Soledad, encierro, tristeza son algunas de las consecuencias del bullying. Quien lo padece muchas veces no entiende el porqué. Quienes miran sin ayudar lo hacen por miedo a estar en ese lugar o no pertenecer
Por María Constanza Fernández Larraburu
Ante estas situaciones, que la víctima vive con dolor y un sinfín de interrogantes, el ámbito donde se suceden es muchas veces ajeno a lo que pasa. En las escuelas puede pasar desapercibido el problema si no es quien padece de acoso el que habla, pero es allí donde empieza otro sufrimiento, ya que el énfasis se pone en quien sufre de bullying y no en quienes lo producen.
Una vez que conocen lo que ocurre, los equipos de las escuelas toman medidas que, en incontables casos, distan de ser una solución, ya que ponen al acosado en una vitrina de exhibición y al acosador o grupo de acosadores sólo en el aviso general de lo que no se debe hacer.
A esta realidad no es ajeno el nivel secundario de la Escuela Normal Ernesto A. Bavio, de Gualeguay, desde donde un estudiante, cuya familia se contactó con El Telégrafo de Entre Ríos para contar su historia, tomó la decisión de cambiar de establecimiento educativo por el sostenido bullying que sufrió en los últimos meses.
“La mirada siempre está puesta en quien padece este acoso, es sacado incontables veces del aula para hablar con psicólogos y asesores pedagógicos cuando el problema no está ahí. El que sufre no es culpable, pero así lo hacen ver”, relata la madre de la víctima, mientras agrega: “Todo se dilata, la escuela pide paciencia, exponen en una sala vidriada a quien desde el minuto cero está padeciendo, mientras quienes ejercen el bullying miran y se ríen de la situación que provocan. Me parece que hacer pasar por esto al acosado no es el camino, pero cuando lo planteás la recomendación es, tanto por parte de los directivos como del supervisor de Nivel Secundario, cambiar de curso o incluso de escuela”.
Esto deja a las claras que el trabajo se hace con mayor énfasis sobre quien denuncia el acoso y no sobre quienes producen este mal, quienes atacan a un compañero por diversas razones o quienes se llaman a silencio cuando ven la situación para no pasar por lo mismo, para no dejar de pertenecer o simplemente para divertirse junto al acosador. En este sentido, no son quienes dan la cara cuando el problema se agrava, ellos permanecen en sus lugares, observan, se ríen; quien vuelve a padecer es la víctima.
Con familias que desconocen o no se involucran, escuelas que intentan resolver, pero usan estrategias que no resultan y estudiantes que esconden el dolor por vergüenza, por el qué dirán o por no generar conflicto, el bullying se acentúa, crece y hace nido en el ámbito escolar.
“La violencia es un boomerang”
Lucía Laporta es psicóloga (MP 2894) y recibe en su consultorio a adolescentes y jóvenes que conviven con el acoso escolar.

—El bullying es un tema que nos interpela a todos como sociedad, pero ¿realmente preocupa a todos?
—Coincido en que la violencia sistemática y repetida entre pares en el contexto escolar es un tema que nos interpela, pero me preguntaría quiénes somos todos y si al sentido del término sociedad lo podemos asociar al de bien común. Vivimos en un sistema que fomenta el egoísmo y la competencia, el sálvese quien pueda y en este contexto la violencia contra los demás, que aplica a las variadas formas de violencia y a todos los contextos, es una expresión, una manifestación o una consecuencia más de este egoísmo.
“En cuanto a si nos preocupa a todos como debería —continúa—, en términos discursivos cualquier persona afirmaría que sí le preocupa, no es políticamente correcto decir lo contrario, pero en la práctica la relación entre la supuesta preocupación y lo que se hace concretamente es asimétrica. Por decirlo suavemente: en definitiva, lo que hacemos es lo que importa, mucho más que lo que decimos. Me pregunto qué sería que nos preocupe ‘como debería’, tal vez sería tratar el tema como un problema de salud pública, no como un drama menor circunscripto a cosas de niños o adolescentes”.
