros y no quiso, yo no dije nada, sólo me quedé “disfrutando” de los últimos fríos de septiembre. Cerca de la hora de inicio, que eran las 22, se nos sumó Manuel, integrante de la “vieja guardia recitalera”, junto a Martín del Pancho, Juan Onzari, y Josecito, que volvió al ruedo después de algo así como 10 años. Me contaba Manuel de sus recursos para ir a recitales de bandas internacionales en Buenos Aires.
Cuando entramos vimos que el lugar se había dividido en dos, el patio exterior y el salón con el escenario. En la zona de mesas pusieron una mesa de pool que en medio del recital la usó alguna gente que no le interesaba el espectáculo. Gracias al tabique divisorio el frío se mantenía afuera. Cuando las 50 personas entraron nos quedamos consumiendo bebidas, comidas y charlando con una música a un volumen ideal.
Muchos nos preguntábamos dónde estaba la gente, pero interiormente sabíamos: el factor económico, porque todos sabemos que cada vez está más difícil y la cosa no mejora para los pobres. Mientras charlábamos de todo un poco, me di cuenta de que una expareja estaba ahí, pero al igual que nuestros próceres yo no reculo aunque esté a un paso de un precipicio.
Arrancó el recital
El recital arrancó con JMR, que derrochaba tanto talento como el Pequeño Fidel (de Concepción del Uruguay) en la batería. Subieron después Los Estenia, de la mano de Darío Ferri en la voz, el Migue Onzari en el bajo, el Seba Pérez en la guitarra y Cristian Gochi Roldán en la batería. Arrancaron con Muere siniestro poder, cuyo estribillo me lo sabía porque tengo su cd y los he visto en innumerables recitales. El público aún estaba frío, pero alentaban, y para el segundo tema ya el baterista estaba sin remera mostrando su físico de luchador de sumo. Todos los demás seguíamos tapados del frío. Para el último tema veía negro del hambre y me fui para la barra, no diría que los precios eran accesibles, pero no estaban mal. Me pedí una hamburguesa y la esperé descansando en un taburete. El Ruso Argento, voz de Malinche, se acercó para charlar un rato al igual que sus compañeros de banda. No estaban recluidos en un cuartito como muchos hacen. Flor y su Walter también se acercaron a saludar con cubrelata con el Sol de Mayo envidiable. Cuando terminó la presentación le pregunté a Seba qué le había parecido la presentación: “Bien, se escuchaba lindo, se escucha lindo, linda propuesta”. Migue a cargo del bajo fue a esperar también algo para comer y me comentaba que tenía tendinitis en el brazo por tocar con los dedos al igual que Marcelo Corvalán (exbajista de Animal), dato aportado por él mismo y estaba pensando en tocar con púa. Charlamos de Crónicas de un heavy metal que él posee y de la aventura de Juan, su hermano, que está plasmada en uno de los cuentos.
Una crónica dentro de otra
A Gochi baterista me lo encontré afuera charlando y expresaba las mismas sensaciones que el resto de la banda. Ahí mismo se acercó Pao, una chica que le ve parecido con Mario Pereyra, y el mismo batero nos contó: “El otro día iba caminando y un policía me para, yo estaba sudando ya, el poli me dijo: ¿Te puedo sacar una foto? ¡Sos igual a Mario P.! Terminé sudando, no saben cómo”. Nos reímos un rato y entramos a ver Latinos y metálicos, banda proveniente de Santa Fe con el mando del Panky, profesor de historia, organizador de recitales, entre otras cosas. En esta ocasión venía tocando un bajo rojo gastado, pero para personas diestras y él es zurdo, por lo que lo toca dándolo vuelta. Raro, pero algunos metaleros funcionamos así. Hicieron siete temas para que puedan tocar las otras bandas y estaban contentos con su muy buena presentación. Para seguir con la vecina provincia subió Steel Trident desde la ciudad de Rosario. Dos guitarristas excelentes, un gran baterista y un gran cantante y tecladista. Tocaron el tema que abre el disco: Muerte al falso metal, “en las tierras donde nací siempre voy a luchar… de pie voy a morir…”, dice la canción.

Llevados por el metal y el vaivén del cantante hacia los teclados nos distrajimos del hecho que no tenían bajista, tenían un bajo programado junto a unos efectos en algunas canciones, como el arranque de una camioneta en uno de ellos. Excelente presentación, la voz me sonaba a Judas Priest, pero en castellano, y había algo del viejo metal en los riff de las guitarras. Hicieron dos covers, uno de Judas y otro de Queen con una guitarra electroacústica. Al término de su presentación le consulté a la vieja guardia qué les había parecido, uno me dijo “no, a mí me gustaba cuando estaba tal”. Otros desaprobaron eso del ir y venir del cantante, “o sos una cosa o sos otra, si no es cualquiera”, dijeron. Josecito, que habla muy bajito, dijo: “Siempre suena bien, pero…”. Sólo asentí con la cabeza, no le entendí. Me tomé una latita para sacarme el gusto horroroso que me había dejado la Coca Cola en botella de medio. Busqué a la banda, pero no encontré a nadie, nos habían dicho que tocaban primero para poder irse temprano, rumores de recital nomás. Esperamos un rato y la malincheada ocupó su lugar frente al escenario.
Ahora la última
Justo antes de que toque la última banda me di cuenta que no podía ni sacarme la bufanda ni mucho menos la campera de cuero del frío. Efectivamente era el último recital del invierno, esos ocho grados sí se sentían. Al escribir esta nota el Servicio Meteorológico anunciaba la suba de las temperaturas a partir de esta semana… veremos. En un abrir y cerrar de ojos los mismos músicos instalaron los equipos y salieron al escenario con la intro de voces, donde la voz de Norma Pla se escucha como historia luchadora de los jubilados. No te rindas fue el primer tema, los muchachos en el pogo se prendieron fuego, las chicas se prendieron hasta quedarse sólo frente al escenario. Cuando sonó Instinto, a mitad del pogo, ya había cuerpos encuerados.
Un show dentro de otro
Como apenas podía estar parado por mis articulaciones, sólo miraba y era como el límite del pogo. Varias veces tuve que agarrar al Adrián, que es como una montaña que se mueve. Cuando sonó Sucio Poder, un grupo dentro del pogo perdió su estabilidad y cayó al piso, pero se levantaron bien, salvo uno. En la mezcla de personas estaba El rockbert, que es como un palo con campera, El Beto de los estampados y el Adrián. Todos hechos un bollo cayeron, el Beto salió de debajo de una mesa arrugado como una pasta dental un 28 del mes. Justo cayeron a los pies de los padres de uno de los músicos, que miraban al escenario con cara de orgullo. Un par de temas después apareció un personaje bailando o moviéndose, ponele, al estilo hardcore, que son como nosotros, pero distintos. Hizo migas enseguida con un hediondo que estaba molestando a las chicas, pero el Adrián lo calmó. Por un momento pude ver eso que me dijo una veterana novia: “Mirá cómo juegan los chicos”. Sí, es algo así, porque al final todos entienden que es una diversión que los músicos desde el escenario disfrutan y el público también.
Terminó el recital y nos fuimos con la panza llena de metal, hubo sorteos entre banda y banda, así que algunos se llevaron remeras, pilusos, CDS y una estadía en una cabaña para cinco personas. Menos mal que no me gané la estadía porque no conozco cinco personas para ir. Mientras terminaba mi botella de agua saludaba a todos los que podía y en silencio, como llegué, me fui desesperado por el merecido descanso.
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