Con 10 asociados y un esquema autosustentable, la Cooperativa FURA RSU procesa los residuos y genera un profundo cambio cultural. De una emergencia a una empresa social, la basura cuenta otra historia
Por Vicente Suárez Wollert
Corría el año 2016 cuando las lluvias desbordaron los arroyos de Santa Elena, una ciudad de unas veinte mil almas enclavada en el corazón de Entre Ríos. Como suele ocurrir en los márgenes rurales del país, la ayuda tardó y la comunidad se organizó sola. Un grupo de madres comenzó a reunirse para pensar qué hacer con los escombros del desastre, con los residuos que el agua había arrastrado y dejado en cualquier esquina. De esa urgencia colectiva, y de la convicción de que podían hacer algo más que limpiar, nació la Cooperativa de Trabajo FURA RSU Ltda., cuyas siglas condensan un programa y una promesa: Fuerza y Unión de la República Argentina.
La transición del grupo informal a la estructura cooperativa no fue inmediata. Durante 2017 el equipo empezó a operar de manera asociativa, centrando su energía en uno de los problemas ambientales más invisibles de las ciudades intermedias: el manejo de residuos sólidos urbanos. La separación en origen, esa práctica tan sencilla en teoría y tan difícil en la práctica, se convirtió en el eje de su trabajo cotidiano. Un año después, con los trámites administrativos resueltos, la cooperativa recibió su matrícula nacional y dejó de ser un proyecto para convertirse en una empresa social con personería propia.
Hoy FURA RSU funciona con 10 asociados que recorren los barrios de Santa Elena en un motocarro, retiran materiales separados por los propios vecinos y los procesan en su planta recicladora. El vehículo, clave para sostener la logística de recolección, fue obtenido a través del programa Incubadora, desarrollado en el marco de un convenio entre el Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES) y la Asociación Mutual de Ayuda al Personal de Empleados Públicos y Privados (Amamepyp). “Eso favorece muchísimo cuando hay programas en donde el Estado asiste”, señaló Silvia Cejas, presidenta de la cooperativa, quien subrayó que ese apoyo puntual contrasta con un funcionamiento que en lo cotidiano depende casi enteramente del esfuerzo propio.

El modelo económico que sostiene a la cooperativa es, en esencia, circular. Los excedentes que genera la venta de materiales recuperados se destinan al mantenimiento del motocarro, al pago del contador y a las necesidades operativas del grupo. No hay salario fijo garantizado desde afuera: “El asociado entendió que somos una empresa social autosustentable”, explicó Cejas. Esa comprensión colectiva del funcionamiento cooperativo es, quizás, uno de los logros menos visibles pero más profundos del proceso que iniciaron aquellas madres en la emergencia.
Entre los avances técnicos de la cooperativa, uno llama la atención con especial fuerza: la construcción de un biodigestor capaz de transformar residuos orgánicos en biogás suficiente para alimentar una cocina de cuatro hornallas. “La comunidad entera nos está apoyando con este trabajo que venimos realizando. Pueden ver que, a través de lo que ellos piensan que es basura, podemos lograr este biodigestor en el cual se alimenta una cocina”, describió Cejas, con la precisión de quien sabe que el mejor argumento es el que se puede ver y tocar. A eso se suma la producción de lingotes de aluminio fabricados a partir de latas recicladas, que luego son adquiridos por empresas fabricantes de puertas y ventanas. Lo que antes iba al basural ahora tiene cadena de valor.

La planta recicladora de FURA RSU destaca no solo por sus avances tecnológicos sino también por su organización interna: limpia, ordenada, pensada para recibir visitas. Y las reciben. Grupos de estudiantes, docentes, vecinos curiosos llegan regularmente para ver cómo funciona el proceso desde adentro. La cooperativa ha hecho de la educación ambiental una estrategia central, no un complemento: recorren los barrios, entregan volantes, explican en términos concretos qué pasa con cada botella de vidrio, cada kilo de cartón, cada lata que el vecino decide no arrojar al tacho indiferenciado. También visitan escuelas, clubes deportivos y peluquerías, espacios donde la conversación sobre residuos puede volverse genuinamente cercana.
Esa estrategia ha dado resultados mensurables. “El vecino nos está llamando cuando ya tiene el material”, contó Cejas, como quien describe un cambio cultural que costó años y que no se decreta desde ningún organismo. En una ciudad de veinte mil habitantes, ese vínculo directo y sostenido con la comunidad ha construido algo difícil de replicar con campañas de comunicación: confianza. La gente separa porque conoce a quienes van a buscar lo que separaron.
Santa Elena no figura en los mapas de las grandes ciudades con infraestructura ambiental consolidada. Pero tiene algo que muchos municipios más grandes no lograron: una cooperativa que nació del barro, que aprendió haciendo y que hoy demuestra, con datos concretos y con un biodigestor funcionando, que la economía circular no es solo un concepto de manual. Es, también, lo que ocurre cuando diez personas deciden que la basura de su ciudad puede contar otra historia.
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