Para la profesional, “en la actualidad no es así como se aborda; he escuchado ideas como ‘los niños son crueles’ o ‘siempre existió este problema, lo que pasa es que ahora le pusieron nombre’ y hay que tener cuidado con esas afirmaciones en apariencia inocuas: la primera es una generalización y la segunda apela a la idea de que no se puede cambiar lo que siempre fue de una manera. Es muy cómodo, y además no es cierto: hay análisis históricos y mapeos muy serios que estudian el fenómeno en nuestra región, como por ejemplo Un estudio longitudinal de la amistad y el bullying en adolescentes de Lucas Marcelo Rodríguez y Santiago Alejandro Resett del Conicet, Más allá de los números: poner fin a la violencia y el acoso en el ámbito escolar, que es un informe de UNESCO y Bullying y Ciberbullying en ‘Post-Pandemia’: Un Estudio con Adolescentes Escolarizados de la Ciudad de Córdoba”.
En tal sentido, Laporta da cuenta de que “los resultados son alarmantes. Lo que ocurría en la década del 50, por ejemplo, cuando mis padres iban a la escuela, era que la violencia era ejercida por maestros y adultos contra los niños y adolescentes; imperaba el miedo por sobre el respeto y la dirección del maltrato era vertical. Hoy se da en todas las direcciones y desde la década del 70 al presente la evidencia es escalofriante, porque está mediada por la tecnología: hay una ruptura de las barreras espacio-temporales, el llamado cyberbullying, una amplificación de la audiencia por el efecto viral y una mayor crueldad por la deshumanización que resulta del uso de pantallas”.
Acerca de quiénes deberían preocuparse y ocuparse, la psicóloga sostiene que “los adultos están agotados y las cosas más importantes han pasado a ocupar los últimos lugares en las listas de prioridades y urgencias de las personas. Y lo comprendo, porque ¿quién tiene energía para preocuparse por el bullying cuando, por poner un ejemplo, tiene tres créditos que pagar y saca un cuarto para pagar el tercero, no le cuenta nada a nadie y vive en un interminable estado de desesperación porque nunca llega? Sólo un puñado de privilegiados que tienen lo básico resuelto podrían hacerlo o bien quienes no tienen opción porque tienen a un hijo sufriendo de esta situación”.
“De acuerdo a Bertolt Brecht, ‘hay muchas maneras de matar a una persona. Apuñalarlo con una daga, quitarle el pan, no tratar su enfermedad, condenarlo a la miseria, hacerlo trabajar hasta desfallecer, impulsarlo al suicidio, enviarlo a la guerra, etc. Sólo lo primero está prohibido por el Estado’”, apunta Laporta.
—¿Ves muchos casos de bullying en tu consultorio?
—Me cuesta responder si mucho o poco: para mí uno solo es demasiado, cruel e injusto. Para acercarse al problema es fundamental pensarlo en términos cualitativos más que cuantitativos. Prefiero responder que es mucho e irreversible el daño que se puede causar a una persona.
—¿Creés que hay situaciones que se enmarcan en el bullying, pero no son consideradas como tal?
—No soy experta en una clasificación quirúrgica del sufrimiento humano, no me interesa serlo. Pero sí podría decir que hay muchísimas situaciones que son tremendamente violentas dentro de la escuela y entre pares y nadie las clasifica como bullying; estimo que esto ocurre porque cuando clasificamos algo, nos obligamos a hacernos cargo, a tomar cartas en el asunto que ya tiene una etiqueta, un rótulo y con eso un protocolo, como les encanta tener a las instituciones. De allí a que los cumplan hay un trecho.
—¿A qué creés que se debe esta problemática? ¿Qué pasa con las familias?
—Creo que al entrecruzamiento de varias cuestiones. Es un asunto complejo en el que convergen, como decía al principio, el carácter egoísta de nuestra época que siembra violencia en el apuro, en la falta de paciencia, en la intolerancia y el desprecio por lo que no encaja dentro de ciertos estándares, en la consideración cada vez más temprana de que valemos por lo que tenemos, por lo que podemos comprar y no por lo que somos, en la humillación como forma de vincularse con el otro, en las jerarquías siempre tan dañinas, en la crueldad del poder. Para respetar al otro primero debo considerarlo un semejante y tener muy presente que soy el otro del otro, de modo que la violencia que ejerzo sobre él es un boomerang y así como va puede volver.
“¿Qué pasa con las familias? Cada una es un mundo y decir lo que pasa con las familias es una generalización porque, insisto, ninguna familia es igual a la otra. Algunas familias se sostienen en un amor genuino e infinito, en la tolerancia, en el esfuerzo, en la cooperación y el trabajo en equipo. Pero, en mi experiencia, esas son las menos. En alguna medida pasa allí lo que está pasando con muchas instituciones: se vuelven artificialidad impuesta, mera forma sin contenido”, afirma la profesional, al tiempo que se pregunta “¿cómo se trata entre sí una pareja que se sostiene en la imposibilidad de una de sus partes (en general la mujer) de separarse porque no tiene oficio ni profesión ni forma de ganar un dinero que le permita esa autonomía? ¿No hay en esas estructuras un germen de violencia generalizable a otros ámbitos? ¿Cuánta paciencia le tiene a un niño un padre que trabaja diez u once horas diarias, consume fármacos para dormir y no le alcanza el sueldo para mantener a la familia? ¿Cuánto tiempo le queda a una mamá que cuida, trabaja, lleva y trae para ver a sus hijos en las fallas, en los malos tratos y trabajarlos? ¿Cuánto consumo de objetos es suficiente para compensar la falta de tiempo juntos? Mientras no le toque a uno ‘propio’ ser la víctima, gran parte de las veces las familias no están hablando de estas cosas; de hecho, conozco pocas familias que conversan a diario”.
—¿Hay un trabajo desde el interior de la escuela hacia el exterior, en particular con vos como psicóloga de muchos estudiantes?
—El 90% de las personas que vienen a mi consultorio son niños y adolescentes. Hay una escuela primaria con la que tengo interacción y una secundaria con la que también mantengo un diálogo fluido y cooperativo. Pero hay otra con la que el diálogo es nulo, salvo intercambios que son un “como si”, una farsa de protocolo. Y no por una falta de voluntad de mi parte, sino todo lo contrario: hay personas cuyo objetivo es tener poder para sentirse importantes, para mirar a los demás desde la punta de una pequeña pirámide y desde allí emiten sus frases ultraprocesadas e inconsecuentes sin más argumento que la altura de su puesto o su cargo, sin ningún conocimiento sólido sobre las problemáticas que se les presentan y desestiman sugerencias que buscan contribuir, tal vez porque sienten tales sugerencias como heridas narcisistas. Hay reinados miserables que destruyen el bienestar de los estudiantes.
—¿Creés que los que hacen bullying son conscientes de lo que generan?
—Creo que muchas veces no. A veces es difícil medir lo que causamos al otro y otras veces tristemente sí hay consciencia del daño y allí radica el goce de hacerlo. Para ser bueno con un compañero, decía, primero al menos debo considerarlo un semejante, me tiene que importar en alguna medida que esté bien, aunque no me interese ser su amigo, aunque no tenga afinidad con él. Somos la única especie que puede sentir placer en el maltrato hacia otra criatura de nuestra especie o de cualquier otra. En La vida breve Onetti dice que la vida es uno mismo y uno mismo son los demás. Ojalá el éxito personal pudiera medirse por la cantidad de veces que uno consiguió no callar, no ser indiferente al sufrimiento del otro.
Dar herramientas
Desde la perspectiva de Ana Crespi, trabajadora social (MP 901) e integrante del Equipo Orientador Educativo, “el bullying es una problemática que se está queriendo profundizar y hacer ver constantemente en el ámbito educativo, pero que está muy relacionado con las vivencias personales de cada uno y con esta naturalización que se ha hecho de que siempre pasó, que son cosas que siempre han pasado y que ahora se dramatiza la situación de otra manera”.

Y señala: “Para mí, hay que entender que el bullying es una problemática que atraviesa a niños y adolescentes que no tienen las herramientas para poder resolverlo y que muestra que existen familias que no tienen el involucramiento necesario para poder acompañar en ese desarrollo tan importante del psiquismo. Es una problemática que ya no es solamente una situación de la vida cotidiana, sino que pueden afectar el desarrollo social y psicológico de una persona, que la familia tiene que ponerse las pilas en tomarlo con seriedad y el sistema educativo más aún también”.
“El bullying —precisa— es tratar de humillar o desvalorizar a través de situaciones de violencia algo que para mí no es lindo, no es bueno, no está dentro de mis parámetros de belleza o de inteligencia. Entonces, cuando veo algo que no encaja con lo que yo pienso o veo ese error, en vez de poder acompañar, entender, comprender que el proceso del otro es diferente al mío, busco humillar, busco desvalorizar”.
De acuerdo a la experiencia de Crespi, “he visto reflejado que en realidad víctima y victimario se encuentran atravesados por un contexto social y familiar que requiere contención. Cuando hablamos de niños y adolescentes no puedo decir que hay intención real de hacer daño, sino que son interacciones donde la humillación y la desvalorización se han tornado cotidianas por una confusión o falta de valores por parte de su contexto social y familiar”.
—¿Se debe dejar de tomarlo sólo como un problema entre chicos?
—Sí, decir que los chicos son chicos y que porque son chicos tienen que resolver los problemas entre ellos, para mí es el primer gran error, porque los chicos están atravesados por un contexto social y familiar, que son los responsables de esta interpretación o esta interacción que están teniendo. Para mí esto es un llamado de atención para poder trabajar conceptos, para dialogar acerca de estereotipos, de interpretaciones que tiene la familia acerca de las cualidades de las personas, acerca de las características que tiene que tener cada persona y ahí poder charlarlo.
Según Crespi, “no está habiendo diálogos en la familia, no hay espacios de encuentro entre padres e hijos, a veces se ven en momentos específicos y es más que nada para decirse las tareas, lo que tienen que hacer, pero no para dialogar sobre qué entienden por amigos, qué entienden por compañeros de la escuela. Ahora se escucha mucho esto de que quiere dar lástima, porque la persona presenta una situación de salud o una situación familiar particular y que esa persona está como sacando provecho de esa vulnerabilidad. ¿Qué pasa que no podemos conectar con la vulnerabilidad? ¿Qué pasa que no podemos conectar con la enfermedad? ¿Qué pasa que no podemos conectar con la discapacidad? ¿Qué pasa que no podemos conectar con lo que creemos diferente o inferior a nuestros parámetros?”
—¿Cómo se trabaja esto en la escuela?
—Las escuelas tienen algunas herramientas algo acotadas, porque si no se trabaja con la familia y desde estos prejuicios que se tienen a nivel familiar es muy difícil romper todo esto solamente desde el ámbito educativo. Para mí, como trabajadora social, es algo que tendría que trabajar toda la sociedad, desde la salud cuando va al control pediátrico, donde los médicos puedan charlar sobre esto, en el club con los profesores de educación física, que todos puedan trabajar esto de la diferencia, de por qué humillar al otro porque no encaja dentro de mis parámetros, por qué la necesidad de reírme de la dificultad o error de un compañero, y la familia misma trabajar en el contexto familiar.
“Creo —considera— que no es algo que solamente la escuela pueda abordar. La escuela va a traer talleres, va a trabajar con los estudiantes particularmente y grupalmente, va a citar a la familia, pero la escuela es un aspecto de la vida de ese chico. Ese chico va a un gimnasio, va a un club, va a un taller, va a una consulta médica y, si esto se empieza a trabajar en todos los conceptos, como una red, creo que podría tener otros resultados más favorables”.
Seguí leyendo
Suscribite para acceder a todo el contenido exclusivo de El Telégrafo de Entre Ríos. Con un pequeño aporte mensual nos ayudas a generar contenido de calidad.

